Papiroflexia

Cultura y Deporte

14/06/2018

En este santo país donde todos somos entrenadores (o entrenadoras) y cualquiera es ministra (o ministro) y en el que el debate sobre quién es el mejor del mundo tiene más decibelios que la expulsión corrupta de un presidente o la dimisión de un ministro defraudador, el penúltimo drama futbolístico amenaza con convertirse en una guerra civil.

Dice bien poco de esta patria el hecho de que estemos más preocupados por la destitución del nuevo técnico del Real Madrid que de los refugiados que flotan a duras penas en el Mediterráneo o que al ministro de Deportes -y Cultura- no le salgan las cuentas con el Fisco. Y a todo esto sale indemne Florentino Pérez. Un empresario y presidente idolatrado por ultras y cientos de palanganeros, que oculta fracasos o decepciones a golpe de talonario sin importarle la forma ni el fondo de sus actos. Siempre gana, incluso en la derrota.

Cuando al fútbol se le encumbra como cuestión de estado, cualquier otro problema de la nación queda en segundo plano. Sin embargo, del último dramón futbolero se puede sacar esta vez una lección que aplicar a nuestra existencia. Y es que las deslealtades se pagan, en el deporte y en la vida misma. Porque cuando la traición se vuelve rutina en una nación, se hacen invisibles los delgados límites que dividen el bien del mal y los ciudadanos tienden a pensar que cualquier cosa es admisible. Que todo vale por dinero. Pero esta vez no ha sido así.

«La lealtad es el mayor valor que se le debe exigir a un profesional, sea deportista o político»

La lealtad es el mayor valor que se le debe exigir a un profesional, sea deportista o político. Porque de la lealtad surgen todas las cosas buenas que conocemos del ser humano. Si se normaliza la traición como una forma de rutina y una catapulta para alcanzar lo que se quiere, significa entonces que estamos condenados al fracaso. Por eso aplaudo la destitución de Lopetegui, por eso aplaudo la dimisión de Huerta. Porque ambos casos, con sus diferentes adioses, tienen el mismo o parecido final. Los dos de una forma u otra y en distintas esferas pagan por sus errores, pero sobre todo por sus silencios.

Resulta paradójico que la marcha forzada del segundo haya sido solapada por el despido del primero. Una despedida, la del ministro de Deporte (y Cultura), explicada desde la lealtad al proyecto de Sánchez, que ha pasado a segundo plano precisamente por el Deporte que denostó hasta en su epilogo. Máxim, desleal con todos los contribuyentes a pesar de denunciar una caza de brujas como coartada, tiene que agradecer al Deporte que tanto desprecia que le haya quitado foco a su marcha. Y concretamente al fútbol. Quizás a este país le haga falta más cultura, como reivindicó con resentimiento en su despedida, pero en el Deporte, como en la vida, hay que saber perder.