Estampa de un punto de la frontera entre Polonia y Bielorrusia. / EFE

Armas humanas

Gaumet Florido
GAUMET FLORIDO Las Palmas de Gran Canaria

La inventiva para el conflicto no conoce límites. No en vano, la historia de la humanidad es en buena parte la historia de sus guerras. Y algunos de nuestros mayores avances como colectividad, desde la tecnología a la medicina, han tenido antes su origen en el mundo militar. Cada guerra ha tenido sus armas.

Los carros blindados y los gases asfixiantes marcaron la Primera Guerra Mundial, que fue, sobre todo, un conflicto de trincheras. En la Segunda Guerra Mundial ya dieron un paso más. Es verdad que acabó con las dos bombas atómicas sobre Japón, pero si hubo algo que la caracterizó fueron los bombardeos aéreos sobre la población civil. Hubo ciudades arrasadas en uno y otro bando.

La escalada ha ido a más, poco a poco, y ahora hemos llegado al último grito en esta tecnología del conflicto. Tiene dos particularidades. Se practica en tiempos de paz y usa al ser humano como arma. En particular, al ser humano pobre, por lo que no deja de ser otro caso más de aporofobia, esa lacra que tiene pinta de marcar a fuego la historia de este siglo aún en ciernes.

Para colmo de cinismos, los estados ni siquiera asumen su autoría. Usan a la gente, y su desesperación, como un instrumento al servicio de sus intereses. Y no les cuesta casi nada. Ya lo hizo Marruecos cuando abrió las fronteras con Ceuta y dejó pasar sin control a miles de inmigrantes. Y ahora lo copia Bielorrusia, que arrincona a otros miles en la frontera con Polonia.

No es casual que estas prácticas partan de países en los que la defensa de los derechos humanos no sea una prioridad. Por eso, la respuesta diplomática de las democracias debe ser ejemplar. No pueden ceder a semejante chantaje. Por dignidad humana.