Rajoy escribe contra el populismo

'Política para adultos' es el título del libro de próxima aparición en el que el expresidente del Gobierno vuelve a la escena pública. En la introducción, que adelanta este periódico, Mariano Rajoy pasa factura a la 'nueva política' diez años después del 15-M

Escribió Lamartine que «la casualidad nos da lo que nunca se nos habría ocurrido pedir», y a mí no se me hubiera ocurrido escribir este libro sin un hecho tan fortuito y casual como fue que la periodista Sonsoles Ónega me llamase para pedirme una entrevista. Quería que participara en un programa especial que pretendía realizar a propósito del décimo aniversario del movimiento 15-M y deseaba contar con mi testimonio. Hasta ese momento ni se me había pasado por la cabeza que en este año 2021 se cumplía una década de aquel fenómeno acogido con tanto alborozo y tanta expectación por quienes veían en aquellas acampadas de la Puerta del Sol la ocasión de renovar la política española, supuestamente anquilosada por el bipartidismo. La propuesta de la periodista era reflexionar sobre lo que fue y significó aquel movimiento: cómo lo recordaba, cómo había evolucionado y qué quedaba de él diez años después de su irrupción estelar en nuestro sistema político.

El momento no podía ser más tentador para entrar en profundidad en el fenómeno, o acaso sería más adecuado decir que para hacerle la autopsia: Pablo Iglesias estaba a punto de saltar del Gobierno para intentar defender la supervivencia de su partido en las elecciones autonómicas de Madrid, y el deterioro de su imagen pública era indiscutible y galopante. Su popularidad declinaba de manera acelerada como antes le había ocurrido a Albert Rivera, que abandonó la política por la debacle de su partido en las elecciones generales de noviembre de 2019. Iglesias y Rivera encarnaban el final inapelable de aquella «nueva política» que tanto entusiasmo había cosechado años antes. Ambos hicieron grandes carreras al rebufo de una ola de descontento e insatisfacción general y ambos creyeron que podrían sustituir a los viejos partidos mayoritarios afianzados a lo largo de nuestro casi medio siglo de historia democrática; sin embargo, sus estrellas políticas eran volátiles y se apagaron con la misma celeridad con la que prosperaron. A mi juicio, en el caso de Iglesias, con muchas y más fundadas razones que en el del líder de Ciudadanos. Esto es algo de lo que hablaré con más calma en este libro.

Pero este no es un libro sobre el 15-M. Inevitablemente, la reflexión sobre el 15-M y el movimiento de los indignados ha sido, en buena medida, el punto de partida. No es fácil sustraerse a la tentación de proceder a un pequeño ajuste de cuentas. Sin acritud y sin afán vindicativo, pero al menos con la satisfacción de comprobar que ni ellos eran tan buenos ni los demás éramos tan malos. Bien es verdad que para que esta circunstancia sea reconocida de forma general tuvieron que pasar algunos años.

Los protagonistas de aquel movimiento se proclamaron los apóstoles de la «democracia real» y los heraldos de la renovación de nuestro sistema político frente a unos presuntos vejestorios autoritarios que circulábamos por los pasillos del Congreso de los Diputados ajenos e insensibles a la realidad del país. Se pasaba por alto que no habíamos llegado al Parlamento por un misterioso y elitista dedo divino, sino por los votos de los ciudadanos y en una proporción muy superior a los recién llegados. Pero este importante detalle —el voto de los ciudadanos— se volvió irrelevante ante la emoción de la democracia deliberativa, el movimiento asambleario y todas las ocurrencias aparentemente regeneracionistas que tuvimos que tragarnos por aquel entonces. Tiempo habrá a lo largo de este libro de repasar dónde han ido a parar aquellas promesas de ejemplaridad y transparencia en la vida pública, porque este asunto concreto es uno de los que mejor reflejan la enorme distancia que separa las encendidas promesas de antaño de las decepcionantes realidades de hogaño.

«De la misma manera, estamos obligados a denunciar los falsos pretextos y las falacias del populismo»

En este asunto de la rectitud de la política, como en tantos otros, se nos brinda la oportunidad de analizar, con la perspectiva que nos ofrece el tiempo transcurrido, lo que supuso aquel movimiento y cuáles fueron sus resultados reales en la política española. El 15-M desapareció pronto, al igual que sucedió en otros países donde tuvieron lugar acampadas similares, pero sus efectos sobre nuestra arquitectura política y en el discurso público que se construyó a partir de entonces se han dejado sentir de forma muy intensa en la política española en los últimos años.

El origen de este libro está en esas primeras reflexiones, pero luego vinieron a sumarse muchas otras, y el proceso iniciado de manera casual fue adquiriendo vida propia hasta convertirse en lo que usted, generoso lector, tiene en sus manos. No podía ser de otro modo porque a poco que abramos el foco sobre estos diez años, lo que encontramos es una profunda transformación de la política en todo el mundo, a la que España no ha sido ajena. Después del 15-M vino la crisis del euro, aparecieron y desaparecieron varias veces Varoufakis y Beppe Grillo, luego todos los eurófobos de extrema derecha en Europa y los euroescépticos de la más diversa condición. Llegaron también el referéndum del Brexit y el shock que provocó su resultado, luego el ascenso y la caída de Donald Trump y, finalmente, una pandemia que, además de cobrarse millones de vidas y provocar una crisis económica de dimensiones históricas, ha acabado por desordenar lo poco ordenado que quedaba en el panorama político y social. Difícilmente encontraremos una década con tantos y tan dramáticos cambios en nuestras vidas.

Hace diez años casi nadie hablaba del populismo, ni tampoco de la polarización. Hoy estos conceptos son obligados en cualquier texto político del mundo. Por supuesto, las derivas populistas poco tienen que ver con la irrupción de la pandemia, pero sí afectan y mucho a la manera en que los gobiernos y el conjunto de la sociedad nos hemos enfrentado a ella. No es lo mismo hacerlo desde el afán de consenso que desde la polarización, ni es lo mismo que las instituciones puedan contar con la confianza de los ciudadanos que enfrentarse a retos tan exigentes en medio del descrédito general. Una circunstancia tan desgraciada como una pandemia global u otro tipo de situación crítica pone a prueba todos los mecanismos de nuestro propio Estado democrático, de nuestra organización territorial y de las instituciones multilaterales. Lo que dictaría el sentido común es elevarse sobre la trifulca partidista de cada día para buscar un entendimiento que dé seguridad a los ciudadanos en un momento de dificultad máxima, pero son pocos los países que han conseguido hacerlo y España no se encuentra entre ellos.

«No es fácil sustraerse a un pequeño ajuste de cuentas. Ni ellos eran tan buenos ni los demás tan malos»

La política debiera aportar certidumbre, sobre todo en momentos de zozobra. De ese convencimiento nace en parte el título de este libro. «Política para adultos» no significa política para mayores ni para viejos. Significa política hecha por personas responsables para ciudadanos igualmente responsables, sea cual sea su edad. La madurez no es tanto una cuestión de años como de asunción de límites: los límites que nos pone la realidad, los que nos marcan las leyes y también los de nuestra propia contención.

El populismo, con sus falsedades y su polarización, nos aleja de esa condición de ciudadanos adultos porque nos promete un mundo sin límites y sin responsabilidad. Un mundo inexistente. Pero el daño que esa ficción produce ennuestra convivencia no es en absoluto ficticio y por eso he querido señalarlo en este libro.

La política para adultos como yo la entiendo es una política capaz de ver más allá del próximo cuarto de hora, una política que sabe expresarse en algo más de un tuit, que se basa en la racionalidad y no en las puras emociones, que está dispuesta a mirar a la realidad cara a cara y que, sobre todo, puede servir para que los adversarios se entiendan cuando el interés del país así lo exige. Tampoco es tan difícil.

Algunos de los hechos que se citan en este libro los viví como responsable del Gobierno de España, como un sujeto activo de la actualidad y con toda la información y los recursos a los que se tiene acceso en la Presidencia del Gobierno; también con todas las limitaciones que en una democracia saludable van unidas al ejercicio del poder. Durante muchos años asistí desde una perspectiva privilegiada al desarrollo de los acontecimientos y participé en ellos tratando de acertar con las decisiones que consideraba más convenientes para mi país. Unas se habrán entendido mejor que otras, y acaso hoy se puedan interpretar de otra manera a la vista de lo que ha ocurrido después.

Sin embargo, muchos otros acontecimientos ocurrieron cuando ya estaba fuera del Gobierno. Entonces ya era un mero observador de los cambios y compartía dicha condición con la inmensa mayoría de los ciudadanos. He de confesar que esa doble perspectiva es bastante enriquecedora. No diré que permita entender en todos sus extremos la acelerada transformación que han experimentado la política y la sociedad en España y en el resto del mundo, pero sí ayuda a comprenderla de otra manera. En algunas ocasiones, con escepticismo o mayor distancia afectiva o intelectual; en otras, con más tolerancia y deseo de consenso; en la mayoría de los casos, con bastante perplejidad no exenta de ciertapreocupación. Y en algún momento, con un pequeño desahogo, con un «esto se veía venir» dicho para mis adentros ante algunas quejas que llegan ahora a mis oídos tan alejados de la política diaria. Es posible que algunas circunstancias mencionadas en el libro hayan cambiado mientras este estaba en proceso de impresión. Aun así creo que las reflexiones a propósito de las mismas siguen siendo válidas.

Imagen de la Puerta del Sol, en Madrid, el 15-M. / Archivo

Cuando llegué al Gobierno a finales de 2011, mis preocupaciones casi exclusivas eran evitar el rescate de España y recuperar el empleo perdido. Las acampadas y el movimiento de «los indignados» me parecían entonces el menor de mis problemas. ¡Claro que había una crisis social! ¡Cómo no iba a haberla cuando la crisis se había llevado por delante más de dos millones de empleos en España! Pero mi prioridad eran los desempleados reales y no quienes decían representarlos en las calles. A diferencia de tantos otros observadores, yo no atribuía a aquellos indignados los rasgos esperanzadores de una regeneración política; siempre pensé que el liderazgo de aquel movimiento lo llevaba la misma extrema izquierda de toda la vida. Hoy sabemos que, además de ese ideario, el 15-M contaba con otra característica definida por sus hechuras. Era un movimiento populista con todos los rasgos que definen este modelo: el adanismo, la superioridad moral, el discurso demagógico y la deslegitimación sistemática de las instituciones.

Hoy todos sabemos mucho más de populismo. Podemos identificarlo, señalar sus rasgos y denunciarlo desde el primer momento. Por ello me resulta mucho más fácil concluir que el 15-M supuso la irrupción del populismo en España. Del mismo modo que se han globalizado las cadenas de valor de la economía, también se han globalizado las tendencias sociales, y en nuestro país podemos percibir el aroma inconfundible del populismo detrás de multitud de acontecimientos a los que hemos asistido en estos años, cuando hacía mucho tiempo que ya se habían disuelto las acampadas de Sol. Algo similar ocurrió en tantos otros países aunque bajo presupuestos ideológicos radicalmente opuestos. Lo cierto es que la vestimenta populista es muy variada. Los hay de traje y los hay de bermudas; de pelo corto, amarillo o negro, de corbata y de moño. Pero se dan algunas características que son comunes a todos ellos. El populismo es populismo, tenga el apellido ideológico que tenga.

Algunos descubrieron este fenómeno con Trump, se escandalizaron con sus maneras y se alarmaron con la toma del Capitolio por los más violentos de sus seguidores en enero de 2021. Pero ese fue solo el episodio más visible y acaso el más ilustrativo de una tendencia global. En España también se rodeó el Congreso de los Diputados en 2012 y en 2016, aunque la eficaz labor policial evitó que el asalto llegara a consumarse. El objetivo de los manifestantes en la última convocatoria era exactamente el mismo que el de los frikis que se pasearon por el Capitolio disfrazados de hombre bisonte. Unos y otros querían evitar por la vía de la fuerza el nombramiento de un presidente elegido democráticamente, que en el caso español se trataba de quien esto escribe. Para mi sorpresa, fueron muy pocos los que se escandalizaron en 2016 por aquel hecho tan descaradamente antidemocrático. Nadie se conmovió ni afirmó tajante que la democracia española había estado a punto de naufragar ante los antisistema. Una indiferencia que contrasta con la justificada alarma que provocó el asalto de Washington.

«Me resulta mucho más fácil concluir que el 15-M supuso la irrupción del populismo en España»

Cualquiera podría pensar que este tipo de tropelías solo son antidemocráticas cuando las sufre un candidato del Partido Demócrata en Estados Unidos, mientras que si el acoso se dirige contra un candidato del Partido Popular en España el asunto no pasa de chiquillada intrascendente. Aunque me reconozco parte interesada en el caso, tengo para mí que la naturaleza del atropello político es exactamente la misma. No obstante, como decía, en la España de 2016 apenas se criticó el acoso a la institución que encarnaba la soberanía popular; por el contrario, el grueso de las reacciones se dirigía contra el «desmesurado» despliegue policial establecido para proteger el Congreso. Afortunadamente, aquel despliegue nos evitó un bochorno internacional y acaso alguna desgracia personal, como sí ocurrió en Washington.

También podemos encontrar todos los vicios del populismo si observamos la evolución del independentismo catalán que desembocó en los hechos de octubre de 2017. Esa escalada soberanista que inició Artur Mas en 2012 y acabó Carles Puigdemont en 2017 fue una operación para subvertir los principios constitucionales y romper el fundamento democrático del imperio de la ley en aras de la supuesta voluntad del pueblo de Cataluña. «No se puede anteponer la ley a la democracia», decían (y dicen) los soberanistas, como si pudiera existir la segunda sin la primera. De hecho, el movimiento soberanista catalán es un catálogo completo de todas las trampas dialécticas —incluidas las mentiras más burdas— a las que suele recurrir el populismo para justificar su ataque a las instituciones en cualquier lugar del mundo. Pero conviene no olvidar que mucho antes de que los independentistas llegaran hasta los límites que traspasaron en 2017, fue un gobernante socialista, José Montilla, entonces presidente de la Generalitat, quien encabezó ya en el año 2010 una manifestación contra los tribunales de justicia a raíz de la sentencia del Estatuto de Cataluña.

Sirva lo dicho como pequeño ejemplo de lo fácil que resulta deslizarse por la pendiente de la deslegitimación de las instituciones; si fuera solo una extravagancia de gobernantes ventajistas y sin escrúpulos, no estaríamos ante un fenómeno tan pernicioso. La degradación de nuestras costumbres y reglas democráticas responde a un lento y a veces imperceptible proceso de descrédito en el que participan muchos más actores.

Freedom House, una de las instituciones internacionales más reconocidas en defensa de los valores liberales, ha señalado reiteradamente el retroceso en calidad democrática experimentado por los países occidentales en la última década. Algunos observadores han acuñado certeramente la expresión «fatiga democrática» para explicar la situación actual. La democracia liberal que consiguió ganar la Guerra Fría al bloque soviético, la que llevó a Fukuyama a declarar «el fin de la Historia», parece estar pervirtiendo sus valores ante el empuje del nacionalismo y de las pulsiones autoritarias. Se han publicado decenas de libros tratando de entender y de explicar qué ha pasado en el mundo para que muchos ciudadanos estén dejando de confiar en un sistema que ha permitido asentar un régimen de progreso, bienestar social y libertades sin paragón en la historia.

Esa es, en definitiva, la gran pregunta que debemos hacernos: ¿por qué somos incapaces de poner en valor esos setenta años de logros y de avances en todo el mundo? ¿Por qué los nacionalismos parecen recuperar el terreno que habían perdido en favor de las instituciones multilaterales después de la Segunda Guerra Mundial? ¿Cómo es posible que tras décadas de globalización los asuntos identitarios se hayan convertido en uno de los vectores decisivos de la política actual? Para alguien que presume de talante conservador y que ha guiado toda su actuación política por la racionalidad, resulta muy difícil entender esta deriva tan ajena a la manera en que yo he vivido la política. Y por más vueltas que le doy, no le acabo de ver una sola ventaja respecto a la vieja política.

«El movimiento soberanista catalán es un catálogo completo de todas las trampas dialécticas —incluidas las mentiras más burdas— a las que suele recurrir el populismo para justificar su ataque a las instituciones»

Indudablemente existen razones objetivas que justifican el desencanto o la frustración en las sociedades modernas. Unos ponen el acento en la terrible crisis económica que arrancó en 2008 y cuyas secuelas aún sentíamos cuando la pandemia provocó una crisis todavía más aguda. Otros apuntan al estancamiento de las perspectivas de progreso social, al empobrecimiento de las clases medias, a la avería de los famosos «ascensores» que han permitido la movilidad social durante décadas. Los hay que sitúan la clave de este descontento generalizado en la globalización y su impacto en las sociedades occidentales tanto en términos económicos como políticos. Decisiones que afectan a millones de personas se adoptan en ámbitos muy alejados del que los ciudadanos deciden cada cuatro años con su voto.

Además de todos estos factores y muchos otros que se puedan señalar, existe un consenso general en apuntar a la transformación radical de nuestras costumbres como consecuencia de la digitalización y el desarrollo tecnológico. Si hemos cambiado la manera en que trabajamos, en que disfrutamos de nuestro ocio, en que hacemos negocios, en que buscamos pareja, ¿cómo pretender que nuestro comportamiento político no se vea afectado por esta disrupción digital?

Pero, de la misma manera que estamos obligados a corregir las causas objetivas del malestar social, también estamos obligados a denunciar los falsos pretextos y las falacias del populismo. En ocasiones la coartada es la defensa de una supuesta patria a la que otros roban; este es el caso de buena parte de los nacionalistas catalanes o de los miembros de la Liga Norte italiana, que rehúsan mantener su contribución a la cohesión interterritorial del país. Otro de los objetivos preferidos de los populistas son los funcionarios de Bruselas que tienen la mala costumbre de velar por el cumplimiento de lo que se acuerda en el seno de la Unión. La Unión Europea es una entidad compleja en grado máximo, su gobernanza y el proceso de toma de decisiones responden a un endiablado puzle donde hay que encajar la soberanía de los distintos estados, las competencias de las instituciones comunitarias, los intereses muchas veces contradictorios de los socios y el respeto a unas reglas comunes. Cada crisis pone a prueba este delicado entramado institucional y da argumentos a los eurófobos de toda condición. Pero de cada crisis en la que se juega su supervivencia, Europa sale viva —que no es poco— y algo más fuerte.

El fenómeno de la inmigración es otro de los pretextos favoritos de los demagogos en cualquier lugar del mundo, uno de sus argumentos preferidos para dar rienda suelta a todo tipo de discursos contrarios a la convivencia y rayan la xenofobia, si no abiertamente xenófobos. Así ha ido creciendo la extrema derecha en Europa, agitando el miedo al inmigrante y utilizando este problema como combustible para alimentar la insatisfacción entre las clases menos favorecidas.

En todos estos casos la técnica es la misma: manipulando los datos o sencillamente mintiendo, se traslada una imagen distorsionada de la realidad y se le hace creer a la gente que son víctimas. Víctimas de los políticos sin escrúpulos, de los funcionarios de Bruselas, de los inmigrantes, de los banqueros, de la justicia al servicio de los ricos o de cualquier otro colectivo que pueda convenir en un momento dado. No existe un recurso más fácil ni más tramposo para seducir a la audiencia que convertirla en víctima de una injusticia que se promete reparar.

Cuando se repite tanto este fenómeno en nuestra vida pública no podemos limitarnos a analizarlo como entomólogos porque no es un fenómeno aséptico y aislado; esa deslegitimación de las instituciones afecta de manera directa a nuestra convivencia y, por eso mismo, a nuestras vidas. Resulta obligado preguntarse además por las consecuencias de lo que está ocurriendo. ¿Estamos mejor o peor que antes? ¿Gozamos de más estabilidad? ¿Tenemos mejor calidad democrática o políticos más eficaces? ¿Es que acaso el populismo, la demagogia o los lenguajes divisivos han demostrado su utilidad para resolver los problemas de los ciudadanos? Cuestionar y deslegitimar las instituciones ¿consigue generar mayor confianza y mayor cohesión entre las sociedades o en cambio provoca su polarización? Me temo que la respuesta es muy evidente: estamos bastante peor en términos de estabilidad, de calidad democrática y de eficacia en la gestión. La nueva política pudo haber servido para canalizar el descontento de la gente, pero es obvio que ha fracasado a la hora de ofrecer recetas para actuar contra las causas de dicha insatisfacción.

Rajoy jura su cargo en 2011. / Archivo

No es mi intención disputarles a los politólogos su autoridad en el análisis del fenómeno porque existen multitud de magníficos estudios sobre esta deriva populista de las sociedades occidentales, mucho más detallados y concienzudos de lo que pueden ser mis reflexiones de político retirado. Pero sí pretendo señalar algunos elementos de la política española donde he podido percibir esa deriva hacia el populismo que considero tan perniciosa.

Tal es el propósito fundamental de este libro: pensar en todas las pequeñas o grandes renuncias que hemos hecho en los distintos países occidentales en nuestros valores democráticos, medir el terreno que hemos cedido a la demagogia, a la inoperancia y a la polarización, evaluar las consecuencias de esas renuncias y aventurar cómo podemos revertir esa tendencia.

Este es, por lo tanto, un libro de política y muy poco de políticos. Es un libro sin índice onomástico. Ya sé que eso no resulta tan atractivo, pero no tengo historias secretas que desvelar, ni ajustes de cuentas pendientes ni conversaciones privadas que merezcan ser recordadas. Ya adelanto a aquellos que disfrutan con las maldades de la política que aquí encontrarán muy pocas. Las personas citadas lo son solo por su actuación política, no por ninguna otra consideración personal.

Creo más interesante hablar de política, que es lo que siempre me ha gustado y lo que considero más necesario cuando vemos que la deriva populista no se queda circunscrita a unos líderes poco respetuosos con las normas escritas y no escritas de las democracias liberales. Podríamos correr el riesgo de pensar equivocadamente que la desaparición de este tipo de gobernantes iliberales solucionaría el problema, pero eso significaría tanto como confundir las causas con las consecuencias, cuando lo cierto es que podemos encontrar los síntomas de esta tendencia hasta en los detalles más triviales de nuestra vida política.

«El fenómeno de la inmigración es otro de los pretextos favoritos de los demagogos, uno de sus argumentos preferidos para dar rienda suelta a todo tipo de discursos contrarios a la convivencia»

Vemos, por ejemplo, esa polarización creciente en los debates parlamentarios y hasta en las tertulias de los medios de comunicación; pareciera que vivimos en una campaña electoral infinita que imposibilita el consenso y los grandes acuerdos nacionales. Lo mismo podríamos decir del tipo de lenguaje que se va adueñando del discurso público. En la disputa política, una cierta exageración es saludable en el momento oportuno, en el lugar adecuado y en las dosis precisas, pero una espiral de afirmaciones de calibre cada vez más grueso degrada el debate público hasta anularlo, porque difícilmente se puede equiparar el concepto de debate al intercambio tramposo de consignas manidas y ramplonas al que asistimos cada día. La deliberación democrática exige un mínimo acuerdo sobre las palabras y su contenido, del mismo modo que exige un mínimo respeto a la verdad y a la palabra dada a los ciudadanos.

Cualquier político que hace de la mentira, de la polarización o del ataque a las instituciones su forma de conducirse en la vida pública está degradando la calidad del propio sistema democrático. Hace unos meses la revista Letras Libres se hacía eco de un informe de la organización cívica mexicana Signos Vitales sobre los primeros años de gestión del presidente López Obrador. En él se denunciaba como rasgo más destacado la pérdida del valor de la verdad «por el uso frecuente y sin recato de mentiras, medias verdades y datos no verificables sobre la situación del país. No es aceptable que el gobierno intente sustituir «su verdad» por la realidad, manipulando y difundiendo información falsa o equívoca, que no permita a la sociedad tomar las decisiones adecuadas».

Cuando leí la frase no pude por menos que dejar escapar un suspiro de resignación o melancolía. Lamentablemente no hay que irse hasta México para comprobar este desprecio absoluto por la verdad y por la obligada rendición de cuentas por parte de un gobernante. En aquel momento pasaron por mi cabeza los expertos sanitarios que nunca existieron, los pactos políticos que jamás se iban a producir hasta que se produjeron y todas las promesas de regeneración que circularon por la política española en los últimos tiempos y que hoy duermen el sueño de los justos.

Quien haya tenido la gentileza de seguir hasta aquí mis consideraciones podría pensar que este libro está dictado por el pesimismo o la nostalgia. Nada más lejos de la realidad. En el dilema de decidir si estamos en un momento populista o en una era de populismo no tengo la más mínima duda, apuesto claramente por la primera opción. No he perdido mi confianza ni en las instituciones ni en el buen criterio de los ciudadanos. Diría más: creo que entre el aluvión de noticias que recibimos cada día resplandecen, como en las bateas de los antiguos buscadores de oro, destellos de racionalidad y prudencia, síntomas de la fortaleza de nuestras instituciones y de su resistencia frente a esta moda de polarización y visceralidad.

Portada del libro.

Al populismo le ha costado años y unas circunstancias muy excepcionales de crisis económica y social conseguir menoscabar el prestigio de las democracias liberales y contaminar nuestras costumbres políticas. Pero la solidez de las instituciones democráticas, el espíritu de concordia con el que fueron creadas y los valores que las inspiran constituyen su mayor fortaleza. Estamos en nuestro derecho de dudar de la manera en que Europa abordó la gestión centralizada de la compra de vacunas; yo mismo me he preguntado insistentemente por el extraño calendario de vacunación que diseñaron nuestras autoridades. Pero al mismo tiempo soy capaz de valorar todo lo positivo que supuso esa respuesta. Si nos detenemos unos minutos a reflexionar en qué circunstancias habríamos estado si la vacunación del COVID-19 se hubiera desarrollado bajo la máxima del «sálvese quien pueda», podemos concluir que la propia supervivencia de la Unión Europea habría estado en riesgo y tampoco se habría garantizado el suministro equitativo de vacunas a los ciudadanos. Con todas las críticas que podamos hacer a los fallos de gestión, Europa reaccionó mucho mejor que en la crisis del euro y ello nos demuestra que las instituciones también son capaces de aprender de su propia experiencia e incorporar ese conocimiento para mejorar.

La pandemia nos ha mostrado que las crisis son, cada vez más, convulsiones globales que desafían la capacidad de gestión de los estados soberanos, al menos de aquellos de tamaño medio como el nuestro. Cada día descubrimos nuevas disfunciones, retos más exigentes y problemas de muy difícil solución. El desafío es creciente para los gobiernos y para las instituciones que velan por el orden multinacional, pero los ingredientes básicos de una sociedad saludable y próspera no son tan distintos de los que conformaron nuestras sociedades abiertas después de la Segunda Guerra Mundial. Necesitamos instituciones democráticas basadas en el imperio de la ley y en la voluntad popular, pero ante todo necesitamos un sistema de controles y contrapesos que limiten el poder del gobierno de turno. Un gobierno sin control no es un gobierno democrático por muy votado que haya podido ser. Necesitamos partidos políticos capaces de vertebrar las distintas opciones y contribuir a la estabilidad de los sistemas democráticos: ni movimientos caudillistas ni plataformas puramente electorales. Es posible que los partidos políticos se hayan consagrado como las instituciones más desacreditadas de la democracia, pero ya hemos podido atisbar qué tipo de liderazgos prosperan cuando una democracia se queda sin partidos fuertes y estabilizadores.

Necesitamos reformas económicas que generen empleo y bienestar de manera sostenida. La economía globalizada ha transformado radicalmente nuestro modelo productivo, pero nunca como antes había habido un consenso tan amplio sobre la necesidad de atender a los desequilibrios generados en este proceso. Son numerosos los informes que de manera sistemática emiten los organismos internacionales alertando sobre el empobrecimiento de nuestras clases medias y la exclusión de los jóvenes del reparto de la riqueza.

Nuestros sistemas políticos, eso que la Constitución españoladefine como un «estado social y democrático de derecho», no nacieron para preservar los privilegios de una casta,sino para garantizar la participación de todos en la riqueza de la sociedad y para proteger a los más vulnerables. No nacieron para alejar a los ciudadanos de las decisiones políticas, sino para garantizar los derechos de todas las personas y preservar la democracia de tentaciones autoritarias. Nuestras instituciones multilaterales no surgieron para inundarnos de burocracia absurda, sino para evitar repetir las terribles tragedias de nuestra historia. Si hasta ahora lo han conseguido, bien vale la pena trabajar para que puedan seguir cumpliendo esa función pacificadora al menos otros setenta años.

«No tengo historias secretas que desvelar, ni ajustes de cuentas pendientes ni conversaciones privadas que merezcan ser recordadas»

Tenemos infinidad de problemas que deben ser abordados en el ámbito público, pero todos se agravarán si no les hacemos frente con madurez y responsabilidad. Con sus mentiras, sus exageraciones, su polarización y su exceso de sentimentalismo, el populismo acaba por infantilizar a la opinión pública, hasta el punto de que los ciudadanos corremos el riesgo de comportarnos cada vez menos como adultos responsables y más como niños caprichosos que atienden a su interés inmediato sin preocuparse de ninguna otra consideración. Niños a los que se puede manipular con falsas promesas. Niños que pueden pelearse por cualquier cosa. Niños que por jugar a la pelota en el salón pueden hacer añicos la vajilla de la abuela.

Lo que diferencia un comportamiento adulto de otro infantil es la madurez: la contención, la autolimitación de nuestra conducta y la obligación de responder de nuestros actos. Esto también vale para la política, que, sin embargo, en los últimos tiempos se ha deslizado peligrosamente justo en la dirección contraria.

Este libro no tiene más pretensión que denunciar esta deriva, señalarla con ejemplos que todos podemos reconocer y resaltar la necesidad de reivindicar para la política y para la conversación pública los valores de la madurez: el principio de realidad, la contención y la responsabilidad. Se trata, en definitiva, de recuperar la política hecha por y para adultos.