El concurso continúa

No permitamos un sistema político basado en un propagandístico 'marketing', en el que la soberanía está pervertida de base por el miedo y la irracionalidad

Luis Nanton Díaz
LUIS NANTON DÍAZ

Todavía queda mucho concurso por delante, para desgracia de nuestra sociedad, en esta alocada carrera que sostienen nuestros políticos, para sorprendernos con la idea más estrambótica, el decreto más dictatorialmente ineficaz o la operativa para derrochar los recursos que no tenemos, de la forma más estúpida posible. El concurso es imparable, frenético y cada día más horripilantemente original.

La mayoría de los gobiernos se están quitando la careta, no invierten mucho es disimular su carencia de ideas, junto con su creciente talante totalitario. Esta gente está obsesionada con arrancar hasta el último aliento de vida de los contribuyentes, de los sumisos ciudadanos, para mantener el estado más ineficaz, superfluamente burocratizado y clientelar desde el siglo XIX.

En el caso español, en aquello que incomprensiblemente añoramos como 'normalidad' pasamos de un gobierno de tecnócratas carentes de coraje, y con indudable complejo de inferioridad, a un histriónico combinado de vividores de la política. Todo ello aderezado con demagogos académicos, indisimulados siervos del Ibex-35 disfrazados de socialdemócratas y una ristra de indocumentados, sin formación, ni experiencia, a los que se les regalaron varios ministerios para su entretenimiento. Para liderar, cual supremo timonel, un tipo carente de escrúpulos y de ideas, que arroja el país en manos de terroristas y golpistas, con tal de ganar más días en la Moncloa.

Su sanchidad, Trudeau o Macron son los modelos que el sistema ha fabricado para estos tiempos. Son calcos y presentan el mismo discurso aburrido, repetitivo y vacío. Desprecian el mundo de las ideas y de las señas de identidad, pero desprecian todavía más a sus votantes de clase media, a los que intentan sustituir por ciudadanos importados del tercer mundo, mucho más obedientes y agradecidos. Su absoluta carencia de programa y proyección de futuro les hace subyugar la soberanía nacional en poderes transnacionales con sede en Bruselas o en New York.

Da lo mismo que indicador económico quiera analizar el lector interesado, pero España ocupa las peores posiciones de toda Europa con relación a recursos y población. Da lo mismo si es producción, paro, deuda externa, déficit estatal, precio de los recursos energéticos…lo que quiera. Siempre estamos en puestos destacados, pero destacados por su pésimo posicionamiento. The Economist, al igual que la mayoría de las agencias y medios especializados, sitúan a nuestra nación al final del barranco, lo que contrasta con los discursos grandilocuentes que, sin reírse, lanzan los miembros del Gobierno. Día sí, y otro también, nos insultan manifestando que el 'resurgimiento' de la economía española es un referente en Europa y en el Mundo. También lo podemos resumir en la última frase de la ministra de Trabajo, donde indicó que «hacemos cosas chulísimas, pero no sabemos comunicarlas bien».

Recordemos algunas de esas 'cosas chulísimas'. Para el pasado ejercicio 2021, de los fondos europeos Next Generation teníamos asignados 24.000 millones de euros, que el gobierno solo ha conseguido aplicar once mil. Eso sí, el Ministerio de Igualdad se cepillo una buena pasta para sensibilizar a la población sobre los estereotipos de belleza femenina.

Otra cosa 'chulísima' es que tenemos el doble de desempleo que la media europea, y para paliar este enorme problema nos encontramos con que, el Instituto de Empleo de la Generalitat, es decir, la República Catalana se ha despachado 4 millones de € en un programa de empleo para personas transexuales. Teniendo en cuenta que han declarado 32 personas, podríamos pensar que estos 32 transexuales han recibido 125.000 euros en ayudas, pero posiblemente no ha sido así. Serán 200 euros para cada uno de los inscritos en el programa, y 3.993.600 euros para los chiringuitos que continuamente están creando estos escandalosos cotarros.

Para pagar toda esta fiesta el Gobierno anuncia que quiere trincar de las indemnizaciones que perciban los desgraciados ciudadanos que cobren una indemnización por un accidente, o que van a alterar el marco tributario para las criptomonedas, pero indudablemente la palma se la llevan los autónomos. Este colectivo tiene ganado el cielo, el verdadero y auténtico paraíso. Como no están muy unidos, o no muy bien representados, no les hacen falta a los políticos. Así que ahora otra brutal mordida a todos aquellos que fruto de su trabajo, se les ocurra tener ingresos superiores a mil euros.

Pongamos cifras a este asalto a mano armada. Si un profesional percibe unos 40.000 €/año, debe liquidar por cuota de autónomo 15.192 € por ese ejercicio lo que le deja un neto algo superior a los 24.000 €. De esa cantidad la agencia tributaria se asigna cerca de 5.000 €. Resumiendo, corriendo con los desbordantes niveles de trabajo de los autónomos, con su responsabilidad y nivel de incertidumbre, un autónomo cualquiera debe pagar la mitad de lo que produce al estado. Esto me hace recordar la mil veces repetida cantinela de que nunca le subirían los impuestos a las clases medias, ni a la clase trabajadora. Qué flaca memoria tenemos…

Claro que hay que pagar, el estado del bienestar hay que mantenerlo. Pero todo este despilfarro, esta falta de organización y estrategia, esta obsesión por el rédito electoral acaba con nuestro futuro. Hace unos artículos comentábamos que, a estos, a los del concurso, solo les importa mantenerse. Miren ahora los cursos de jardinería y bricolaje que va a sacar el Gobierno Vasco, para que todos los terroristas de ETA puedan disfrutar de régimen abierto, con el pretexto de que están plantando orquídeas. Las mismas orquídeas que estarán en las tumbas de cerca del millar de personas que asesinaron, y no hace muchos años.

Este alocado concurso, esta apuesta por la nada, no tiene nada que ver con el poético discurso de la posverdad. Hay que empezar a pensar en la postmentira de una postpandemia. Quieren extender la pandemia, que ya catalogan como epidemia, para fomentar el miedo. Tanta mentira, tanta desinformación solo fomenta el temor. Una sociedad atemorizada toma decisiones de forma compulsiva, se deja arrastrar fácilmente, y tiende a esconderse debajo de la cama, en vez de afrontar la toma de decisiones que conlleva aceptar nuestras realidades y sus engaños. El poder político no solo no lucha contra ello, sino que, al contrario, se enroca para mantenerse sin obstáculos. No permitamos un sistema político basado en un propagandístico 'marketing', en el que la soberanía está pervertida de base por el miedo y la irracionalidad.