Papiroflexia

Amnesia colectiva

21/05/2020

Aquel pájaro que anidaba frente a mi ventana ha dejado de piar. O al menos, ya no lo oigo. Los niños aparcaron las bicicletas por las viodeoconsolas y mi vecino... Mi vecino vuelve a ser aquel desconocido al que regateaba en el portal para evitar sonrisas forzadas. Ya no atruenan los aplausos, solo algunos martillean cacerolas. Aquella distopía en la que hacíamos frente común y homenajeábamos a los sanitarios, solo es el recuerdo de una falsa solidaridad. El imaginario de un mundo mejor ha quedado sepultado por el de siempre. El mundo de antes.

Vuelve el ruido y la ira. Las malas formas y los reproches. No hemos aprendido nada. Hace falta una amenaza global, un demonio sin cara que no discrimine ideologías, para unirnos sin colores. Sigue en las calles, suelto e indómito; mientras el hambre entra por las ventanas y se cuela hasta nuestras neveras. Los me gustas vuelven a cotizar más que los te quiero, y las mascarillas se customizan como un complemento más con el que hacerse una foto en el espejo del ascensor. No hay miedo. No hemos aprendido nada.

«Ciertas actitudes revanchistas e insolidarias en el Congreso de los Diputados confirman mis temores»

A las primeras de cambio nos hemos lanzado a las calles irresponsables para tratar de recuperar un tiempo perdido que, no nos engañemos, no volverá jamás. Ya no somos los mismos, estemos en la fase en la que estemos. Nada volverá a ser igual. Sin embargo, ilusos o inconscientes, muchos han vuelto al pasado reactivando sus vidas como si fuera aquel lejano 14 de marzo en el que cambió todo. Otros, resentidos u oportunistas, en lugar de buscar soluciones ponen todo su empeño en señalar a culpables. Como si eso aportase o nos librase de una amenaza que sigue latente y que sobrevive sin más oposición que la responsabilidad de cada uno. Siempre quedará un gobierno al que echarle la culpa como excusa recurrente para nuestros pecados.

Ciertas actitudes revanchistas e insolidarias ayer en el Congreso de los Diputados confirman mis temores. Somos rehenes de una amnesia colectiva que nos hace tropezar constantemente con la misma piedra. Si la clase política no, al menos tenía la esperanza puesta en que los ciudadanos aprendiésemos a vivir en familia y disfrutar el ahora, a diferenciar la verdad de la mentira, a respetar al planeta que estamos destrozando, a encaminar nuestra conducta diaria a la sostenibilidad, a discriminar a los vividores del cuento de las profesiones realmente necesarias y a las que hay que apoyar y potenciar; a valorar a nuestro sector primario, tan importante en esta tierra y, sobre todo, que aprendiésemos el valor de los abrazos y que juntos ganásemos el futuro. Pero tengo mis dudas, y aún no hemos vencido al virus.