Irene Montero y Pablo Iglesias, el día en que comparecieron en el juzgado por el caso Niñera. / EFE

Cacería contra Podemos

Gaumet Florido
GAUMET FLORIDO Las Palmas de Gran Canaria

He sido crítico con Podemos porque aunque comparta buena parte del fondo, no me gustan algunas de sus formas. Me chirría el lenguaje guerracivilista, agresivo o radicalizado de algunos de sus cargos. Tampoco comulgo con esa práctica, tan de extremos, de señalar a periodistas. Y no lo digo por Ferreras, precisamente. No hace falta seguir muchos días en twitter a Echenique para observar que tiene el gatillo fácil para disparar contra todo aquel medio de comunicación o periodista que no informa como él quiere o con el enfoque que él quiere.

Ahora bien, hechas estas salvedades, creo que a estas alturas pocos pueden dudar de la cacería a la que está siendo sometida esta fuerza política por ciertos elementos que forman parte de la estructura del Estado. A esa causa espuria se prestan unos cuantos, entre ellos, algunos periodistas, y también parte de la arquitectura judicial de este país, a quienes, claro está, se ha sumado Vox con abierto e indisimulado frenesí.

En este marco de acoso antidemocrático se inscribe, por ejemplo, el caso Niñera, una patraña a lo Berlanga que en condiciones normales no habría pasado de una mala broma del día de los inocentes, pero que ha dado lugar a una causa judicial que ha permanecido abierta la friolera de 16 meses. Estaba cantado. Apenas se hicieron las primeras diligencias, todo quedó en nada.

Mejor dicho, en nada no. En el camino queda el daño reputacional a un partido y, lo que es peor, a unas personas, María Teresa Arévalo y Gara Santana, y a sus respectivas familias, a las que se usó como instrumento contra Podemos y sus líderes. El ataque a su honorabilidad es también un ataque a la democracia. Y no debería salir gratis.