Las venas abiertas

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Mientras el rey hablaba me acompañaban unos espaguetis y la redifusión en la televisión del partido entre la Juventus de Turín y la Roma. El plan, de genética transalpina, no contenía ninguna especie de reivindicación rebelde y solo se debía a la coyuntura actual. A eso y a un acusado desinterés por los lugares comunes y los escenarios prefabricados.

No vendo ninguna misiva de república o muerte, solo creo convivir en un espacio agreste para la información y el contexto histórico. Y creo que esos vacíos, y el desprendimiento social de la idea de país, ya no se cubren con un monarca de cartón piedra a través de la televisión. A día de hoy, lo que Felipe VI diga tiene tanto calado en los ciudadanos como cualquier diálogo en una de las películas de vaqueros que llenan los mediodías de las autonómicas.

Y no es todo culpa de ese señor que ni legisla ni suda la camiseta; también lo es de los replicantes que esperan a su intervención, desde cualquier cambio de dirección ideológico, para atizar o besar traseros.

Porque en estos discursos, como en las tertulias mediáticas, ya no importa nada el contenido. Partimos de una fotografía instantánea en la que nos importa poco lo que diga el protagonista. Tenemos nuestra idea, y le vamos a aplaudir o a insultar con independencia de lo que nos tenga que decir.

Por eso ya a estas alturas, aunque sea tan tradicional como una discusión entre cuñados –tema que este año, Cataluña mediante– vuelve al primer plano de la mesa, quizá sería mejor darnos por una sociedad realmente avanzada en la que no necesitamos que ninguna figura, no escogida por nosotros para ser nuestro vocero, nos dé la bendición antes de pasar a los postres.

Porque al final, pese al pábulo mediático, nos importa bien poco lo que nos diga.