OPINIÓN

Cuentos de rojos

30/12/2017

No me pregunten el porqué, pero siempre me ha gustado escuchar. Siendo niño, y es raro, ya escuchaba. Pude empaparme, de aquella manera, de lo que me contaban familiares sobre la Guerra Civil: la conmoción de Asturias, la caída de Cataluña, la represión en Canarias,... Comencé prematuramente a evocar la revolución minera asturiana de 1934 (la importancia de la fábrica de armas de Trubia) o la retirada del ejército republicano de Gerona. Aquellos trazos me alcanzaron de lleno, tan temprano, que fue gestando a su modo una concienciación o inquietud política ciertamente impropia para la edad.

Algunos de los que me lo contaban desde el lado de los vencidos, de los tildados como rojos, ya no están. Murieron. Y entonces te percatas del papel de la memoria, de cómo va trasladándose mal que bien de generación en generación. Porque, de poder hacerlo, ahora (con la perspectiva de los años) haría nuevas preguntas para indagar más sobre esos vericuetos de historias personales que inundaron el siglo XX español.

«Para la generación que fueron niños durante la Guerra Civil y que desplegó su vida durante la larga dictadura, el éxito de la Transición (mitificada) y el tiempo del bipartidismo lo era todo».

Confieso que no era habitual. Pero a inicios de la década de los noventa aquel era el contexto que tuve cerca, me quedaba quieto y escuchaba. Por recordar puedo llegar aún a los comentarios en un encuentro familiar sobre el fichaje del juez estrella Baltasar Garzón por parte del PSOE cuando se barruntaba la caída del felipismo.

Para la generación que fueron niños durante la Guerra Civil y que desplegó su vida durante la larga dictadura, el éxito de la Transición (mitificada) y el tiempo del bipartidismo lo era todo. Un sistema incuestionable que adoptaba su apogeo visto desde lo difícil que fue lograr tal periodo de paz y prosperidad. Su memoria, la de ellos, era la antesala perfecta para entender y legitimar la democracia de 1978. Sin embargo, esa herencia política no ha sido trasladada del todo a los que vinieron luego. Sí, a nuestros padres algo les queda en su memoria de aquello. Pero para los nacidos en democracia la cosa es distinta. Concurre una desconexión que bien es un error colectivo o algo natural por el mero hecho biológico. Por lo que la Transición es contemplada en función del foco vital respectivo. Y se convierte así en una epopeya para unos o en un régimen a laminar por otros. Otra vez, las dos Españas. Lo que es evidente es que la generación de la Transición ya no es la central. Y no deja de provocarme dudas o desazón ver cómo ellos no acaban de asumir qué está pasando, cómo todo ha cambiado tan aceleradamente. De repente, se ha producido un salto. Una ruptura emocional de la política.