Del director

Del terraplanista al coronavirus

25/02/2020

No nos rasguemos las vestiduras si de repente descubrimos que mucha gente -muchísima más de la que pudiéramos pensar inicialmente- se instala en la histeria más absoluta a cuenta del coronavirus porque resulta que no se sabe bien qué le contó no se sabe bien qué sobre la enfermedad. O porque no se sabe bien quién le mandó no se sabe qué mensaje por WhatsApp que presentaba cual verdades como puños lo que eran mentiras como montañas. Digo que no nos rasguemos las vestiduras porque esto no es un mal exclusivo de los segmentos más castigados por la crisis económica, los que no pudieron empezar o acabar sus estudios o las generaciones más jóvenes... Nada más lejos de ese mito. Pongo un ejemplo de estos días: en Estados Unidos falleció un tal Mike Hughes porque le falló el paracaídas al lanzarse en un cohete para subir a unos cinco mil metros de altura y desde allí comprobar que la tierra es plana. El vídeo de la bofetada que se pega podría ser divertido si no fuera porque estamos hablando de la muerte en directo. Y por un tremenda idiotez. Al señor en cuestión no le faltaban ni medios económicos ni estudios; de lo que andaba escaso era de materia gris en la sesera.

Ahora que el coronavirus va camino de monopolizar muchas conversaciones, recuerdo a aquellos que pusieron el grito en el cielo cuando, en el debate de investidura, el entonces candidato Pedro Sánchez puso sobre la mesa la necesidad de estudiar mecanismos legales para poner coto a la proliferación de falsedades. Se apuntó entonces que quería censurar a los medios críticos, se exageró el asunto y se intentó quitar importancia a esa facilidad con que mucha gente confunde comunicarse con informarse. No hay más que preguntar a los médicos cuántas veces tienen en la consulta que deshacer los entuertos de sus pacientes, que dan más credibilidad a eso que han leído en un móvil o que han encontrado buceando en Google que al diagnóstico de un galeno con una década de estudios y formación.

Pedir calma a la población a sabiendas de que hay un segmento cada vez más numeroso de la misma que no escucha los mensajes oficiales y que cree a pie juntillas cualquier cosa que le llega por la mensajería telefónica es sembrar en terreno yermo. Y no hay soluciones mágicas ni mucho menos de hoy para mañana. Se trata de corregir un error educativo estratégico y eso lleva años. Pero si empezamos hoy mismo, habremos avanzado algo. No hacer nada es dar de comer a los bulos.