Ausencia marroquí

En el otro lado del conflicto sí que hay movimientos y España debería tomar nota

Francisco Suárez Álamo
FRANCISCO SUÁREZ ÁLAMO

En la habitual recepción en Madrid a los embajadores con el rey Felipe VI como anfitrión, la gran ausencia ayer fue la de Marruecos. No estamos hablando de una representación diplomática más de las muchas que hay en España: es nuestro país vecino del sur, del este en el caso de Canarias; es un país clave en la lucha contra el terrorismo yihadista y las redes ilegales de inmigración; y es una nación con un conflicto con su vecina Argelia por el apoyo de ésta al Frente Polisario en su lucha por la independencia del Sáhara Occidental.

Tras la llegada de José Manuel Albares al Ministerio de Asuntos Exteriores, se daba por hecho que las cosas se iban a encarrilar con Rabat y que pronto habría un reencuentro al más alto nivel. Si somos optimistas, quizás las palabras ayer del Rey de España podrían ser la antesala de ese desbloqueo de relaciones, pero lo cierto es que el tiempo va pasando y apenas hay gestos que vislumbren el deshielo. De manera que si somos realistas, mejor aparcar el optimismo.

En el otro lado del conflicto sí que hay movimientos y España debería tomar nota de ello. Marruecos lleva tiempo abriéndose a nuevas alianzas o consolidando las que ya tenía. Es el caso de su estatus de aliado privilegiado de Estados Unidos, como también lo es su acercamiento a Israel. Y China, que está atenta a todo lo que se mueve en los cinco continentes, también ha movido ficha y ya tocó en la puerta de Rabat. Su oferta es la habitual en la estrategia de Pekín: materias primas y posicionamiento estratégico en el ámbito comercial a cambio de inversión en infraestructuras y, de paso, compra de deuda pública. Así, China se está convirtiendo en el gran tenedor mundial de deuda soberana y en el constructor de lo que otros países no pueden financiar.

En ese tablero de ajedrez a varias bandas que es la política internacional, España se mueve sin embargo con velocidad de tortuga. Supongo que es por aquello de la complejidad derivada de gobernar en coalición pero los trenes van pasando y podemos perder el último en lo relativo a Marruecos. Hasta el recién estrenado Gobierno alemán está reconduciendo a marchas forzadas su desencuentro diplomático con Rabat.

Incluso las organizaciones no gubernamentales que atienden a migrantes, y que son poco sospechosas de 'bailarle el agua' a Rabat, alertan ya de la importancia de estrechar la relación con el vecino marroquí. Aunque solo sea por evitar más tragedias en el océano -que no es poca cosa- habría que hacerlo ya mismo.