La arista

Acaben con esta mascarada

Un Estado de derecho no se puede permitir el nivel de payasadas políticas que vivimos en el Parlament de Cataluña el martes. Muchos españoles no entienden la prudencia casi ineficaz del Estado frente a la rocambolesca y torticera política de Puigdemont que se mueve en el limbo jurídico tomando decisiones desde las instituciones públicas, como la Generalidad o el Parlament. Puigdemon, su Gobierno, y el Parlamento de Cataluña están claramente fuera del carril de la legalidad democrática y juegan a una especie de bufonada que no tiene otro objetivo que agudizar las contradicciones, ampliar el conflicto, mantenerlo vivo en el tiempo, internacionalizarlo y retorcerlo.

El Estado tiene que poner fin a la mascarada independentista que con una estrategia muy medida embarró de nuevo el terreno de juego para confundir a propios y a extraños y alargar el conflicto, tal y como recogen sus documentos secretos, incautados por la Guardia Civil en uno de los registros de la vivienda del brazo derecho de Oriol Junqueras.

«No debemos creer en los cantos de sirenas. El diálogo reclamado por Puigdemont es sólo una trampa, poner el balón en el tejado del Estado de derecho»

No debemos creer en los cantos de sirenas. El diálogo reclamado por Puigdemont es sólo una trampa, poner el balón en el tejado del Estado de Derecho, y continuar con el secuestro de las instituciones y de la sociedad catalana, a la que dicen representar en su totalidad. La primera alerta de esta trampa la dió Pablo Iglesias. Fue el primero en coger el balón, deseoso de sustituir en el proceso a la CUP, que enfadada rompió la unidad independentista. Su intención no es otra que negociar, no dialogar, y ceder al Independentismo un referéndum a cambio de echar a Rajoy en lo que queda de esta legislatura, en esa obsesión por tomar el poder y acabar con el régimen del 78 e instaurar un nuevo modelo, un nuevo orden, que no sabemos muy bien en qué consistiría, pero que asusta dadas las simpatías internacionales de Podemos.

El independentismo sólo quiere negociar con el resultado por delante, con las cartas marcadas, es decir, que el Estado se rinda a sus pretensiones. Y no seamos ingenuos, no nos engañemos, sus intenciones últimas no son conseguir y celebrar un referéndum, que posiblemente perderían, sino directamente la independencia, no una posibilidad de decidir, sino la separación. Así lo deja negro sobre blanco ese importante documento incautado por la Guardia Civil, una hoja de ruta en la que no convocarán elecciones hasta después de 2018, una vez tengan garantizada la mayoría independentista. De no ser así, Puigdemont seguiría en el cargo como presidente de la República, en una etapa constituyente que se prolongaría hasta tener la seguridad de que el independentismo gana esas elecciones. Una especie de dictadura del proletariado, o etapa transitoria en la que la discrecionalidad, y no la democracia, mandarían en Cataluña.

La gente de buena voluntad que creyó en ese diálogo, y que lo esgrime como solución debe saber que en manos del independentismo es una trampa, forma parte de su estrategia de agitar, mantener el conflicto, confundir, ganar tiempo y gente para su causa. El mensaje que traslada es claro: «Nosotros queremos dialogar y el Estado no», idéntico al de Podemos que pone por delante el nombre de Rajoy.

Frente a esta situación, ayer Mariano Rajoy, Pedro Sánchez y Albert Rivera se tomaron su tiempo para tomar decisiones. La unidad ya es un éxito para la democracia, pero el resultado, aunque parezca edulcorado en sus primeros pasos, es el adecuado. El Gobierno, lo que hizo ayer fue activar el 155 de la Constitución con un requerimiento a Puigdemont para que, por escrito, diga si declara o no la independencia, y si vuelve a la legalidad democrática. Es lo que pide la propia ley. Rajoy devuelve la pelota a Puigdemont, aunque más bien es una bomba de relojería que lo obligará a inmolarse como un héroe, situación que evitó cobardemente el martes en el Parlament para decepción de sus seguidores, o retractarse, lo que también supondrá su muerte política. Tirar por el camino de en medio en otra declaración retórica e incomprensible es una vía, pero que no tendrá valor y sólo señalará la intencionalidad perversa que debe ser interpretada como una ratificación de la ilegalidad en la que quiere permanecer y de la que el Estado debe obligarlo a salir.

A partir de aquí cualquier cosa puede pasar, incluso que Puigdemont se quite el problema de encima con una convocatoria de elecciones anticipadas, tipo constituyentes, como las que ya perdieron en 2015, en la búsqueda de prolongar el conflicto, poniendo en peligro la convivencia, la paz y la economía de millones de españoles que habíamos emprendido la senda de las ilusiones con una recuperación económica que se puede quedar a medio camino.

«No debemos creer en los cantos de sirenas. El diálogo reclamado por Puigdemont es sólo una trampa, poner el balón en el tejado del Estado de derecho»

«El Estado tiene que poner fin a la mascarada independentista que con una estrategia muy medida embarró de nuevo el terreno de juego para confundir a propios y a extraños y alargar el conflicto».