El datáfono

«Me cuesta no sentir ese sentimiento tan poco puro de la compasión cuando les veo ladear la cabeza, desesperados por no encontrar la financiación necesaria para apaciguar sus demonios con esa dosis de evasión»

David Ojeda
DAVID OJEDA

Cuando encontremos tiempo y perspectiva para analizar desde un lugar lejano a las entrañas los estragos de esta crisis sanitaria, que va da la mano con la económica, tendremos imágenes de sobra para componer un mosaico sobre estos tiempos salvajes. Del desmoronamiento capitalista de 2008, aquel que todavía estamos pagando los ciudadanos de a pie, me quedan muchas, aunque siempre recordaré la cantidad de locales comerciales que a ras de calle se mostraban desnudos y desiertos con un cartel de agencia inmobiliaria como decorado permanente en sus deprimidas cristaleras.

La transformación que ha traído el coronavirus es tan bestial que hay pocas cosas que hayan permanecido inalterables ante su impacto. Sin embargo, en las últimas semanas no dejo de darle vueltas a esos pedigüeños que desde hace años forman el paisanaje de la ciudad y que andan estos días más desencajados e impotentes que nunca, cayendo a plomo sobre las mesas de las terrazas y frustrados ante la desaparición del efectivo de nuestras carteras desde que la pandemia alteró nuestras rutinas.

Está Macu, con más viajes de un lado al otro del Guiniguada que Andrés el Ratón, diciendo que un policía le dijo que su única solución sería comprarse un datáfono. Ahí va Carlos, siempre educado y apoyado en una muleta, dando las buenas tardes y casi siguiendo de largo antes de que nadie le pueda contestar con una negativa. Los hay también violentos y menos confiables.

Las razones que les han empujado a ese estatus social son variadas y es verdad que la droga encabeza el listado. Pero me cuesta no sentir ese sentimiento tan poco puro de la compasión cuando les veo ladear la cabeza, desesperados por no encontrar la financiación necesaria para apaciguar sus demonios con esa dosis de evasión.