Miembros de la Guardia Nacional de Ucrania patrullan por una avenida de Dnipro. / E. P.

Crisis en Ucrania

Siete horas en el tren que lleva a la guerra

Dnipro. Militares y ciudadanos que hacen su vida cotidiana viajan juntos en los convoyes que conectan Kiev con una de las grandes ciudades situadas en el umbral de la línea de combate

DAVID S. OLABARRI Enviado especial. Kiev

La estación central de trenes de Kiev está rodeada de pequeños puestos comerciales. En uno venden abrigos. En otro sandwiches y bocadillos. También se pueden conseguir aparatos electrónicos. Las temperaturas rondan los cero grados y las calles, mal asfaltadas, están llenas de nieve y barro. Dos voluntarios venden pulseras con la bandera de Ucrania. Junto a un puesto de café caliente una señora mayor agarra del brazo a los clientes para pedirles limosna o bebida. Nadie le hace caso. La dueña del negocio le grita algo y la mujer se va lentamente de allí.

La estación central de Kiev es un punto neurálgico de la capital de Ucrania. Está compuesta por 14 vías que dan servicio a los trenes de cercanías, de media distancia e incluso internacionales. Desde esta estación también se puede llegar prácticamente a toda la ciudad en autobús, en tranvía o en metro. Por aquí pasan miles de personas todos los días. Pero nadie se queda más de lo estrictamente necesario. Hace frío y nieva. El ambiente no es precisamente acogedor. Casi todo el mundo está de paso, tapado hasta las cejas. Los que se quedan están trabajando o lo hacen agarrados a una botella de alcohol.

En el entorno se ven muchos militares uniformados. Casi todos, muy jóvenes. Son miembros de las fuerzas armadas que vuelven a Kiev, regresan al frente después de un permiso o se dirigen a otras bases del Ejército. Hay gente que les para un segundo en plena calle para darles las gracias y mostrarles su apoyo. Pero la mayoría sólo está pendiente de entrar en su sitio cálido lo antes posible.

Se ven tantos militares porque desde aquí salen los trenes que llegan cerca del frente de guerra con los separatistas prorusos y de la frontera con Rusia. Esa región, el Donbass, lleva sumida en enfrentamientos desde 2014. Han muerto unas 14.000 personas y poblaciones enteras han quedado reducidas a escombros. Son muchos muertos, pero las alarmas internacionales no se dispararon hasta que el presidente ruso, Vladimir Putin, desplegó 100.000 soldados dispuestos a actuar en cualquier momento. Ahora mismo cualquier movimiento en falso puede desencadenar una guerra abierta entre Ucrania y Rusia. Los ojos del mundo están fijados en Donbass.

Llegar hasta aquí no es fácil. Para acceder con ciertas garantías a la línea más expuesta del frente se necesita un permiso del Ministerio de Defensa de Ucrania. Antes hay que enviar numerosos documentos y esperar unos 30 días a que se apruebe la solicitud.

«Somos resistentes»

El tren sale con destino a Dnipro, primera escala con destino al frente. Se trata de una de las principales ciudades relativamente próximas a los combates. En el entorno hay varias bases militares. Por aquí han huido de la guerra miles de personas. Desde Kiev salen dos tipos de trenes. Los rápidos y los lentos. Son dos horas de diferencia. Los rápidos tardan unas siete horas en llegar a Dnipro. No es mucho tiempo teniendo en cuenta las distancias de este país. En segunda clase cuestan unas 400 grivnas (unos 12 euros). En primera valen el doble.

El convoy sale a las 17.35 horas. Puntual como un reloj. Fuera está nevando, dentro hace bastante calor. Pero el tren es moderno y cómodo. Los vagones de segunda clase van a tope. Apenas hay sitios libres. Aunque el convoy se se acerca al frente de guerra, los ucranianos tratan de seguir con sus vidas. «Somos gente resistente. Hemos aprendido a vivir bajo amenaza», repiten. Casi todos matan las horas viendo películas, leyendo o jugando con el móvil. Sólo unos pocos quieren hablar.

Misha Alekseienko vuelve a Dnipro después de unos días en Kiev visitando a un amigo. Él cree que la guerra frontal no acabará desatándose, pero reconoce que mucha gente se ha marchado (o se lo está planteando) durante una temporada por precaución. Misha explica que, si se produjese una invasión rusa, Dnipro sería quizá una de las primeras ciudades en ser atacadas.

Junto a Misha se sienta Ruslan Maltsev. Es un chico simpático que hoy cumple 18 años. Uno de los pasajeros tiene problemas con su móvil y él se ofrece a compartir sus datos de internet. También vive en Dnipro. Está preocupado por una posible guerra. Pero, de momento, le ha tocado más de cerca el covid. Sus clases en Kiev se han suspendido y tienen que volver a las videollamadas.

En la estación se cruzan los soldados que vuelven a sus casas en Kiev y los que se marchan al frente

A unas pocas butacas se sienta Dennis Levchyshen. Es natural de Odesa, una región del sur en la que vive un importante número de ciudadanos que se expresan y que tienen costumbres rusas. Dennis desconfía cuando se le pregunta por el Donbass. Dice que es un asunto complejo, pero insiste en que simpatiza tanto con los deplazados como con la gente que sigue allí. «El drama de las personas se queda detrás de las cámaras», advierte.

Es medianoche y el tren al fin llega a Dnipro. Casi todo el pasaje está dormido. Nieva y reina el silencio. El ruido de los disparos está a sólo un par de horas de aquí.