La arista

¿Adelanto electoral? ¿Para qué?

10/11/2018

Dudo mucho que unas elecciones anticipadas en España devuelva la serenidad y la cordura a la política. El esperpento que estamos viviendo se reproducirá de nuevo porque el liderazgo que ha surgido de los partidos en su renovación interna no termina de cuajar entre los españoles. Si los viejos líderes de los grandes partidos defraudaron las expectativas de los ciudadanos, por cansancio y falta de empuje ante los graves problemas de España, los emergentes siguen sin convencer a ninguna mayoría.

La nueva fragmentación de la derecha y la vieja izquierda con el independentismo como bisagra se convertirá, una vez más, en el escenario político dominante, llegue al poder quien llegue. Lo sufrió Mariano Rajoy. Lo sufre Pedro Sánchez y lo sufrirá quien logre gobernar en el futuro inmediato. Rajoy lo tuvo difícil y Sánchez lo tiene crudo, tanto que preside un Gobierno incapacitado, que en otras circunstancias tendría que estar disuelto por falta de apoyos y también de operatividad.

La impresión interna en España es de descontrol, de ingobernabilidad y de deterioro. De que las instituciones funcionan por inercia y que algunas, como la Justicia, profundizan en su crisis, atenazada por los poderes políticos y económicos. El espectáculo del Tribunal Supremo corrigiendo sus propias decisiones y la del Gobierno tratando de corregir el desaguisado y aprovechar las circunstancias para hacer campaña no deja de traspasar los límites del patetismo.

El debilitamiento de las instituciones favorece muy poco la consolidación de la democracia e impide resolver limpiamente los problemas. Un Gobierno débil, que utiliza las instituciones en su propio beneficio, atrapado por el independentismo, al que trata de favorecer, y una Justicia cuestionada por sus propias actuaciones crean el ambiente necesario para imposibilitar imponer la ley y que las decisiones sean posible, como en el proceso catalán, y creíbles, como en el asunto de las hipotecas.

Los españoles, que ya perdieron sus sueños a lo largo de la crisis económica, no duermen tranquilos. Ahora en plena recuperación, se han ido al traste muchos privilegios de las sociedades económicamente prósperas y potentes, como la española, y del estado del Bienestar. Una vez iniciada la recuperación económica chocamos de bruces con un estado político lamentable y con un Gobierno que sólo sabe dar campanazos mediáticos, diezmado por los escándalos, acogotado por los independentistas que se hacen fuertes en sus feudos y prisionero de la propaganda populista.

«Los nuevos partidos, los que venían a cambiar la política, han resultado más de lo mismo»

La cuestión de tener o no tener presupuestos no es baladí. Los mercados internacionales, en los que compramos el dinero para cubrir las necesidades del Estado, nos miran con preocupación mientras una nueva fase de recesión económica amenaza con devolvernos al 2008. La corrupción acampa a sus anchas y lo que conocemos del mundo de las alcantarillas, necesarias en la defensa del Estado, se ha convertido en un arma arrojadiza en la política.

No es sólo el Gobierno y Pedro Sánchez los que no dan la talla. El cambio de liderazgo en el PP tampoco termina de cuajar. A Pedro Casado le falta peso político. No termina de arrancar en la oposición, acogotado con un PP que se revuelve entre el pasado y el futuro, entre el centro y la derecha y con la propaganda del PSOE robándole espacio en la opinión pública.

«Sin liderazgo claro, desde un sector o del otro, no hay tendencia electoral que gane»

Los nuevos partidos, los que venían a cambiar la política, han resultado más de lo mismo. Podemos ha sufrido una involución impensable. Se ha convertido en un partido vertical, con una cúpula clientelar, familiar, desde la que ha sido imposible echar ningún pulso al líder después de que las facciones más afines a Pablo iglesias tomaran el poder de los instrumentos de control del partido. Su discurso ha ahuyentado de su entorno a los millones de enfadados del sistema que la crisis sacó a las calles y las causas por las que apuestan, incluido el independentismo, sacude a otros miles de votantes. Pablo Iglesias forma parte del sistema y, además; le gusta el poder, el de verdad, el de la propaganda y el de las alcantarillas.

Rivera se ha desinflado. Su liderazgo se basó en Cataluña y en controlar el poder de Rajoy desde los acuerdos en el Congreso o a Susana Díaz en Andalucía. Rajoy perdió el Gobierno y Rivera su liderazgo. La cuestión catalana la gestiona Pedro Sánchez y el cansancio de los españoles con el asunto apagan la voz de Ciudadanos en medio del ruido y el miedo.

Sin liderazgo claro, desde un sector o del otro, no hay tendencia electoral que gane, y si esta legislatura es ya complicada, otra con los mismos amarres no nos sacará de la mediocridad política en la que ha caído España.