Psicografías

Autógrafos

Hace años los famosos eran pocos y aguantaban mucho más tiempo. Ahora lo que se lleva son los famosos mensuales que son devorados por el sistema y desaparecen sin dejar ninguna pista. Antes los actores, los cantantes o los presentadores de telediarios aguantaban muchos años el tirón de la fama. Ahora hay que rellenar muchos programas de televisión, y además la gente pide caras nuevas cada cierto tiempo para no terminar cambiando de canal. Por eso hoy no dejas de ver caras conocidas en todas partes. Ni siquiera dejan tiempo para que se consolide el mito.

En aquellos años, la mayoría de famosos que tenías a mano eran futbolistas. Recuerdo cuando en el Estadio Insular no había vallas y podías saltar al campo durante los calentamientos para conseguir el autógrafo de Kempes o de Santillana. En la grada de Preferencia había un vigilante muy mayor que se llamaba Paquito al que podías despistar fácilmente para saltar al césped. Tocábamos el cielo cada vez que nos veíamos tan cerca de nuestros ídolos y de los caretos que teníamos en el álbum de estampas. Cuando veíamos a un famoso sobre la marcha buscábamos papel y bolígrafo para inmortalizar el momento y poder enseñar luego la prueba de aquel encuentro a nuestros amigos del colegio. No sé qué habrá sido de todas aquellas firmas que guardaba en el cajón de la mesa de noche. De la mayoría apenas se entendía un par de consonantes, pero yo sabía diferenciar a primera vista la de Iríbar de la de Pereira. Había algo atávico en aquella huella que se dejaba en el autógrafo, una necesidad de inmortalizar nuestra pueril mitomanía cuando todavía no sabíamos que nada dura nunca eternamente, y que la fama, con todos sus oropeles, no deja de ser más que calderilla molesta.

«En aquellos años, la mayoría de famosos que tenías a mano eran futbolistas».

Ahora se reacciona de otra manera ante un famoso. Sobre la marcha aparecen decenas de teléfonos móviles que inmortalizan con imágenes lo que nosotros queríamos dejar escrito. No piden autógrafos sino permiso para sacarse una foto o una película junto al personaje popular que se tropiezan en la playa o en el aeropuerto. Tampoco guardan sus pequeños tesoros en las mesas de noche. Esa fama compartida la siembran por medio mundo a través de Internet antes de que el famoso se aleje camino del olvido. Con los autógrafos nos quedaba el recuerdo escrito para siempre. Ahora todo es más efímero. Por eso hacen falta tantas caras nuevas cada día. La fama se ha vuelto tan etérea como esas fotos digitales que ya no podemos guardar en la cartera. Todos aparecen y desaparecen frenéticamente en el parpadeo voraz de las pantallas. Sombras nada más, que decía el bolero.