Del director

Aquella última cena de 1961

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No es difícil encontrar un pase de la película Viridiana, dirigida por Luis Buñuel en 1961, en alguna cadena de televisión. De vez en cuando la recupera La 2 en su más que necesario ciclo de cine español y con frecuencia se incluye un visionado en alguno de los canales cinéfilos de Movistar. Si todavía hay alguien que no la ha visto, es más que recomendable hacerlo.

Estamos hablando de una cinta rodada en España, coproducida con capital de México, y que ganó la Palma de Oro -el gran premio- en el Festival de Cannes. Claro que casi ipso facto se armó un gran lío porque la prensa católica la demonizó, eso le costó el cargo al director de Cinematografía español, al que se responsabilizó de que el filme hubiese burlado la censura, y Buñuel volvió a pasar una larga temporada fuera de España por culpa de ese gol que le había metido al franquismo.

Cuentan que muy pocos de los actores que formaron parte del reparto coral sabían a ciencia cierta lo que estaban rodando. Cuentan también que la actriz María Isbert, que hacía un papel secundario, se incomodó muchísimo cuando vio el montaje. Y cuentan también que Luis Buñuel era el único que sabía a ciencia cierta lo que estaba preparando, pero como el régimen franquista estaba deseoso de presumir de que el genio aragonés podía rodar en España, pues apenas le pusieron pegas.

Recupero esta historia ahora que vuelve la polémica en torno a la versión de la última cena de Jesús que orquestó sobre el escenario carnavalero Drag Sethlas en su despedida del trono capitalino. En Viridiana también hay una cena que recrea a su manera la de Jesús, con un resultado bastante truculento y con unas referencias al pasaje cristiano que no son precisamente metafóricas, sino que las entiende todo hijo de vecino -menos el torpe censor que, por suerte, se aburrió leyendo el guion de la película-.

La capacidad de indignarse de cada cual es algo sobre lo que difícilmente se puede establecer un listón general. Menos aún uno que sea objetivo. Hay gente que se altera con poca cosa y hay otros que precisan un cargamento de escándalo para hacerlo. Tanto unos como otros son respetables. Por eso me incluyo entre los que, en un ejercicio de empatía más que generoso, puedo comprender a los que se escandalizaron con Sethlas y a los que no vieron motivo para eso mismo. Pero en todo caso recomiendo encarecidamente la visión de Viridiana.

Y no solo porque sea una película tan cruda como genial, sino porque ahí había un tipo inteligente jugando a engañar a la censura que supo ganar esa partida. Subir a los altares del escándalo a Sethlas puede emocionar a su parroquia y a sus contrarios, pero que nadie olvide que, para última cena, la de Buñuel.