Lunes en África

Datos emocionales

26/03/2018

En las plazas de los pueblos siempre hubo algún vecino o vecina que llevaba las cuentas de las andanzas ajenas. Detrás de los visillos, el control se grababa con la mirada y se esparcía con media lengua. Las relaciones sociales, los hábitos y las leyendas de la vida social surgían de la interpretación de gestos cotidianos. Si tres veces al día andaba usted en compañía del malandrín del barrio, acabaría en la conciencia popular siendo tan penco como el socio aunque no hubiese roto un plato.

Bastaba un comentario a media luz en el bar o en la peluquería para fijar una etiqueta; se establecían los perfiles personales que le marcaban para toda la vida. Familias enteras heredaron nombretes identificativos de algún carácter notable, sin otro mérito que el parentesco. Así eran las redes sociales antes de Internet, una malla trenzada de apariencias.

Aquellos cotilleos de las plazas se venden ahora al peso, con eso se negocia en las grandes bolsas del mundo. Todas sus rutinas, las de usted, se pueden convertir en mercancía. En los últimos 14 años, Facebook pasó de ser un entretenimiento para universitarios ociosos a convertirse en una de las mayores empresas del mundo, con un valor de mercado superior a 537.000 millones de dólares. La manipulación de datos de 50 millones de usuarios para favorecer hace más de un año la elección de Donald Trump como presidente de Estados Unidos deriva ahora en escándalo por no pedirle permiso a los afectados. De momento, los daños son para la empresa, sin que conste arrepentimiento ni merma del beneficiado.

Con el manejo de datos personales se fabrican y consumen productos políticos. Es la moda. Tal vez usted crea que tiene controlada la situación, que con usted no se juega. Los proyectos colectivos se diseñan ahora para satisfacer las emociones más primarias, y con ellas otros se hacen ricos. Después no se quejen.