El ex primer ministro y líder del Likud, Benjamín Netanyahu, este martes en Jerusalén tras ganar las elecciones. / ABIR SULTAN / EFE

Israel se prepara para la formación del Gobierno más radical de su historia

Los supremacistas judíos se convierten en la tercera fuerza del país y apoyo clave para que Netanyahu recupere el poder

MIKEL AYESTARÁN Enviado especial. Jerusalén

Las encuestas en Israel acertaron con la victoria de Benjamín Netanyahu, pero fallaron al anunciar que se mantendría el bloqueo político en el Parlamento. Con casi el 90% del voto escrutado, el Likud obtiene 32 escaños, pero lo que es más importante es que el bloque liderado por Netanyahu en la Knesset llega a los 65 diputados, lo que le otorga una mayoría amplia para formar un Gobierno estable. A falta de sorpresa de última hora con un vuelco en la recta final del recuento que permita a Meretz y Balad superar la barrera del 3,25% para estar en la cámara, Netanyahu, de 73 años, volverá a ocupar el sillón de primer ministro como ya lo hizo durante quince años. Para ello contará con el apoyo de Sionismo Religioso, formación supremacista judía convertida en la tercera fuerza del país, cuyo programa recoge propuestas como la aplicación de la pena de muerte para «terroristas», la inmunidad total para soldados, la deportación de «ciudadanos desleales» y la prisión para solicitantes de asilo.

Mientras algunos altos dirigente del Likud pedían cautela hasta el fin del recuento, el propio Netanyahu ya se puso de nuevo el traje de jefe de Gobierno y dijo que su objetivo es ser un primer ministro «de todos los israelíes». También comenzaron las quinielas sobre el reparto de ministerios entre los partidos que están llamados a formar el gobierno más radical de la historia del Estado judío.

La alianza la forman los ultraortodoxos Shas y Judaísmo Unido del Pentateuco, que suman 19 diputados, y los ultranacionalistas religiosos de Sionismo Religioso, con 14 escaños. Estos últimos, liderados por los colonos Bezalel Smotrich e Itamar Ben Gvir, el rostro más popular de estos comicios, reclaman las carteras de Seguridad Interna y Justicia, aunque esta última permanecerá en manos del Likud, según medios israelíes.

«Los próximos pasos del gobierno consistirán en hacer algo parecido a lo de Polonia y Hungría. Destruir la independencia judicial para, entre otras cosas, quitarle autoridad al juicio contra Netanyahu por corrupción», opina el politólogo Alberto Spektorowski, para quien estos comicios suponen además «un golpe mortal contra la izquierda sionista con un partido como Meretz luchando por entrar en la Cámara» y el resultado final refleja que en Israel «al igual que en muchos lugares de Europa hay una derecha radical populista con mucha fuerza».

Durante la celebración de la noche electoral, los seguidores de Netanyahu le recibieron al grito de «¡rey Bibi, rey Bibi!», mientras que a Ben Gvir el eslogan que le gritaron sus votantes fue «¡muerte a los árabes, muerte a los árabes!», pero también: «¡Próximo primer ministro, próximo primer ministro!». El abogado ultranacionalista de 46 años les respondió que «no soy primer ministro… por ahora». Ben Gvir es nieto de judíos iraquíes, defiende la anexión de Cisjordania y aspira a «recuperar la propiedad del Estado», como insiste en cada una de sus intervenciones.

Tercera fuerza

«Esto no tiene precedentes, jamás en la historia de Israel hemos tenido un partido de extrema derecha tan fuerte como este», opina Yigal Palmor, ex portavoz de Exteriores israelí desde 2008 a 2014 y actual responsable de relaciones internacionales de la Agencia Judía. Sigue con preocupación el recuento de votos que dibuja el gobierno «más radical de nuestra historia» con la presencia de figuras como Ben Gvir, «que es catastrófico para la imagen del país, no hay duda. Como lo son los extremistas, ultranacionalistas y racistas en cualquier parte del mundo. Es un peligroso provocador que va a dañar la política gubernamental».

La política israelí registra en cada elección la irrupción y desaparición de partidos. Sionismo Religioso es ahora la novedad como antes lo fue Hogar Judío, formación del ex primer ministro Naftali Bennet que esta vez no ha logrado ni siquiera entrar en la Cámara. La diferencia es que la sensación es que los supremacistas judíos han llegado para quedarse y han logrado conectar con un amplio sector de votantes descontentos con el sistema que buscan cambios radicales.