Bardinia

Al final, solo es ruido

18/02/2020

Lo mismo que el grado de tarambana cum laude no está al alcance de cualquiera, decir tonterías, disparates, incongruencias, sandeces y ofensas con una sonrisa es una especie de facultad que se entrena, porque alguien que es realmente imbécil, simplón o ignorante no tiene la capacidad de soltar una estupidez en el momento exacto en que conviene a ciertos intereses, que es cuando se necesita hacer ruido. Por eso, armar discursos insensatos o necios forma parte de un sistema perfectamente calculado para lograr determinados propósitos.

Estoy convencido de que no existen conspiraciones secretas, sociedades ocultas que manejan los hilos, maniobras inducidas por fuerzas irreales, que tienen que ver con el esoterismo o la ciencia ficción, seres que obedecen a mensajes de otra dimensión y que se mueven en la oscuridad para que el mundo vaya en determinada dirección. Nada hay secreto, todo está a la vista, pero, como en un espectáculo de ilusionismo, eso tan real desaparece porque siempre hay elementos de distracción que atraen nuestra mirada. Luego sucede lo que suele ser consecuencia de lo que se ha prefabricado delante de nuestras narices mientras nos empeñábamos en seguir con la mirada la bolita que el trilero nos muestra como señuelo. Es decir, no hay conspiraciones, sectas de personajes con capucha ni servidores abducidos por extraterrestres que llegan hasta aquí a través de agujeros de gusano, y que incluso algunos asimilan con dioses antiguos o creadores de la raza humana. Por disparatar, que no quede.

Es verdad que no hay cerebros escogidos, personajes superiores y entidades que nos sobrevuelan. Todo eso forma parte de una idea confusa que siempre ha funcionado cuando el ser humano está en situaciones muy difíciles, que es casi siempre porque la vida es muy complicada. En realidad, permitir que esas creencias alucinantes tengan tanto seguimiento forma parte del despiste del mago. Si ya escribió Baudelaire que el mejor truco del diablo es convencernos de que no existe, aquí es al revés, se mira para otro lado para que se extienda la creencia en todo ese universo de cómic apocalíptico y se pueda actuar con la realidad tangible sin que nos demos cuenta. No hay conspiraciones secretas con rituales bizantinos o medievales, pero sí que hay truco, y el mayor elemento de distracción de la realidad es el gran entramado de medios de comunicación que finalmente nadie controla porque a estas alturas el mecanismo funciona por inercia, y no hay una persona, una corporación o un comisionado que sea capaz de pararlo o siquiera hacerlo cambiar de dirección.

Todas esas personas que pueblan el surtidor de supuestas noticias diarias y que se descuelgan con declaraciones imposibles, frases sin significado o mentiras muy obvias, son en realidad simplones entrenados en armar barullo, de manera que no sea posible hilvanar discurso coherente alguno que tenga sentido. ¿Creen que personajes como la presidenta de la Comunidad de Madrid, el portavoz de los independentistas catalanes en el Congreso o el alcalde de la capital de España son tan elementales como se empeñan en aparentar? ¿Creen que la portavoz del PP en el Congreso es tan básica cerebralmente como se supone debe serlo alguien que construye discursos tan absurdos sobre lo que sea, con tal de oponerse al adversario? Claro que no, como tampoco son cerradas y contradictorias las personas que, desde la ultraderecha, sueltan sandeces que no merecen debate porque en su base los argumentos son irracionales y a menudo zoológicos.

Lo triste es que, combinando esa supuesta estulticia con la repetición de consignas delirantes y la insistencia en datos falsos aunque sea patente que lo son, consiguen la atención mediática, que es finalmente su único propósito para seguir en la brecha. Es evidente que no creen lo que dicen porque nada hacen al respecto cuando tienen ocasión de hacerlo. Se opusieron al divorcio, no lo derogaron cuando estuvieron en el poder y encima lo usaron como cualquier ciudadano; lo mismo ha ocurrido con docenas de asuntos, como el aborto o los matrimonios de personas del mismo sexo. De lo que se trata es de hacer ruido para seguir con esa vida que tan bien les va. Y no crean que en el otro lado, aunque más discretamente, se actúa de distinta manera. La demostración la tenemos en que, por ejemplo, la Reforma Laboral no va a ser derogada como se dijo desde la oposición, y tampoco se va a hacer lo que se predicó con respecto al dinero del rescate a la banca. Son dos botones de muestra y ahí lo dejo.

Se trata simplemente de seguir ahí, sea en un lado o en otro. Es descorazonador ver el tiempo, el dinero y el esfuerzo que se dilapida en organizar comisiones parlamentarias, dirimir presidencias de las mismas y otras burocracias que finalmente no tienen reflejo práctico en el interés general de la ciudadanía. Cansan las alusiones a ofensas históricas, a guerras lejanas, a conspiraciones extranjeras y a matraquillas varias, pero ninguna se materializa en hechos que sirvan para cerrar esas páginas y que no se vuelva a hablar de ellas en sede parlamentaria. No hay conspiraciones, solo ineptitud. El ruido los mantiene, y los medios lo amplifican. Es lo que hay.