La arista

Democracia secuestrada

08/12/2018

Perdemos la perspectiva, pero 40 años de paz son muchos años en un país de naturaleza e historia guerra civilista, frentista y cainita. El experimento de la democracia nos ha salido bien y muy bien para los optimistas; más o menos bien para los escépticos y muy mal para los gamberros. Nací en la dictadura y no me enteré de que existía hasta la toma de conciencia política, y cuando me di cuenta estaba en plena democracia. Otros habían trabajado intensamente para entenderse. Los que venían de los dos bandos renunciaron a mucho para abandonar la dictadura y hacer posible la convivencia con un modelo en que el todos cupiéramos. Los admiro. Admiro cada uno de los pasos que dieron y la forma de conducir un proceso en el que nadie en este mundo creía que podía salir bien. Se sentaron los franquistas, los liberales, los socialistas, los comunistas... hablaron mucho, renunciaron a mucho y se entendieron.

Yo, que soy de naturaleza positiva y un demócrata convencido, no estoy excesivamente contento con el resultado final. No tenemos la democracia con la que soñamos, sigue secuestrada, hoy por unos y mañana por otros y lo que era una dictadura de mano ha derivado en otra blanda, en la que la guerra no termina. Quizás me dejo llevar por el romanticismo, leo y releo a los padres de la Constitución, los procesos que se pusieron en marcha y, si algo me atrae de esa etapa, es el entusiasmo por la libertad, por un nuevo orden de paz y convivencia, la lucha por los hombres libres e iguales y, sobre todo, el diálogo para conseguirlo junto a la capacidad de renuncia a la ideología y al odio que 40 años después de acabada la guerra aún continuaba vivo.

Toda una lección para los escépticos y los gamberros. Los primeros, desertores contagiados de la decepción y los segundos renacidos, gente joven que no conoció la dictadura ni la Transición, pero que viven del revanchismo más ácido, poco dispuestos al diálogo, aunque su boca se llene cada día de la misma palabra.

Algo estamos haciendo mal. La democracia no termina de cuajar en sus aspectos más intrínsecos. Los poderes no son independientes, hay demasiado vasos comunicantes por los que los partidos políticos se cuelan para garantizarse todo el poder del Estado, pero, desgraciadamente, no para ponerlo al servicio de los ciudadanos, sino al suyo propio; y lo que es más grave, para venderlo a intereses externos a la democracia. Demasiada permeabilidad y demasiado negocio conviven en esta democracia.

El signo de los tiempo. La política ideológica, la del servicio, ha dejado de mandar. En la Transición la política tenía más poder. 40 años después está en manos de otros intereses... internacionales, de los créditos, de las multinacionales, de alguna que otra mafia y de especuladores internos mal acostumbrados a vivir, comer de y mandar en lo público. ¿De verdad mandan los partidos políticos en España? A pesar del discurso diario sobre su vocación de servicio a lo público ¿están a nuestro servicio? Sin la autonomía real de la política y el protagonismo de los ciudadanos no hay democracia que madure.

Las causas siempre tienen una diana. La dictadura sirvió de argamasa de ideologías dispares, de la gente luchadora, viniera de donde viniera. La Transición gozó de ese impulso, de la necesidad de superar la dictadura. La democracia estaba de moda. Era el pasaporte exigido por el mundo civilizado para equipararnos a ellos. Se pudo dar el diálogo desde la convicción de que vivir como vivían las viejas democracias que habían ganado la batalla a las dictaduras en Europa merecía la pena. El diálogo fue posible, porque el objetivo eran común. Ni el rey podía seguir siendo un dictador ni Carrillo un comunista.

¿Qué ha salido mal? ¿Por qué la deriva de esta democracia? Hemos perdido la perspectiva. No hay causas comunes, y las que surgen las patrimonializa rápidamente el populismo, dejando a los partidos tradicionales sin capacidad de reacción. Desde Cataluña a Podemos y ahora Vox, el populismo, la tensión emocional colectiva que genera, se adueña del discurso para convencer a escépticos y gamberros imponiendo, de nuevo, “mi verdad frente a tu mentira”, o “conmigo o contra mi”. Sin diálogo y entendimiento no hay democracia que madure.