El jardín secreto que brotó del colegio

07/05/2018

Las plantas que sembraron maestros y alumnos del Esteban Navarro Sánchez hace 35 años han creado, con la ayuda inestimable del viento, un vergel de endemismos en el lecho del cauce de El Calero, antes un secarral

El empeño de un maestro, la ilusión de un niño y la fuerza de la naturaleza. Esas tres energías se han aliado en El Calero y han hecho posible el milagro: un jardín botánico escolar, el del CEIP Esteban Navarro Sánchez, ha sembrado, 35 años después, un bosque de endemismos en el barranco que pasa justo a su lado, el de El Calero. Es una prueba empírica de que los colegios son, pueden y deben ser una herramienta de cambio, y de futuro, capaces de influir en la sociedad, pero también en el paisaje que les rodea. En este caso, todo hay que decirlo, ha sido clave el papel del viento. Años y años haciendo viajar a las semillas ha tenido sus frutos. Saltaron las vejas del colegio y crearon escuela.

Uno de los artífices de aquella iniciativa escolar, José Manuel Espiño, escritor, profesor jubilado y fundador del colectivo ecologista Turcón, se abre camino emocionado entre las tabaibas, algunas de porte arbóreo, los veroles, las vinagreras, los frondosos guaydiles, las magarzas de costa o las esparragueras que ahora alfombran el hasta hace poco secarral del lecho del barranco que atraviesa este populoso barrio de Telde. Se le amontonan las emociones en medio de una vegetación que sabe que es hija del jardín del colegio, de aquellas plantas madre que él y sus alumnos sembraron y regaron hace 35 años. Le guía, además, el paisaje sonoro de los pájaros que le animan el paseo, «verdaderos heraldos del barranco».

Labor callada

Este jardín fruto de la «labor callada de la naturaleza» apenas ocupa un tramo del barranco. Es justo aquel que linda con el cerramiento del colegio, al sur de la carretera general que une Telde con El Calero. Por arriba y por abajo solo hay tierra árida salpicada de teniques y cantos rodados. El verde en esos dos extremos es casi patrimonio exclusivo de especies de fuera como el ricino y los calentones. Sin embargo, entre desierto y desierto, de repente aparece este bosque de endemismos. A la vista amable de estas hierbas y arbustos ahora en flor se le suma la intensidad agradable del aroma a incienso, hinojo, tedera o ratonera, plantas medicinales que perfuman el cauce.

Unos y otros son todos ejemplares fruto de aquellos otros que se plantaron dentro del colegio hace cuatro décadas y cuyas semillas saltaron las verjas del centro para demostrar dos cosas: que la naturaleza siempre se abre paso y que las reforestaciones sí son efectivas, que los grancanarios están a tiempo de recuperar el paisaje que la isla perdió a golpe de talas, especulación y desarrollismo.

«Este tramo de barranco es una muestra de lo que fue», de cómo eran estos cauces antes de que se haya contribuido a su progresiva desertización por la sobreexplotación del territorio. «Así eran, puro vergel, en tiempos anteriores a que los humanos poblaran este territorio». Por eso, José Manuel Espiño se apresura a divulgar «a los cuatro vientos la preservación de tan singular tramo de barranco» para exigir su protección y evitar que «la insensatez de una limpieza de cauce se lleve por delante esta extraordinaria representación de la flora canaria». A sus valores botánicos le suma que sea el hábitat de capirotes, chirreras y mosquitas, de mirlos y de tórtolas, y que, además, favorece la filtración del agua y mejora el acuífero, evitando las «aguas salvajes de aluvión» que tanto daño causan en la costa del municipio cada vez que llueven más de cuatro gotas.

Espiño entiende que un caso como este prueba hasta qué punto hay que apostar por la educación ambiental en los colegios. Aquella experiencia de hace tantos años le ha salido muy rentable a la ciudad y a la isla. A Telde le montó un bosque en uno de sus barrancos más deteriorados, mientras que a la isla le regaló la semilla del que ha sido uno de los grupos ecologistas más activos en la defensa de su patrimonio natural, Turcón. De las aulas del Esteban Navarro salieron sus primeros activistas.

Así las cosas, Espiño lo tiene claro. No hay excusas. Este jardín ha de ser protegido.