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Un buen puñado de españoles acaban pasando por el concesionario coincidiendo con lo que los ingleses llaman la «mild life crisis» / Netcarshow

Por qué la crisis de los 40 (y de los 50) es una mina para las marcas de coches

Un bolsillo algo menos escuálido y una tormenta perfecta emocional coinciden para que, además de una suscripción al gimnasio o un cambio en el corte de pelo, queramos un deportivo o una moto de alta cilindrada

UNAI MEZCUA

Al cumplir los 40, José Ortiz se compró un coche « irracional, totalmente inútil». Un descapotable biplaza en el que «entraba yo y tres maletas», cuenta. Como él, un buen puñado de españoles acaban pasando por el concesionario coincidiendo con lo que los ingleses llaman la «mild life crisis», la crisis de la mediana edad.

Un bolsillo algo menos escuálido que durante la juventud y una tormenta perfecta emocional coinciden para que, entre los cuarenta y los cincuenta, además de una suscripción al gimnasio, dejarnos barba o un cambio en el corte de pelo, nos planteemos sumar un segundo coche o una moto de alta cilindrada al garaje.

«Hay una grupo importante de compras aspiracionales que realizan este grupo de edad», confirma Ignacio García Rojí, analista de Sumauto, gestor de los portales especializados Autocasión, Autoscout24, Unoauto, Mascus y Motocasión, que lo vincula con el incremento del poder adquisitivo que suele producirse tras dos décadas de recorrido en el mundo laboral.

Aunque las marcas son reacias a ofrecer datos de sus clientes objetivo, las estadísticas muestran que precisamente quienes transitan de los 40 a los 50 forman, con diferencia, el grupo de interés más nutrido de entre los que buscan un vehículo. Suponen el 53% de la demanda por grupos de edad. Y abrumadoramente, en un 80%, son hombres, según un reciente estudio de Carwow.

Muchos lo buscan por necesidad, pero también entran en juego tres factores fundamentalmente emocionales: la búsqueda de autorreconocimiento, la identificación del consumo con la felicidad y el deseo de imbuirnos en los valores de una determinada marca, deportiva, refinada o lujosa, que desearíamos que nos caracterizaran también a nosotros.

Un tipo «de éxito»

«El propietario de un Rolls Royce se imagina respetable, un tipo exitoso, y a nosotros nos gustaría también formar parte de ese grupo de personas», explica José Ortiz, psicólogo especialista en marketing, publicidad y consumo de la agencia Rookie Soul. Valores como la deportividad, la exclusividad y el esfuerzo se asocian a fabricantes de lujo como Maserati, McLaren o Porsche, pero también a marcas premium como BMW o Mercedes. «Nadie necesita un Ferrari, pero lo compramos porque nos gustan todos sus valores, y comprandolos nos creemos que los adquirimos», añade. «Por eso los fabricantes recurren a deportistas de éxito, como Nadal o Alcaraz, para que transmitan su personalidad al producto y, de ahí, al comprador».

El fenómeno no se traduce solo en la compra de un coche de lujo. También están de moda las restauraciones de coches clásicos o restomod, como apunta García Rojí, de Sumauto; e igualmente se produce un incremento en las compras de motos de alta cilindrada en esos grupos de edad, como prueban los datos de la patronal motociclista Anesdor. Mientras, coches con aura deportiva, como el Mazda MX-5 o el Volkswagen Golf cabrio vuelan de los portales de compraventa de segunda mano.

Los estímulos emocionales golpean con más fuerza en un momento en el que nuestra percepción del mundo que nos rodea, y de nosotros mismos, está en pleno cambio. «Bien asentados ya en el mundo laboral, con hijos en pleno crecimiento, nos empiezan a llamar señor, perdemos el pelo o empezamos a engordar, las mujeres sufren cambio hormonal, más adelante la menopausia… Ya no somos jóvenes, sino adultos maduros, y eso tiene unas implicaciones enormes como consumidores», cuenta el psicólogo de Rookie Soul.

Es momento de reajustar nuestra imagen personal, la propia y la que los demás tienen de nosotros, en un momento en el que además la autoestima puede flaquear. Toca pues sacar pecho de nuestros logros profesionales. «Si somos capaces de consumir, y especialmente productos caros, reforzamos el esfuerzo que hemos hecho y recalcamos nuestra valía profesional y personal», resume Ortiz, que pone como ejemplo «a ese futbolista ganador que llega al entrenamiento en un superdeportivo».