Ultramar

Canarios sí, pero sin jaula

01/12/2018

En la historia de Canarias hay bastantes ángulos oscuros. Desde el principio de los tiempos a los recientes. Por ello, cuantos esfuerzos se realicen por alumbrar esos rincones que permanecen en la penumbra han de ser aplaudidos. Así las cosas, hay que reconocer, para bien, el libro publicado estos días por Enrique Bethencourt, La Unión del Pueblo Canario. Luces y sombras del nacionalismo autodeterminista canario de los 70-80 (Ed. Tamaimos), por cuanto permite conocer un movimiento político que desempeñó una especial relevancia en los albores de la democracia presente, que puso en evidencia la existencia de una veta electoral que luego otros sabrían mercantilizar con gran rédito, que, sin embargo, ha quedado estigmatizado, por aquello de la opinión publicada, como un ejercicio estéril de aventurerismo izquierdista.

«La estigmatizada UPC, con sus luces y sombras, desempeñó un papel relevante en los inicios de la democracia»

En 1977, en las primeras elecciones democráticas tras el franquismo, una fuerza política, surgida aparentemente de la nada, Pueblo Canario Unido, que compareció a los comicios con los lemas Una brecha hacia la autodeterminación y Canarios sí, pero sin jaula, sorprendió situándose en la provincia de Las Palmas como la tercera más votada. Fue el germen de lo que dos años después sería Unión del Pueblo Canario, la primera coalición electoral de marchamo nacionalista y progresista, que lograría un escaño en el Congreso de los Diputados y se haría con la alcaldía de Las Palmas de Gran Canaria.

Muchos establecidos quedaron desencajados con la irrupción de organizaciones variopintas, procedentes de un universo político muy fragmentado, agrupadas en una sola. Pero, lo cierto es que aquella coalición generó muchas expectativas con su defensa de los servicios públicos y la propuesta a organizar la política desde y para Canarias. Una Canarias que arrastraba grandes problemas de crisis y fractura social, acongojada, además, tras el abandono del Sáhara, convertida en región frontera.

El experimento, sin embargo, resultó efímero. Inquinas personales, la escasez de mimbres para iluminar el camino, parafraseando a Pablo Ródenas, prologuista del libro, la inherente condición de la izquierda a la división, el dogmatismo y el sarpullido de la llamada enfermedad infantil del izquierdismo en el comunismo terminó disolviendo una coalición que acabó siendo una carcaza de cargos institucionales. Pero aquella «chusma», como algún periódico llamó a los electos, además del «gofio para los saharauis», en aquellos complejos tiempos también, en su corta vida, municipalizó las guaguas y el servicio de limpieza, creó guarderías municipales y enseñó el valor del nacionalismo como gancho electoral.

El libro de Enrique Bethencourt aborda con solvencia, sin complacencia, los claros y los oscuros de aquel proyecto. Rigor y verdad, frente a los estigmas. Bienvenido sea.