Papiroflexia

Caspa y coronas de hojalata

08/08/2019

Me considero guapete, al menos es lo que me dice mi madre. Y las madres siempre dicen la verdad. Pero nunca di la talla, para los que se sientan aludidos o atacados. Por la altura, aclaro. Los concursos de belleza están incorporados a la rancia tradición en muchos pueblos, que coronan a sus reinas en cada una de las festividades. Para disimular una falsa evolución, un concurso que se había limitado en un principio solo a las chicas se amplió también a los hombres después de que se le acusase de atacar los principios de igualdad. Así comenzamos a tener a Miss y Míster, para intentar acallar críticas.

Sin embargo, en los últimos años también se empezó a cuestionar su aportación social y, por primera vez, ya se prohíben en muchos pueblos por considerarlos discriminatorios y sexistas. El último lugar en suprimirlos de su programa de las fiestas de San Ginés ha sido Arrecife, en Lanzarote. La edil responsable fue tajante al sustituir el concurso de belleza por un desfile de moda: «Mientras yo esté organizando estas fiestas, no voy a permitir que una chica tenga más valor que otra por tener, hablando claro, un culo o unas tetas mejores que otra», aseveró Nova Kirkpactrick.

«Los concursos de belleza, que han languidecido entre sospechas de amaños y corruptelas, forman parte del pasado»

En los 90 Miss España se vendía como un trampolín para chicas que querían cumplir sus sueños, que generalmente deseaban ser modelos, presentadoras o famosas sin necesidad de ir a la universidad. Ahora el objetivo de los maniquís no es muy diferente, pues pocos terminan desarrollando una carrera como modelo profesional y el resto son carne de Mujeres y Hombres y Viceversa, aspiran a vivir haciendo bolos por las discotecas o quieren dar el salto a algún reality que les coloque como tertulianos de Sálvame.

Pero en un pueblo, ¿para qué sirve esa catapulta financiada con dinero público? Creo que es más productivo destinar el presupuesto de esos certámenes casposos y estereotipados a otras actividades más plurales y enriquecedoras. Porque en realidad esos concursos solo engordan los bolsillos de los organizadores, trileros de la belleza e ilusiones ingenuas. Los modelos de verdad no salen de las fiestas de los pueblos ni de concursos con coronas de hojalata.

Los concursos de belleza, que han languidecido entre sospechas de amaños y corruptelas en las últimas décadas, forman parte del pasado. Como las galas de Telecinco presentadas por Jesús Gil, El Pionero. Como lancear a un toro, el veto a mujeres en actos religiosos o las novatadas en la universidad, estos certámenes son de otro siglo y, salvo para los aspirantes y sus respetables madres, ya no interesan a una sociedad con otros valores. Y menos si cuestan dinero a las arcas públicas.