Ultramar

Carnaval, teatro y política

22/02/2020

Pobre carnaval y también pobre teatro cuando dicen que la política es un carnaval y toda ella es pura teatralización. Cuando lo hacen denostan a las carnestolendas y al arte de la tablas, manifestaciones que se han ganado a pulso el reconocimiento de la ciudadanía como para ser utilizadas como metáforas denigratorias.

El mal hacer no es carnaval, tampoco teatro. Si en Santa Lucía de Tirajana, y en otros muchos lugares, pero hablamos hoy del municipio del sureste grancanario porque anda ahora en el vórtice de una crisis de gobierno que se preveía desde el inicio del mandato, sellaron un pacto guiado por el despecho y los enconos personales al margen de los intereses generales eso son malas artes, y nada tienen de culpa ni el carnaval ni el teatro. Que se hayan embadurnado de maquillaje o disimulado con una careta no les exime.

«El carnaval y el teatro no permiten encorsetamiento, la política ha de ajustarse al buen hacer»

Otro tanto puede decirse de la confección de las listas en ese municipio, y en otros muchos, pero seguimos hablando del mismo por razones de actualidad, hechas a sabiendas de que los candidatos estaban claramente cuestionados y desde muchos sectores se reclamaba renovación, pero, como es uso y costumbre, se impusieron las razones de la nomenklatura; por no hablar, una vez de que las expectativas no se cumplieron, de la certificación de que los partidos son agencias de colocación para aquellos de los suyos que no logran perpetuarse en los gobiernos, sin importarles, atendiendo a sus razones, descabezar sus candidaturas para la labor de oposición en el, o los, municipio en cuestión.

Nadie pretende que los políticos se sustraigan de las filias y fobias personales, en tanto en cuanto son seres humanos, pero la prevalencia de los personalismos los convierte en grotescos, que no carnavaleros ni teatreros, por cuanto condenan con sus vanidades el desarrollo de una comunidad. Ahora toca sellar reencuentros que eran imposibles ayer. ¿Y el tiempo perdido?

El carnaval, incluso el teatro, es transgresión, exageración, atrevimiento, pero no ofensa, y ahí está la diferencia con las malas artes de la política, que no duda en jugar con los honores y distinciones que han de reconocer a ilustres y ejemplares ciudadanos, parapetarse ante las críticas con un presunto enemigo exterior o convertir una agencia pública en una agencia del Gobierno. Y no es eso, no es eso.

La política como vendetta nada tiene que ver con el carnaval, tampoco con el teatro. Y qué decir de esos visionarios o visionarias que imponen pautas a seguir, excluyendo a éste o a aquel. ¿De verdad creen que así se puede conciliar? La vida puede ser puro teatro y también un carnaval, lo aseveran un par de populares canciones, pero no la política. Uno y otro no permiten encorsetamiento, ésta debiera ajustarse al buen hacer. Cada cosa en su sitio. Dignifiquémoslas, pues.