Por si le interesa

Ciudadanos de primera-empresas de segunda

01/05/2019

Gaumet Florido

Cada vez que este periódico publica alguna imagen vinculada a una temática controvertida, como por ejemplo, a infracciones de tráfico, tenemos que andarnos con cuidado para que no se nos quede sin pixelar ninguna matrícula. Se considera un dato personal que la normativa actual protege. Más estricta es aún la ley, y con razón, con el uso público de la imagen de los menores. Se requiere de una autorización previa de sus padres, de ahí que colegios e institutos suelan repartir al comienzo del curso una circular para que los que no tengan inconveniente den permiso a que sus hijos aparezcan en fotos con las que el centro divulgue sus actividades en medios de comunicación, en redes sociales o en su propia web. El articulado es profuso y la defensa de esos derechos está más que consolidada.

«No hay apenas control sobre ese asalto público e impune a la buena imagen de entidades de las que viven familias enteras»

Sin embargo, no todos los agentes que participan en la sociedad tienen las mismas garantías para la protección de su imagen pública. Miren si no las empresas, o los autónomos. Se ven sistemáticamente expuestos a la dictadura del cliente en redes sociales y en buscadores de internet. Cuando visitamos por primera vez un restaurante o buscamos alojamiento para un viaje recurrimos a las opiniones que dejaron los que nos precedieron. Las hay incendiarias.Y a menudo me pregunto quién nos garantiza, no ya si lo que dice que pasó es cierto, sino incluso que quien lo ha escrito haya sido cliente del establecimiento. ¿Y si fue un examigo envidioso del dueño? ¿O una pareja despechada? ¿O un proveedor rechazado? No hay apenas control, por no decir, ninguno, sobre ese asalto público e impune a la buena imagen de entidades de las que, además, depende el sostenimiento económico de varias familias.

La máxima aquella que dice que el cliente siempre tiene la razón solo la pueden defender las grandes multinacionales, y a costa, por cierto, de estrangular al pequeño proveedor, que es el que paga los platos rotos. Pero todos sabemos que esa verdad marketiniana cojea en esta sociedad deshumanizada y sin valores donde las redes se han convertido en el instrumento para el escarnio inmisericorde de cualquiera. Muchos vomitan sus miserias para ahorrarse la consulta del psiquiatra y les da igual usar como cabeza de turco al primero que se les cruce. Tarde o temprano habrá que regular esta fiebre sociópata, porque, si no, al paso que vamos, las redes sociales serán más una cárcel que una ventana de libertad.

Si quieren hacerse una idea, échenle un vistazo a una serie de Netflix, Black Mirror, que explora el lado oscuro de la tecnología. Hay un capítulo desasosegante en el que la protagonista dependía de los like de los demás incluso hasta para que le alquilaran una casa. No estamos tan lejos. A las empresas, en parte, ya les está pasando.