Primera plana

El ‘procés’ y el nacionalismo canario

16/10/2019

El país vive días muy difíciles. Con el añadido, por no decir agravante político, que en breve hay una cita con las urnas. Suena ya el ruido de la campaña electoral. Son las jornadas de un trance fruto de la sentencia del Tribunal Supremo cuya magnitud emula a la del enjuiciamiento de los golpistas del 23F. Con una diferencia sustantiva: entonces, tras conocerse el fallo, el ruido de sables en los cuarteles era ínfimo y, sin embargo, ahora y mañana el procés seguirá latente. El sistema constitucional del 78 pierde a uno de sus actores fundamentales para que operase con razonable normalidad: los nacionalismos periféricos, especialmente el catalán, desconectan. Suenan las alarmas institucionales en Madrid. Y el bipartidismo reacciona prieta las filas. España se asoma a la inestabilidad constitucional, a los tumultos y al descontento social convocado en la calle que evoca a esos cambios históricos que antecedieron al final del régimen de Miguel Primo de Rivera (1923-1930) y el advenimiento de la Segunda República: huelgas, barricadas, pistolerismo...

El procés y su contestación no es ajeno para el nacionalismo canario. El conflicto de fondo es qué concepto de España está sobre el tapete discutiéndose. Ya hay formaciones políticas con elevada representación parlamentaria que no solo cuestionan el modelo de las comunidades autónomas sino al tiempo lo atacan en aras de una pretendida recentralización. Recordemos que España es uno de los países que en muy poco tiempo, desde la dictadura a la democracia, en apenas unos años, pasó de ser uno de los más centralizados a uno de los Estados más descentralizados. El líder de Vox, Santiago Abascal, apeló el pasado lunes a Cataluña como una región española. Términos graves para instantes muy delicados. Las palabras y su manejo no son inocentes sino que proyectan distintas ideas políticas y, por lo tanto, rezuman ideología.

La Constitución de 1978 distingue entre nacionalidades y regiones. Y recalcarlo también forma parte del respeto al marco constitucional y demás oraciones a favor del Estado de Derecho. Canarias es una nacionalidad y no una región. Y resulta que hoy por hoy, y por un largo tiempo, la agenda política nacional estará determinada en si se está de acuerdo o no con una España plurinacional. Un debate que casa con el procés y cualquier tentativa de solución. Porque todo potencial arreglo del conflicto catalán pasa necesariamente por una reformulación del modelo autonómico que seguramente sea al amparo de una reforma constitucional. Un ciclo para el que el nacionalismo canario debe estar preparado.

Por ahora, priman las declaraciones al uso y las invocaciones institucionales que caracterizan a la mayoría de los partidos de ámbito nacional. Pero no nos engañemos: después de una jornada vendrá otra y Cataluña, y el resto de España, seguirán esperando o, mejor dicho, conviviendo mal que bien con esta problemática que puede que se antoje ya irresoluble. La cuestión no está en si Pedro Sánchez se distrae con Cataluña y destina allá más fondos perjudicando presupuestariamente a Canarias, que también, sino que el nacionalismo isleño tendrá que combatir a las derechas mesetarias y al jacobinismo que brota por último en el PSOE. El tobogán político persistirá tras el 10N.