Primera plana

Adiós a la clase media

31/05/2020

Ir ahora a una librería es una experiencia extraña. Atienden en la misma puerta con un mostrador improvisado que impide el paso y hojear los libros. O reducen el aforo. Hay de todo. Es lo que toca. Pero el remanso de paz de entrar un buen rato y mirar por aquí y por allá se acabó, al menos por un tiempo. A medida que avanzó el confinamiento, empecé a recibir correos electrónicos de librerías afines que proclamaban que este mecanismo de compra ya estaba disponible, incluso invitaban a comprar una especie de cheque regalo para que otros pudiesen ir más adelante a canjearlos. Me sonó a llamada de auxilio, a un clamor en medio del desierto de la incertidumbre. Igual de legítimo y conmovedor que el de otros sectores sometidos a la mano invisible del mercado.

Justo en medio del estado de alarma, a la vez que los mensajes anteriores se sucedían, TVE tuvo a bien reponer en la parrilla Tienes un e-mail (1998) protagonizada por Tom Hanks y Meg Ryan. Una comedia romántica y amable que versa sobre una librería de barrio que tiene que afrontar la apertura implacable de una cadena de la competencia a escasos metros amenazando severamente su negocio. La historia de siempre: el pez grande que se come al chico. La globalización ante el costumbrismo. La novedad que irrumpe frente a los usos y costumbres del encanto de ese rincón ya familiar al que los lectores recurrentemente asisten a modo de liturgia.

Como la película data de finales de la década de los noventa, seguro que más de uno acudió a verla a los Multicines Royal, los Galaxy’s o, con suerte, si aún existía, el Capitol. Ir al cine como ese plan ideal de sábado por la tarde en el que todos nos sumergíamos como evasión de la realidad pensando, aunque fuese por unas horas, que todo en nuestras vidas estaba en paz y armonía tal como anhelábamos que aseverase el lunes siguiente por la mañana. Porque ir al encuentro de la gran pantalla el fin de semana era un ritual de clase media. Se consumía cultura y, a la par, nos inyectábamos una dosis de optimismo que se remataba luego a la salida con un vino y una cena.

Es ese el ayer que hoy evocamos desde la nostalgia y la convicción de las certezas evaporadas. Un universo en el que, mal que bien, todos progresaban económicamente y, sin desatarse todavía la burbuja inmobiliaria de los nuevos ricos, se materializaba el sueño de las clases medias como meta colectiva. Se iba a merendar a El Corte Inglés y las parejitas marchaban en procesión a la sucursal del banco para hipotecarse por treinta o cuarenta años creyendo ilusamente que el amor les duraría para siempre. Sí, es verdad, fuimos felices. Pero aquel mundo ya no volverá. Aquellas clases medias reflejaban que el ascensor social funcionaba correctamente y otorgaban carta de legitimidad al sistema político del 78 que actualmente, cuando menos, está seriamente cuestionado y acusa una inapelable descomposición. Unas décadas de esplendor que no se repetirán mientras nos adentramos en la inseguridad que atisba el porvenir.

Rafael Álvarez Gil