OPINIÓN

Al galope de la emoción

Ha comenzado un periodo histórico en el que la emoción pesa mucho más que la política. Siempre ambos conviven con mayor o menor predominancia de uno u otro en función del momento. Pero ahora estamos gobernados, porque así lo queremos en las urnas, al galope de la emoción. Como respuesta al brexit, Bruselas quiere impulsar la fortaleza del proyecto comunitario instando a los socios a integrarse del todo, sin reservas legales o monetarias. Prietas las filas. Pero la Unión Europea nunca triunfará si no es algo distinto a burócratas ajenos a la realidad nacional, dirigentes con una vida diferente a la que se estila en la calle y un boletín oficial que publica normas de otro mundo para el españolito medio. ¿Cómo va triunfar el proyecto comunitario en un ciclo en el que en Barcelona se apela a la emoción y la sensación como legitimación ante Madrid? Los que abanderan la independencia y despliegan pancartas en el Camp Nou lo hacen desde la emoción y no desde la razón ilustrada. A fin de cuentas, toda nación en sus inicios tiene una dosis de emoción que luego es la que da sustento al relato histórico del Estado. En nuestro país ocurre igual: el descubrimiento de América, los comuneros de Castilla, la Constitución de Cádiz, la Transición,...

«¿Cómo va triunfar el proyecto comunitario en un ciclo en el que en Barcelona se apela a la emoción y la sensación como legitimación ante Madrid? ».

Y, por supuesto, la emoción se ha mundializado al alimón de la Gran Recesión de 2008 y la globalización. No se entiende la victoria de Donald Trump sin el sentimiento de pérdida, de declive imperial, de los obreros estadounidenses que han padecido la desindustrialización y observan en México o China adversarios a su bienestar personal y familiar de antaño. A todas luces, también las clases medias tienen su corazoncito y los padres de familia se preocupan por sus hijos ante un futuro que no pinta como antes. «¿Qué será de ellos cuando yo no esté?», se preguntan los progenitores en la cocina del hogar que es donde asoma la emoción y se gestan numerosos sentimientos entre tostadas y café.

La emoción es sana y necesaria. Pero una sobredosis de emoción es harina de otro costal. Hasta la muchachada más ingenua fue empujada a las trincheras del siglo XX al rebufo de cánticos y glosas patrioteras para acabar derramando sangre, la suya y la del extranjero. Cuando España perdió Cuba se dice que el pueblo estaba en los toros. Seguramente no fue así, sino que el Gobierno aprovechó que se entretenían para soltar una noticia cuyo impacto emocional era indudable. Claro está, George W. Bush no pudo hacer lo mismo con los atentados en las Torres Gemelas el 11S. El ritmo de la comunicación ya era otro.