Corina Larsen y la Corona

¿Cómo administrar este trance institucional de inciertas consecuencias? Esto acaba de empezar. Corinna Larsen declarará ante la Audiencia Nacional

Rafael Álvarez Gil
RAFAEL ÁLVAREZ GIL

Los asuntos de alcoba entre Juan Carlos I y Corinna Larsen no interesan. Allá ellos. Es más, los que se escudan, incluida la prensa cortesana, en que ella actúa como una amante despechada, rezuman machismo. Corinna Larsen en una entrevista en la BBC (la cadena de televisión pública británica que atesora una enorme credibilidad) ha hecho un retrato del monarca y de la Corona francamente preocupante para nuestra democracia al señalar, entre otras cosas, lo siguiente: «me parece extraordinario que estén convirtiendo 40 años de modus operandi de una empresa familiar en un foco sobre una persona. Y esa persona soy yo... Porque habrá cientos de cuentas en otras jurisdicciones».

La comisión de investigación en el Congreso de los Diputados está tardando en activarse. Las peticiones realizadas por diversos partidos políticos, principalmente Podemos y los nacionalismos periféricos, tropiezan con la negativa del PSOE que lo impide, una y otra vez, al cerrar filas con el PP, Ciudadanos y Vox. No tiene un pase. La situación es grave, muy grave. Y si el PSOE se aferra a la vocación y querencia borbónica, lo acabará pagando caro.

Lo que está claro es que, a estas alturas, el asunto se le escapa de las manos a la Casa Real. No controla la respuesta ni las formas ni el ritmo de la política de comunicación. Porque el 'regalo' de los 65 millones de euros a Corinna Larssen sería tan solo un exceso más de una rutina de supuestas corruptelas donde, según deslizó en la BBC, constituye un 'modus operandi' donde, visto lo visto, Iñaki Urdangarin era un aficionado que pronto se apuntó a la escuela familiar de presuntos favoritismos, comisiones e intermediaciones a modo de conseguidor que adquiere el paroxismo en la imagen de la máquina que tenía junto a la piscina Juan Carlos I para contar el dinero. Lamentable, de república bananera.

El morbo a cuenta de que el rey emérito quería pedirle matrimonio a Corinna Larsen en 2009, de que le regalaba un reloj de marca al hijo de esta cada Navidad (¿a santo de qué?) y fue a visitar a su potencial suegro para declararle el amor que sentía por ella, ya es tan solo el añadido de un relato dantesco que la sociedad debe ahora digerir y decidir qué hacer. A la Corona no le ha servido de nada estar en agosto, ni planear chapuceramente la marcha a Emiratos Árabes Unidos donde, al parecer, Juan Carlos I está alojado en un hotel de superlujo que muy poco tiene que ver con la cotidianidad de estrecheces y penurias que están pasando muchas familias al alimón de la gran crisis económica. A la imagen del rey asesinando elefantes en África, se le une la de su estancia suntuosa en un exilio dorado. Por su parte, el Gobierno tiene también un problema: ¿cómo administrar este trance institucional de inciertas consecuencias? Esto acaba de empezar. Corinna Larssen declarará ante la Audiencia Nacional. Y a la historia de un rey mujeriego de tomo y lomo, «un depredador sexual que se acostó con 5.000 mujeres» como afirma en su libro el coronel retirado del Ejército Amadeo Martínez Inglés, se suma la denuncia de la corrupción sistemática que pone en jaque a a la Corona.