Ultramar

Ánimo, bichillos

23/05/2020

Es verdad que esta historia imprevisible en la que estamos, siendo testigos de la primera cuarentena global de la historia, no invita al optimismo. Los augures no barruntan nada bueno. Las colas del hambre ya están disparadas y la economía mundial, paralizada. Hay crisis de oferta y de demanda y lo que viene será peor que la gran depresión del 29. Tiempo este de orfandades en el que las certezas se desayunan con dudas. Con todo, conviene no hacerse mala sangre. De hacerlo todo será aún más sombrío.

«La reconstrucción pasa por desterrar la cultura política de la confrontación excluyente»

Albert Camus decía que la peste nos enseña que hay en los hombres más cosas dignas de admiración que de desprecio. Agarrémonos a ello. Recuperemos y mantengamos la disposición con la que nos enfrentamos al inicio del confinamiento. ¿O es que aquel buen rollito era pura hipocresía y de épicos, cívicos y responsables no teníamos nada y nos enclaustramos obedientes porque estábamos cagados? Por la cuenta que nos trae, porque bien mal pintan las tornas, recuperemos aquel «juntos podemos» que aunó voluntades antes de que el malaje nos invada. Hagámosle caso a María Zambrano, que dejaba claro que quien obtiene la unidad, lo obtiene todo, para que no se vuelva a hacer realidad lo que proclamaba Unamuno en 1936: «Aúllan los hunos y los hotros. Y aquí está mi pobre España, asustada de si misma, horrorizada. Se está arruinando, envenenando, entonteciendo».

Bastante tenemos con lo que hay y viene como para agriarnos aún más y alimentar así a los apocalípticos, que van a lo suyo y no por lo nuestro. Ahora no se trata de ser ni tú, ni yo, sino nosotros. Y la gente somos todos. Hay que desterrar el cabreo que se respira en los paseos porque todos lo hacen mal, menos yo. Dejar de mirar a quien transita cerca de ti con aversión. La bronca no cura. Ánimo, bichillos, que de esta o salimos juntos o no salimos. Por tanto, no demos pábulo a los que pretenden que el relato de la crisis política se imponga sobre el de la crisis sanitaria. Cuando todo esto acabe, que sus escarceos politiqueros no nos hagan olvidar lo que sufrimos ni a los que se fueron. Que no se valgan de este virus para hacernos peor gente.

Si siempre hemos presumido de pueblo dicharachero y animoso, sigámoslo siendo. A mal tiempo buena cara, aconseja el sabio refranero popular. Y no olvidemos que la risa solo sirve si es compartida. El historiador británico Neil Archerson decía hace unos días: «Después de la pandemia el nuevo mundo no surgirá por arte de magia. Habrá que pelear por él». Pues eso, construyámoslo entre todos, que no nos lo impongan los que destilan hiel y encono. Reconduzcamos la acritud que se está instalando. La reconstrucción pasa por desterrar la cultura política de la confrontación excluyente y plantar cara a los que pretenden sacar provecho de la ruina común, con buena disposición y ánimo.