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El presidente regional del Partido Popular en Canarias, Asier Antona, compareció esta semana en el Foro de Encuentro de CANARIAS7 y en su disertación, titulada Canarias cuestión de Estado. Un tiempo nuevo, llamó la atención sobre el revelador hecho de que el pasado año las Islas solo recibieron la ridícula cantidad de 23 millones de euros de inversión extranjera, de los 33.000 que entraron en España. Hasta Guadalajara nos ganó en la captación de fondos foráneos. Señaló también que de las 253 regiones que hay en Europa el Archipiélago ocupa el puesto 217 en la tabla que mide la competitividad. Tan clamorosos datos dejan claro que muchas cosas se han hecho mal en esta tierra que presume de puente entre continentes, apuesta, según los que la gobiernan, un mandato tras otro, por la internacionalización de su economía y, además, cuenta con un instrumento, la Zona Especial Canaria (ZEC), creada para atraer capital extranjero por la vía de convertirnos, de facto, dentro de la legalidad, en un paraíso fiscal como no hay otro en Europa.

Han pasado los años, la ZEC fue creada en el 2000, y ahí están los insultantes y desconcertantes datos. Ahora nos dicen que con los últimos ajustes y tras las mejoras incorporadas al REF económico la situación cambiará sustancialmente. Mantengamos la esperanza, pero permítanme la incredulidad. Los discursos se repiten una y otra vez, sin embargo, las concreciones no llegan. Lo de la internacionalización es un recurso tan manido como el de la diversificación de nuestra economía, por no hablar de la apuesta por el I+D+i. Vista la situación en que nos encontramos, con los peores índices de exclusión y pobreza del país, con una fractura social que crece y con unos registros de desempleo que no se corrigen al mismo ritmo que en el resto del Estado, pese al buen comportamiento de la economía, con un sector turístico que no para de crecer, ya estamos en quince millones de visitantes; es obvio que es imperativo un cambio del modelo productivo, pero lo es ahora y lo era hace tiempo y, una vez más, como nos ha pasado tantas veces a lo largo de nuestra historia, hemos sucumbido al régimen de un monocultivo que no alivia nuestras carencias estructurales.

Muchas cosas se han hecho mal, es evidente, mientras se han seguido realizando demasiados brindis al sol y las reflexiones, si se han realizado, no se han concretado en programas de actuación, ni en realidades. Desde los cabildos al Gobierno, con todos los partidos en danza, se coincide en los grandes enunciados: es preciso cambiar la dinámica y hay mucho que reformar, desde la administración a la sanidad, pasando por las políticas de empleo, el sistema tributario y también, cómo no, el electoral; pero llegado el momento todo queda en veremos. Y así seguimos, con esos demoledores datos que certifican que hay demasiadas cosas que no se hacen bien.

Y por más que nos digan que la crisis quedó ya atrás, no es así; de hecho, sus secuelas continúan siendo bien dolorosas y da la impresión que, de seguir como vamos, van a perdurar en el tiempo.

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