Primera plana

El 10N y la crisis constitucional

21/10/2019

El sistema del 78 está inmerso en un proceso de descomposición. La alternancia política, fundamental en el bipartidismo, ha quebrado. Ya ocurrió en 2011 cuando la entrada con mayoría absoluta de Mariano Rajoy en La Moncloa no funcionó ahondando en la sensación de ruptura que antes había provocado José Luis Rodríguez Zapatero cuando en mayo de 2010 dio un volantazo a su política económica relegando los rescoldos del keynesianismo (por ejemplo aquel Plan E) y aplicando la primera ronda de recortes dictada por Bruselas. Tras el 10N, incluso ganando Pablo Casado, el escenario será más complicado: ni PSOE ni PP podrán gobernar por sí mismos y necesitan de una suma de bloques ideológicos que hoy por hoy, según las encuestas, ni va a darse a izquierda ni a derecha.

Si el sistema constitucional de 1978 descansa en una premisa esencial como es la alternancia que caracteriza al bipartidismo (el PSOE y el PP como actores políticos sistémicos y dinásticos del marco de juego) y precisamente fruto de un andamiaje electoral (diseñado durante la Transición por las élites del tardofranquismo) que no casa con la sociedad de la poscrisis y lo torna imposible, ¿qué opción queda?

El único horizonte poselectoral que le resta al país es una gran coalición a la alemana o una abstención técnica de uno hacia al otro, con independencia de que el más votado sea el PSOE o el PP. Es decir, después del 10N se va a producir una intensa problemática de gobernabilidad igual o incluso mayor que la experimentada tras el 28A. Con las encuestas en la mano, el margen de maniobra es escaso porque los diversos partidos saben que rubricando unos pactos en vez de otros puede suponer un severo desgaste o su final como siglas con un proyecto político independiente. Y todo esto está ocurriendo en cuestión de meses cuando, sin ir más lejos, se observa qué desenlace dramático puede tener Ciudadanos que tras el 28A pudo haber sido un socio del Gabinete, si Pedro Sánchez se hubiese retratado, a quedar después del 10N casi postergado a un ostracismo parlamentario.

Nadie quiere acarrear con los efectos de la toma de decisiones dentro del multipartidismo y se arriesgan, especialmente Sánchez, a postergar la encrucijada creyendo que otra cita electoral va a resolver el dilema por arte de birlibirloque. Endosan la responsabilidad a la ciudadanía de la contrariedad por no saber o quererla encarar y todavía hay algunos que imaginan que, poco a poco, puede incluso regresarse a aquella época de esplendor del bipartidismo (que no volverá) ya roto con motivo de la Gran Recesión de 2008 y el recetario de austericidio que condenó a la Europa del Sur. En una década, recordemos que el PSOE y el PP en las elecciones generales de 2008 concitaron el 83,81% de los votos, el sistema de partidos ha cambiado radicalmente.

El momento fatídico, llamémosle así, que sucederá tras el 10N ocurrirá cuando bien el PSOE o el PP, no digamos ya si es el PSOE es el que debe sacrificarse otra vez a favor de los populares, tengan que rendir armas y hacerse a un lado para facilitar una sesión de investidura de Sánchez o Casado para que gobiernen mal que bien y antes o después volvamos a unos comicios generales.

De ahí, que la propuesta de Sánchez sea reformar la Constitución para que gobierne el más votado. Tremendo error. Primero, estamos en un sistema parlamentario y no en uno presidencialista. Y con esta invención se carga los elementos básicos del armazón parlamentario. Segundo, implicaría una modificación del texto constitucional que, por supuesto, removería otros tantos cimientos cardinales justo en un momento en el que nadie se atreve: forma de la jefatura del Estado (monarquía o república), conflicto territorial... Por eso la proposición de Sánchez no pasa de ser una de esas ocurrencias que se lanzan durante la campaña electoral siendo sabedor que no tiene recorrido.

Así las cosas, hay que recalcar una clave primordial para entender la agenda política que vive el país: cuando pase el 10N el tobogán político se acelerará. Y esto sucederá bien por la cuestión catalana o por la crisis de gobernabilidad, o al alimón por los dos extremos. La conformación del Ejecutivo, que operará como un mal menor porque nadie desea unos terceros comicios, constituirá todo un trauma en el sistema de partidos. El desbarajuste será mayor que el acontecido en la etapa del proceso de primarias entre Sánchez y Susana Díaz al calor de la abstención hacia Rajoy y el no es no que Sánchez ha olvidado interesadamente.

«Hay que recalcar una clave primordial para entender la agenda política que vive el país: cuando pase el 10N el tobogán político se acelerará»

A todas luces, vamos abocados a un ciclo protoconstituyente porque los vicios del sistema del 78 (donde el principio democrático quedó enclaustrado por los elementos monárquicos de indisponibilidad al amparo de una arquitectura electoral trazada para dos grandes partidos que se turnasen en el poder) se evidencian a juicio de la opinión pública. ¿Queda algún comodín? Sí, la mencionada gran coalición a la alemana. Pero sería, en el fondo, un mecanismo para ganar tiempo en vez de arrostrar la crisis constitucional que nos atañe. Por no obviar que para el PSOE sería un trance interno de morrocotudo calado que dejaría huérfana, aún más, a la izquierda social.

Este es el diagnóstico sociopolítico para la vuelta de unos meses. El coste para Sánchez de no haber querido formar un Ejecutivo de coalición en verano se evidenciará, a buen seguro, el 10N. Pero ya puestos, hasta resulta secundario porque lo más trágico es que la repetición electoral es otra vuelta de tuerca al declive del sistema constitucional de 1978.

En estas décadas hemos vivido una especie de Segunda Restauración, más refinada y democratizadora que la primera, que emula al periodo de estabilidad que engendró Antonio Cánovas del Castillo acompañado de Práxedes Mateo Sagasta para goce de Alfonso XII. El problema actual es que no hay un Cánovas ni un Sagasta que agrupen la fuerza parlamentaria necesaria para provocar la alternancia en el poder sin que tenga que intervenir el rey. Pero no solo es eso, que también, sino que además el único dispositivo que resta para sobrevivir políticamente es que el uno al otro (Sánchez y Casado) van a tener que sostenerse mutuamente por activa o por pasiva con todas las consecuencias que eso va a tener tanto en el sistema de partidos como en el entramado institucional (estatal y autonómico) a la vez que pondrá de manifiesto el ocaso del sistema del 78 que aguarda por un relanzamiento que no se produce debido a la inoperancia de las presentes fuerzas enmarcadas en el Congreso de los Diputados y, en suma, la degradación del nivel de la política.

A esto hay que añadirle el conflicto catalán que lejos de disiparse se mantendrá cuando menos latente al tiempo que genera un frente territorial en el que colisionan las derechas mesetarias con su afán recentralizador con los nacionalismos periféricos de Cataluña, País Vasco, Galicia y Canarias que tendrán que reformular su oferta programática ante un intento por arrebatar la dimensión del autogobierno disfrutado y sujetarlos a una maquinaria administrativista que anule la plurinacionalidad observada en la Constitución de 1978.

En definitiva, la debilidad o el vacío de la gobernabilidad que se produzca tras el 10N, y que a día de hoy solo podría ser subsanado con una gran coalición entre el PSOE y el PP o una abstención técnica de uno hacia el otro, pero insana confusión al fin y al cabo entre los dos partidos, servirá si acaso para ganar tiempo. Y, no siendo menos, la realidad del conflicto catalán apura los resortes con los que enfrentarse a la crisis constitucional que, en serio, y tan en serio, nos requiere con urgencia.