Primera plana

El ‘aznarismo’ siempre existió

25/02/2020

Vox ha venido para quedarse. Pero sociológicamente no es un invento de un día para otro. La extrema derecha o el franquismo sociológico, de algún modo, siempre estuvieron latentes. A mediados de la década de los años noventa, cuando ya se barruntaba la caída del felipismo, José María Aznar vino a proclamar (con libro incluido) la necesidad de una Segunda Transición. A la derecha entonces se le hacía insoportable que el PSOE llevase tanto tiempo en el poder. Hasta el punto que pensaron que aquella victoria de octubre de 1982 (los 202 escaños de Felipe González y Alfonso Guerra) nunca decaería por mucho que pasasen las décadas. La campaña de acoso y derribo fue brutal, con multitud de frentes. Mientras tanto, el juez Baltasar Garzón, que se sintió utilizado por el PSOE en la campaña electoral de 1993, fue número dos por Madrid pero nunca llegó a ministro, retornó a la judicatura al alimón que avivaba el caso de los GAL que representaba el lado más oscuro del felipismo.

Ese viaje al centro que dictó Aznar le permitió, aunque por la mínima, vencer en 1996 a González. Surgió un Aznar pactista que, de repente, se entendía con los nacionalismos periféricos (Jordi Pujol pasó a ser un amigo) que él siempre había combatido. Hasta hubo acuerdos con los sindicatos de clase. La cosa marchaba bien para el centroderecha y, prueba de ello, en los comicios de marzo de 2000 cosechó una rotunda mayoría absoluta.

Sin embargo, en el segundo mandato Aznar se envalentonó. Fue tanto el poder que acumuló que llegó a rugir en la esfera internacional mientras se perpetraba la barbarie de la Guerra de Irak. ¿Dónde estaban entonces los actuales votantes de Vox? El mérito de Aznar fue, al menos hasta el 2000, dar cobijo a toda la derecha. El PP fue la casa común, propia del bipartidismo imperfecto, donde democratacristianos, liberales clásicos, conservadores, ultramontanos, neoliberales y demás tropa encontraron el nido partidista que, poco a poco, logró su periplo en La Moncloa (1996-2004).

Pablo Casado bebe de ese legado. Pertenece a esa derecha que, en el fondo, considera que Mariano Rajoy fue débil con el asunto catalán desde que Artur Mas tornó el nacionalismo pactista en soberanismo. El problema que tiene el PP es que en Cataluña sobre todo, y algo menos en el País Vasco, se ha convertido casi en una formación extraparlamentaria. Rajoy lo provocó mientras establecía en las calles de la España interior mesas petitorias en contra de la reforma del Estatuto de Autonomía de Cataluña vigente desde 2006 y mutilado por el Tribunal Constitucional con la STC 31/2010; justo en ese momento, se rompió el pacto territorial y se desencadena, ya del todo, la problemática actual.

Casado se ha cargado a Alfonso Alonso como candidato de los populares en Euskadi y rescata a Carlos Iturgaiz que precisamente pertenece al ala purista del aznarismo. Si a Casado le sale la jugada, que está por ver, bien para él; en caso contrario, 2020 puede salirle caro políticamente a su débil liderazgo.

Por su parte, Ciudadanos está acabado como proyecto. Y busca ahora un rescate con el que, en verdad, el PP no gana nada. Es decir, en Génova tendrían que haber optado por dejar morir sin más a Ciudadanos en cuanto que el electorado es inteligente y acaba por resituarse. La absorción sociológica de Ciudadanos por parte del PP está cantada sin necesidad de alianzas forzadas en los territorios donde reina el nacionalismo periférico.

Si algo ha caracterizado a Ciudadanos es, de largo, su ataque al nacionalismo. No quiere saber nada de fueros, cupos fiscales y demás derechos y diferencias territoriales. Casado pretende hacer con Ciudadanos lo mismo que Aznar con el CDS a comienzos de los años noventa. Una operación inevitable si el PP aspira a retornar a La Moncloa. El problema reside en que hay que saber hacerla, atesorar olfato analítico y trienios políticos de los de verdad. Y es aquí donde se la juega, del todo, Casado.