Bardinia

¿El cerebro en pelotas? Pues no

12/02/2019

Hace unos años, cuando contaba a gente más joven algunas de las estupideces y barbaridades de la etapa franquista, solían asombrarse, porque no les cabía en la cabeza que fuese mal visto, o incluso perseguido, algo tan neutro como estar cuatro amigos hablando en la calle después de las 10 de la noche, pasear de manos con una chica, cantar determinadas canciones o leer ciertos libros. No sé qué dirán ahora, porque estamos viviendo una época parecida, y contra eso hay que rebelarse. Estados Unidos es un gran país en todos los aspectos, nadie lo duda, pero tiene una clase dirigente que acaba laminando las libertades. Ya ha pasado otras veces, como en la época del Comité de Actividades Antiamericanas, pero después de Kerouac, los hippies y la lección de Vietnam creíamos que estaban ya en un punto de no retorno.

Y el problema es que la influencia de este país es tan grande siempre se refleja fuera de él, como la cocacola, el pollo Kentuky y el yanquicentrismo que nos invade, con una hipocresía rayana en el surrealismo. Un país donde quedan exonerados los curas pederastas, donde se miente oficialmente para tener la excusa de comenzar una guerra petrolera, donde los afroamericanos, los hispanos y los musulmanes llenan las cárceles o los corredores de la muerte porque carecen de medios para pagarse una buena defensa, pero que si dices en público la palabra “niger” se arma la de San Quintín. Ese país se rasga las vestiduras por una teta televisada de Janet Jackson mientras produce y exporta pornografía y crea la miseria en el Tercer Mundo porque le interesa económicamente.

Europa suele imitar los que hace estados Unidos, sobre todo cuando recorta libertades, pero ya estamos acostumbrados a que aparezcan leyes mordaza o metan en la cárcel a unos titiriteros sin saber muy bien de qué va la comedia. Es decir, el poder siempre busca la manera de controlar cualquier asunto que se salga de lo que sean las costumbres que considera “de toda la vida”. Lo que nos resulta nuevo es que esas represiones/persecuciones surjan de la propia ciudadanía, incluso más allá de las redes sociales, porque ya cualquiera se erige en juez de esta o aquella causa, que si bien en origen parece que incluso puede tener teóricos fines nobles, acaba convirtiéndose en insultos, descalificaciones y arrastre del nombre de cualquiera que piense distinto. Y a veces ni siquiera se piensa distinto, simplemente se puede adjudicar cualquier calificativo ofensivo a alguien que ha utilizado una palabra que no gusta, aunque signifique lo mismo que otra que tal vez lo habría convertido en un adalid de la causa en cuestión.

Pongo un tema como paradigma, pero hay muchos, demasiados. Uno de esos campos en los que uno se mueve en arenas movedizas es cuando se habla del lenguaje inclusivo. Se puede cambiar la ortografía, la fonética, la semántica y hasta los grafismos en una lengua, pero lo que es inamovible es la gramática, porque cuando esta cambia empieza a generarse otra lengua. Cuando el latín que se hablaba en todo el Imperio Romano dejó de declinarse y se cambió en las distintas zonas de Europa, nacieron las lenguas romances. Y si dices algo tan elemental y básico te llaman fascista. Pero es una cuestión técnica. Entiendo y defiendo el lenguaje inclusivo, pero no la ruptura gramatical, y el problema es que muchas de las voces que se erigen en defensoras de ese cambio desconocen los límites de la elasticidad de una lengua, que no es otra que la que permita su constructo gramatical. Y este es solo un ejemplo de la locura en que vivimos hasta el punto de que cada vez que hablas o escribe te la juegas. Y eso no es libertad, y ahora seguramente vienen quienes pillan el rábano por las hojas y dicen que he dicho lo que no he dicho. Lo próximo no sabemos qué será, pero es evidente que si no nos rebelamos muy pronto habrá censura en todo. De hecho la hay, y de la peor, autocensura, que proviene del miedo.

Mientras tanto, las jerarquías económicas, políticas y supuestamente morales se suben a la ola y aprovechan la ocasión para chamuscar más su sardina. Hoy, el cardenal Tarancón sería excomulgado. Y la censura que más me duele es la que surge de posiciones supuestamente progresistas. Todo en aras de lo políticamente correcto. No es un buen espectáculo, pero háganse a la idea de que estoy desnudo. Y lo hago como reivindicación de mi albedrío, para impedir que acaben por dejarme en pelotas el cerebro. Y eso sí que no.