Por si le interesa

Del ‘Un, dos, tres’ al ‘Fortnite’ de mi amigo

17/07/2019

Gaumet Florido

Viernes por la noche. Baño general de bañera con lavado de cabeza. Cena con papá y mamá y colacao calentito con galletas con todos los hermanos sentados con la tele delante y la estufa detrás para que se nos secara el pelo. Un, dos, tres, responda otra vez. Gracias, Chicho. Fin de la cita. ¿Le suena de algo? Si pasa de los 40, seguro que sí. Salvo matices, como la presencia de la estufa, que aquí en Canarias pasaba por ser un bicho raro (cumbres aparte), o la del papá (¿viernes y en casa? entonces, cosas de la época, era mamá la que casi siempre estaba), esta escena se repetía en millones de hogares de España en los años 80 del siglo XX. Muchos nos podemos sentir identificados con el tuit con el que la periodista Luz Sánchez-Mellado quiso homenajear, en junio pasado, al director del Un, dos, tres. Los que lo vivimos manejamos un código de vivencias más o menos similar.

Ahora, en lugar de ante un programa o una peli, se pasan horas embobados viendo cómo se divierte un tal Nico en su propio canal de Youtube

Es un punto de análisis, si quiere, anecdótico, pero que puede valer para comprobar hasta qué punto durante decenios los medios de comunicación y sus contenidos contribuyeron, de alguna manera, a crear comunidad, a que nos sintiéramos parte de un corpus de referencias compartidas. Series de televisión, documentales, concursos o dibujos animados. Todos veíamos más o menos lo mismo. Tenía sus desventajas. Había menos pluralidad y disfrutábamos de menos instrumentos para protegernos de la manipulación informativa. Pero también es verdad que al menos lo que se emitía en la tele, a priori y a pesar de defectos y clichés, pasaba ciertos filtros de calidad. Y los padres y madres de entonces tenían más fácil controlar a qué contenidos se exponían los críos.

Hoy niños y niñas se enfrentan a una realidad mediática tremendamente atomizada, con múltiples fuentes informativas, soportes y contenidos. En principio, nada malo. Pero dificulta, y mucho, la tarea a los padres y madres que queremos controlar aquello que consumen nuestros hijos. Hoy basta un móvil, cutre, para ver una película gore. O porno violento. O peor, imágenes reales de asesinatos. Ha variado incluso la forma y el gusto de los críos a la hora de ver la tele. Cogen el mando y se diseñan su menú a la carta. Ya no hay viernes del Un, dos, tres. Pero es que ahora, en lugar de ante un programa o una peli, se pasan horas embobados viendo cómo se divierte un tal Nico en su propio canal de Youtube. No juegan ellos. Ven cómo juega otro. Y por la tele. O se entretienen con la retransmisión en directo de una partida al Fortnite de sus amigos del cole. Los oyen hablar entre ellos, diciendo cosas a menudo sin sentido. Y les gusta. Es la cultura del visillo adaptada al siglo XXI. En fin, que hemos pasado de Chicho, con todos sus defectos, a Nico o al amigo de clase. No sé si es bueno o malo, pero no me convence.