Café para todos

Del 15-M al radicalismo más rancio

17/05/2018

El 15 de mayo del año 2011, una masiva manifestación en Madrid provocaba uno de los acontecimiento sociales más importantes de los últimos tiempos. Fue el inicio del movimiento de ciudadanos indignados, que bajo el lema de ‘Democracia real ¡YA!’, exigían un cambio en el sistema político actual, centrado especialmente en el fin del bipartidismo, del poder de los bancos, y en una serie de cambios que propiciaran una especie de revolución que en el fondo era algo de higiene democrática.

Han pasado siete años desde que aquel movimiento espontáneo que inició un grupo de personas acampadas en la Puerta de Sol, se haya institucionalizado en un partido radical de extrema izquierda, formado por viejos militantes del comunismo más rancio que se escondieron bajo la ilusión del 15-M, y que hoy merodean por el Congreso como si siguieran en la plaza. Los Pablo Iglesias, Monedero, Errejón o Echenique vieron una oportunidad de oro para convertir toda esa indignación en un buen puñado de votos.

«Consolidar unas sospechosas relaciones con el independentismo vasco más extremo, el que hace no mucho celebraba la muerte de personas inocentes»

Entraron por la puerta grande de la política en aquellas elecciones europeas que tenían poco de práctico pero mucho de simbólico. Con el viento a favor, Podemos se situó en el mapa nacional a base de promesas imposibles, apariciones estelares en televisión y una buena estrategia de comunicación digital. Escudado bajo un imaginario proceso asambleario, y evitando siempre la palabra partido para definirse, los radicales se inventaron aquello de los círculos, sin ningún tipo de poder a nivel interno, y cuyo único fin era divagar acerca del orden mundial, de lo humano y de lo divino, y de lo malos que son los hombres con traje y corbata. Miles de personas que formaban parte del 15-M han abandonado los ideales que les ofrece Podemos. Ya nada tiene que ver con las reivindicaciones iniciales. Ahora la lucha es otra. Es, por ejemplo, no perder la silla, traicionar a sus camaradas, intimar con los descerebrados independentistas catalanes, consolidar unas sospechosas relaciones con el independentismo vasco más extremo, el que hace no mucho celebraba la muerte de personas inocentes, y obviar el drama social que vive Venezuela.