Foto de archivo de turistas en Maspalomas. / Arcadio Suárez

Cutrerío turístico

Gaumet Florido
GAUMET FLORIDO Las Palmas de Gran Canaria

¿No es cierto que el planeamiento municipal puede dibujar una plaza pública en un solar que llevaba décadas en poder de una familia y que ahora ha de ser expropiado en beneficio de una comunidad? ¿O que los ayuntamientos tienen la potestad, mediante ordenanza, de regular qué tipo de sombrillas y de mesas y sillas han de usarse para las terrazas en ciertos sectores de una ciudad? ¿O que pueden también instar a que las fachadas de una zona se pinten con un determinado color?

Dados estos mimbres, entiendo que no sería tan descabellado exigir a las administraciones públicas que, dentro del marco del libre mercado, se fijen algunas condiciones mínimas a los locales de ocio y restauración que operan cara al turismo, o al menos a aquellos radicados en sitios que consideramos emblemáticos.

Los hay que proyectan una imagen lamentable de nuestro destino, con una presencia cutre, un servicio caótico y una cocina para salir del paso. Con todo, puede ser bastante peor. Algunos incurren en prácticas que directamente rozan la estafa. Basta un paseo por el sur de la isla o por la capital para encontrar varios ejemplos. Y Gran Canaria no se lo puede permitir. El turismo es nuestra principal fuente de ingresos y lo menos que podemos hacer es cuidarlo. Deberían fijarse controles de calidad.

Es verdad que la mayoría del sector cuida de sus negocios y contribuye a la buena reputación de la isla, pero también es verdad que basta un garbanzo podrido para estropear el plato, sobre todo cuando esos garbanzos se concentran en puntos concretos. Y quien no cumpla, entiendo, entonces debería ser sancionado. Seguro que captarán el mensaje.