Anatomía de otro instante
Casi cincuenta años después, de nuevo España sin duda se encuentra inmersa en un muy delicado instante. Afortunadamente no por motivo de réplica de aquellos infaustos tambores de 1981
Tras su estreno televiso hace escasas semanas, está en boca de muchos la exitosa adaptación filmográfica de la también conocida novela 'Anatomía de un instante', ... publicada en 2009 por el escritor extremeño Javier Cercas.
En 'Anatomía de un instante' (y no 'de otro instante', como el título de este artículo) se narra en modo crónica novelística, los hechos acontecidos en torno al golpe de Estado en España del 23 de febrero de 1981. Una subversión democrática en su máxima manifestación posible, liderada desde la sombra por los militares Milán del Bosch y Alfonso Armada. Y protagonizada físicamente en primera persona por el tristemente conocido desde entonces como 'teniente coronel Tejero', exmiembro de la Guardia Civil, finalmente condenado por rebelión militar por aquel su intento fallido de golpe de Estado.
El título de la obra, en su formato original de obra literaria y en su versión de serie televisiva, responde específicamente a ese instante, a ese momento histórico, que nos quedó a todos los que vivimos en directo por televisión en el que Tejero y sus secuaces comienzan a disparar hacia el techo del Congreso de los Diputados, con todas sus señorías parlamentarias agachándose rápidamente para protegerse de la «balacera», excepto en los casos del presidente de gobierno Adolfo Suárez, su vicepresidente Gutiérrez Mellado y el presidente del Partido Comunista, Santiago Carrillo, que hacen frente o no se esconden bajo sus escaños ante los golpistas. Instante desde el cual la obra indaga y analiza las razones y motivos que condujeron a aquel casi innombrable 23-F.
Una recién nacida democracia española mirando cara a cara, y sin miedo a través de los ojos de Suárez, Gutiérrez y Carrillo, a quienes les apuntaban con sus fusiles en representación de un régimen dictatorial caduco que seguía pataleando por haber perdido el protagonismo que la historia de nuestro país nunca tuvo que haberles otorgado.
Casi cincuenta años después, de nuevo España sin duda se encuentra inmersa en un muy delicado instante. Afortunadamente no por motivo de réplica de aquellos infaustos tambores de 1981. Pero sí por vernos inmersos todos los demócratas españoles, de uno u otro signo y respetable preferencia sociopolítica, en un desconcertante escenario de pérdida absoluta de valores democráticos e institucionales por parte de quien debería ser ejemplo de ellos, desde antes y desde el momento en que se asume la presidencia de nuestro país.
Unos valores que parten del máximo respeto, observación y cumplimiento de nuestra Carta Magna, y que deben priorizar y defender hasta la extenuación la debida y necesaria separación de poderes (ejecutivo, legislativo y judicial), cualidad y principio político fundamental que caracteriza a la democracia representativa, prácticamente común en todas las democracias occidentales modernas, como la española.
Lo fácil para 'extender' este humilde artículo de opinión sería, llegados a este punto, narrarles cronológica y transversalmente todas las lamentables circunstancias organizacionales, políticas, institucionales y judiciales, propias y de su entorno, de antes y de ahora, de donde dije digo, digo diego, de quien ostenta la presidencia de España desde que, en 2018, articulara una democrática, pero muy singular moción de censura contra el expresidente Mariano Rajoy por motivo de que, en palabras del ahora ya preso exministro
José Luis Ábalos en representación de Pedro Sánchez, «España y los españoles no podían tolerar la corrupción ni la indecencia como si fuera algo normal, ni un partido gobernante verdadero círculo perfecto de corrupción, encubriéndola de tretas y artimañas».
Juzguen ustedes mismos. Rajoy nunca vio a sus secretarios generales de organización, ni imputados, ni juzgados, ni camino de la cárcel, como tampoco a ninguno de sus ministras y ministros. Ni a su entorno familiar siendo investigado. Ni siquiera se vio jamás a Rajoy despotricando a miembros de nuestra respetable judicatura ante micrófonos nacionales e internacionales, mucho menos levantando el brazo de un candidato electoral de su partido aun estando el susodicho a punto también de ser juzgado, a pesar de sus 'artimañas' para tratar de aforarse a toda costa, saltando de una institución a otra y pasando por encima de un buen número de respetables compañeras y compañeros de organización merecedores, ellos y ellas sí, del digno cargo de representación que democráticamente les correspondía.
Ahora bien, ya que hablamos de obra literaria llevada a la pantalla, sí me detendré en ese otro posible instante que, de reconfirmarse en algún momento, y tal y como adelantó en exclusiva el diario digital El Español, personalmente considero sería haber atravesado Pedro Sánchez la mayor de las líneas rojas políticas, éticas y morales respecto de las que ya de por sí se ha ido mofando con anterioridad, a pesar de su negación o rechazo inicial.
Me refiero, de una parte, a la posibilidad de que en verdad Sánchez se hubiese trasladado de manera 'discreta' al País Vasco para reunirse en privado con el líder de Bildu (antes Herri Batasuna) y militante de ETA, Arnaldo Otegui, en un caserío apartado de Euskal Kerria a fin de pactar precisamente la moción de censura contra Rajoy recordada en párrafos anteriores. Y, de otra parte, a la magnífica también y reciente película 'La infiltrada', basada en hechos reales, y que narra la historia de una joven mujer agente de la Guardia Civil que durante ocho años se infiltró en la banda terrorista para, desde dentro y con una identidad falsa, contribuir al exitoso desmantelamiento del conocido como comando Donosti y a parte también del resto de la organización de ETA.
La película, insisto que merecedora de contemplación y reflexión, va entremezclando magistralmente imágenes propias de la ficción cinematográfica, con imágenes reales de todos aquellos duros años de plomo terrorista y de la evolución social de la reacción de protesta cada vez más mayoritaria de la ciudadanía española (también la vasca) que tiene su momento culmen en ocasión del vil asesinato del joven concejal Miguel Ángel Blanco en julio de 1997.
El momento en que el filme nos traslada en la ficción a la reunión, en un caserío, de la cúpula terrorista para decidir si matan o no a Miguel Ángel paraliza, impacta, duele. Al igual que las imágenes en que lo llevan al monte y lo asesinan. Al igual que las siguientes, estas ya reales, de millones de españoles que salimos a las calles llenos de rabia y dolor.
Uno de esos tantos caseríos vascos zulos de armas y epicentros decisorios de la muerte de políticos de uno u otro signo, de miembros de las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado, de ciudadanos cualesquiera, incluso niños de por medio, de académicos, de empresarios grandes y pequeños, …
Uno de esos tantos caseríos vascos en que quizás sea cierto se hubiera reunido Sánchez con Otegui con tal de alcanzar el poder presidencial. Pero que, de corazón, ojalá no lo sea, y que haya sido todo una «menuda inventada». Porque de ser cierto, no hay alma cabal que pueda asumir emocionalmente esa anatomía de otro instante, la de la reunión en un caserío.
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