LUNES EN ÁFRICA

De kíkeres

Del kíkere se dice que es el macho de una gallina pequeña y con muy mala leche, lo que tiene su gracia porque es sabido que las gallinas no se ordeñan. Lo suyo es de carácter, o sea, de nacimiento. Los académicos lo consideran animal muy vivaracho y peleón, pero lo escriben con «qu», o sea, «quíquere», con ese respeto que no tienen por las normas los galleros con más galones.

Las distracciones de los gallos han traído no pocos disgustos en la historia de Canarias

En la plaza el kíkere entra con el pecho desabrochado, pero tiene fama de arrugarse frente al gallo inglés, más austero en la fachada pero más hábil con las espuelas. En Telde aún se recuerdan citas donde el bicho acabó subido a los árboles de la plaza de San Juan, huyendo de daños mayores que la vergüenza. Cacarean para espantar gusanos en las longueras. Para entenderlo bien, su fama le viene por pendenciero, no por valiente. Sinónimo de fanfarrón.

Las distracciones de los gallos han traído no pocos disgustos en la historia de Canarias. Entre los siglos XVII y XVIII fue prácticamente el único entretenimiento de masas, con especial arraigo en Tenerife. El exceso de celo del corregidor Gregorio Guazo Gutiérrez provocó serias disputas entre Santa Cruz y La Laguna al dejarse llevar por los partidarios de prohibir las riñas. La movilización a favor del juego duró casi ocho años, entre 1787 y 1795, y de ella da cuenta Antonio Bethencourt Massieu en un entrañable estudio publicado en el Anuario de Estudios Atlánticos en 1982. A resultas de aquel alzamiento lagunero las riñas de gallos se convirtieron en un espectáculo «bien controlado y favorecido por el grupo social hegemónico», ante la «carencia absoluta de cualquier otro tipo de pasatiempo» entre la población.

Es por ello que no hay nada nuevo cuando salta un kíkere en la torre del Cabildo tinerfeño. Lo saben en las timbas de todos los puertos. Gallo que canta mucho, no vale p’a peleas.