Opinión

155: una amenaza a medias

El pulso se desinfla. Si primero Carles Puigdemont proclamó la independencia para dejarla en suspenso sobre la marcha, ayer Mariano Rajoy hizo lo propio con la activación del artículo 155 de la Constitución. Y así, poco a poco, con cada día que pase, la amenaza secesionista se mengua. Porque no hay independencia si no hay tensión social, si no cuenta con el calor de la calle. No habrá referéndum, Rajoy no se prestará a ello para empezar porque el actual marco constitucional no lo permite. Siendo consciente o no, Puigdemont está dejando por último que las reglas las vaya marcando Rajoy. Puigdemont sin el clamor social no logrará nada. Es más, el crédito político que obtuvo ante su gente el 1 de octubre lo ha perdido al dejar tirada esa marea soberanista que esperaba una sesión parlamentaria solemne, histórica y que pusiera en marcha un nuevo Estado. Por el contrario, se quedó en nada. Y ahora Rajoy lo aprovecha.

Tal como está la situación ahora mismo, y aquí hay que contar cada hora, podría incluso ocurrir que esta ambigüedad diera lugar a un panorama de cesión competencial o financiera que permitiera que Puigdemont y sus correligionarios volvieran al redil constitucional de 1978. Esto puede plasmarse en un concierto que equipare Cataluña al País Vasco y Navarra. A cambio, la extinta CiU abandona la pretensión independentista. Eso sí, Puigdemont aparecería ya como un traidor definitivo ante la CUP y parte de ERC. Pero se sabe que al final la burguesía, sea catalana o cualquiera, prima intereses superiores en momentos límites; el marxismo y sus derivados teorizaron mucho al respecto. Y seguramente en la CUP (anticapitalista y, a fin de cuentas, antisistema) esté presente este recelo.

Por lo tanto, Rajoy a su manera no ha emprendido la réplica más dura. Podía haberlo hecho. Pero está agotando cada fase al máximo en aras de reconducir a los catalanistas pactistas. Dicho de otra forma, es la vieja máxima de divide y vencerás. Y de la manera en que se pronunció Puigdemont en la Cámara, facilita que concurran diferencias internas profundas entre opciones políticas distintas (eje ideológico izquierda-derecha por mucho que sean independentistas).

Todo es confuso. Es decididamente raro y quizá esto permita ir abriendo una oportunidad donde todos, soterradamente por supuesto, cedan y el único perdedor sea la CUP. Después de tanta jarana se fuerza un nuevo acuerdo como se hacía antes. Lo que supondría una remodelación del modelo territorial por la puerta de atrás (provocada por el asunto catalán) como pretexto para abordar una reforma constitucional donde Rajoy y Pedro Sánchez irán de la mano. Porque si Puigdemont, de verdad, aspira a la independencia, este ritmo, rebajado y pausado, juega en su contra. Y no concuerda.