OPINIÓN

El cine y la otra política

24/01/2018
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Los amantes del cine estamos de enhorabuena: la cartelera está estos días en su apogeo. Uno de los títulos por los que acudir es El instante más oscuro que narra tanto la elección de Winston Churchill como primer ministro así como la necesidad de tomar una dura elección con los alemanes invadiendo Europa: ¿negociar o combatir? Y es ahí donde el largometraje resalta la importancia de los perfiles de las personas, especialmente en momentos críticos. Y es que la tenacidad de Churchill (con sus humanas dudas) se tropieza con el afán de otros por seguir la política de apaciguamiento que había ejercido Neville Chamberlain que, no olvidemos, fue un fiasco pues no evitó que Adolf Hitler lanzara sus divisiones blindadas y atravesaran las Ardenas como si fuera un paseo de domingo.

«Ah, se me olvidaba, a Churchill, el destino le otorgó la razón unos años después».

A medida que te vas adentrando en la película y en las convicciones de Churchill por plantar batalla, es inevitable acordarte de Juan Negrín y su determinación por resistir cuando ya la Guerra Civil tenía su suerte echada y la República flaqueaba. Por supuesto, nada tiene que ver la armada británica con lo que quedaba del Ejército republicano que en la batalla del Ebro perdería sus mejores unidades de combate. Pero Negrín estaba convencido de que aguantando y estirando el curso de la guerra empataría con el conflicto europeo. De hecho, el tiempo le dio la razón; tan solo le faltó unos meses. Pero ese Negrín decidido (seguro que también dudaría) tuvo que lidiar con la actitud contraria de sus correligionarios, entre los que cabe destacar el pesimismo de Manuel Azaña.

Por cierto, en 1940 los laboristas no tuvieron remilgos en apoyar a los conservadores en aras de la unidad nacional. Solo pedían en el Parlamento la cabeza política de Chamberlain. Y aquellos laboristas eran de viejo cuño, de chaqueta de pana y compromiso industrial y minero. Nada parecido a la muy posterior Tercera Vía de Tony Blair y demás fórmulas de socialdemocracia endulzada. Y supieron ser generosos, tender la mano y entenderse con la derecha. Esto se ve perfectamente en la película. Y precisamente por eso genera estragos que esa actitud política natural no sea exportable a otras democracias justo en la actualidad. Es decir, la nuestra en la que el menguante bipartidismo persiste en encharcarla mutuamente. Aquellos laboristas eran izquierda pura y dura, todo un partido dominado por el poder sindical. Así que si algunos dudan de su autenticidad que repasen la trayectoria del laborismo británico y, de paso, vayan a verla pues lo merece. Ah, se me olvidaba, a Churchill el destino le otorgó la razón unos años después. Y Hitler acabaría suicidándose en Berlín. No puedes dejar de recordar a Negrín en la sala del cine.