Las venas abiertas

Ciudad astillada

En El Astillero de Onetti, cuando Larsen, también mentado como Juntacadáveres, regresa a Santa María tras cinco años de exilio se planta ante el viejo sitio de las reparaciones navales en el que pretende prosperar, y describe su emoción como la de estar ante un gigante afónico. Un vestigio de una vida pasada en la que, de alguna forma, todo debió resultar más emocionante.

Como la imaginaría Santa María, ese Macondo particular del escritor uruguayo, hay días en los que Las Palmas de Gran Canaria, en semejanza al decrépito astillero de Jeremías Petrus, viste con galas de animal mitológico, de un tamaño inabarcable pero tedioso.

Así lleva el abrigo de los domingos la capital, bañada en un cielo triste, en el que la poderosa bocina de algún barco en travesía por el frente marítimo se presenta como una de las pocas señales de vida de una de las capitales de provincia de mayor envergadura de este país en permanente conflicto.

Domingos por la tarde, fecha y hora en la que la melancolía de la semana pasa visita, en los que en los principales núcleos comerciales de la ciudad gran parte de las persianas de comercios y restauradores muestran el grafiti sobre el aluminio por toda respuesta para el que va persiguiendo un abrevadero

Días de recogimiento, de ser escogido por el bar, en vez de ser tú el que decide dónde establecer el verbo y la sed. Una falta de alternativas, un diapasón en tono menor, que poco hace por dar presencia a una ciudad que aspira a descollar como una urbe imán para turistas.

Porque en esta Las Palmas de Gran Canaria que presume de una atlanticidad moderna, que a tirones intenta recuperar su pulso cultural, la vida a ras de calle de sus ciudadanos rara vez se sale de las costuras de las masificaciones a medida y por encargo.