Lunes en África

Amenazas sin memoria

10/02/2020

Era un tipo corriente, de esos que nunca se mete en política. Todo lo que hizo fue por el simple deseo de ascender en su carrera. Un simple burócrata que sólo cumplía con su trabajo. Este perfil de persona normal, que se crece en el ejercicio de sus competencias, se convierte en una amenaza colectiva cuando ejerce órdenes de gobierno.

Cuando lo encontraron en mayo de 1960 en Argentina, pocas personas en ese país sabían quién era Ricardo Klement. Llevaba diez años tratando de pasar desapercibido, como tantos otros compañeros suyos que huyeron al terminar la segunda guerra mundial. Algunos se establecieron en Canarias, otros en el sur de España, y muchos en suelos lejanos del sur de Ámérica. La generación que conoció lo ocurrido entonces está ya con la frente marchita, y a su sombra la memoria se desdibuja. Ahora los dirigentes de nueva hornada trivializan sus actos, gestionan la banalidad del mal descrita por Hannah Arendt sin medir las consecuencias.

La semana pasada se rompió en Alemania un dique de contención, cuando todavía no se ha cumplido un siglo desde la masacre organizada por los nazis. El candidato liberal a presidir la región de Turingia aceptó los votos de la CDU de Merkel y de la formación filofascista AfD (Alternativa por Alemania) para convertirse en presidente, la única manera de evitar que gobernase la izquierda, que ganó en las urnas sin mayoría absoluta. Lo llamativo de este asunto no es la reacción furibunda de Ángela Merkel, que trata de desmontar con todo su poder el tinglado, ni la cara de inocentes de los implicados en la operación. Es que en la parte de Europa donde todo funciona bien, estos hijos de la democracia son ya la segunda fuerza política. Su aliento estimula tendencias en Italia, Francia, Gran Bretaña o España.