Separación traumática. Una mujer abraza a su marido antes de partir en tren para huir de la zona del conflicto. / Dimitar DILKOFF/AF

La última parada para poder dejar atrás la guerra

A distancia. En Leópolis la llegada masiva de desplazados recuerda a sus vecinos que hay una contienda que hasta el momento ven lejos

MIKEL AYESTARAN Enviado especial. Leópoli

En la estación de ferrocarril de Leópolis se pone cara, nombre y apellido a esas 500.000 personas que han abandonado Ucrania desde el inicio de la guerra, según cifras de Naciones Unidas que cada día se ven superadas. En los majestuosos salones de este edificio Art Noveau abierto al público en 1904, miles de desplazados por los combates buscan de manera desesperada un billete que les lleve a Polonia. «He venido dos días seguidos y no hay forma. Todos los trenes están completos», lamenta Tania, joven que ha vivido durante quince años en España y que ahora se ha quedado estancada en Leópolis. No sabe qué hacer.

Cada día al menos cuatro trenes parten hacia la frontera. «La prioridad en el pasaje es para mujeres y niños, luego llega la diferencia entre ucranianos y extranjeros, ya que cada 48 nacionales permiten subirse al tren a dos foráneos», informa Sebastián, que colabora con la Embajada de Ecuador en la operación salida de sus ciudadanos. Ahora tiene a su cargo a un grupo de veinte estudiantes y, ante la imposibilidad de encontrar hueco en el ferrocarril, les meterá en un autobús rumbo a Polonia, un camino en el que deberán aguantar un atasco de más de 30 kilómetros. El gran consuelo es que la ruta es segura y que, con paciencia, pronto estarán en el país vecino.

El andén es la zona más sentimental. Allí se junta gente como Mohamed, al frente de veinte trabajadores de una compañía turca que intentan llegar lo antes posible a su Estambul natal. «Solo salen mujeres y niños. Los hombres tenemos que esperar y tenemos problemas para conseguir comida y albergue. Pido ayuda por favor para que se pongan más trenes y podamos viajar lo antes posible», suplica ante la atenta mirada de sus compatriotas, que asienten con cada palabra.

«Me quedo para luchar»

Algunos salen para volver a sus países de origen, otros confían en que solo sea un hasta luego. Arthur abraza con fuerza a su hijo Artioma, de trece meses. El bebe va envuelto en un traje polar para hacer frente a las bajas temperatura, pero el calor del abrazo del padre transmite calor solo con contemplarlo. «Me quedo a luchar, a defender Ucrania porque está en juego el futuro de nuestro país. Mi mujer y el niño viajan a Polonia y estarán allí hasta que se tranquilicen las cosas», explica con pena extendiendo el abrazo a su mujer, Nadia, que no puede contener el llanto.

Ejército y Policía patrullan una estación convertida en hogar improvisado para todos aquellos que no pueden subirse a un tren. Tanto las fuerzas de seguridad, como muchos ucranianos, miran con desconfianza a los periodistas extranjeros. Hay un fuerte temor al espionaje y a la manipulación por parte de los medios próximos a Moscú.

Nadie está pendiente en esta estación de las conversaciones entre rusos y ucranianos en la frontera con Bielorrusia, pero lo que sí llega y se difunde con rapidez es la noticia del ataque en Járkov, al este del país, que causó la muerte a once civiles. «Es una de las ciudades más prorrusas de Ucrania. ¿Por qué les han hecho esto? Si son capaces de hacerlo con ellos, ¿qué no podrán hacer cuando lleguen aquí?», se pregunta Eugeni, empleado de una factoría de la ciudad que estos días trabaja como voluntario buscando alojamiento para los recién llegados que no desean seguir con el viaje hacia Europa y consideran que Leópolis es un lugar seguro. «Los ucranianos somos caóticos en la vida normal, pero cuando las cosas se ponen feas, somos los más organizados», bromea Eugeni, que está orgulloso de la oleada de voluntarios que se ha formado para ayudar a los desplazados y más orgulloso del sentimiento antirruso de una ciudad que «Putin nunca podrá conquistar».

Después de cinco días de guerra, los combates siguen lejos de la parte este del país. Poco a poco regresa una aparente normalidad, y restaurantes y tiendas reabren sus puertas, pero nadie olvida que también en Kiev las cosas parecían normales hasta que de pronto, todo cambio.