El exprimer ministro israelí y líder de la oposición, Benyamin Netanyahu, el pasado junio en el Parlamento. / EFE

La carrera de Netanyahu por librarse de la cárcel se olvida de la paz con los palestinos

El exprimer ministro israelí lanza una nueva campaña para regresar al poder y contener así el proceso que tiene abierto por corrupción

MIKEL AYESTARAN

Tras un paréntesis de doce meses como líder de la oposición, Benyamin Netanyahu, está inmerso de nuevo en una campaña electoral para recuperar el asiento de primer ministro que ha ocupado durante quince años, doce de ellos de manera consecutiva. Israel acudirá a las urnas el próximo 1 de noviembre y la única duda es conocer si, a diferencia de los últimos cuatro comicios celebrados desde 2019, Netanyahu logrará forjar una coalición que supere los 61 escaños. Nadie duda de la victoria segura del Likud y en los próximos cuatro meses el líder conservador peleará por retomar el poder por todos los medios ya que de su vuelta a la jefatura del Gobierno puede depender la marcha del proceso que tiene abierto por corrupción.

Estas elecciones son una nueva oportunidad para salvar la carrera política y personal de Netanyahu y librarle de ir a prisión. Las deserciones de diputados, el desgaste cada vez que había que superar una votación, los desacuerdos con los aliados árabes cuando las fuerzas israelíes irrumpían en la Explanada de las Mezquitas o tras la brutal carga en el funeral de la periodista Shireen Abu Akleh obligaron a Naftali Bennet a disolver la Cámara. Y ello se produjo sin que en estos doce meses la coalición sacara adelante la conocida como 'Ley del Acusado', o coloquialmente 'Ley anti Bibi', mecanismo que impediría formar gobierno a un diputado en proceso penal por delitos punibles con al menos tres años de prisión. No se hizo a tiempo y ahora Netanyahu vuelve a la carga con toda la fuerza.

La coalición de gobierno liderada por dos ex delfines del líder del Likud como Bennet y Yair Lapid se ha roto por el lado ultranacionalista y ahora Netanyahu espera pescar en río revuelto. Yamina, partido de Bennet, no ha superado la prueba y la espantada de sus diputados dejó en minoría al Ejecutivo en la Cámara y obligó a Bennet a ceder el puesto a Lapid como parte del acuerdo del gobierno de rotación que pactaron y anunciar que no concurrirá a las próximas elecciones.

Los pulsos personales o el proceso por corrupción eclipsan las discusiones políticas y desvían la atención de temas clave como el conflicto con los palestinos. La estrategia de la era Netanyahu de borrar el tema palestino de la agenda ha triunfado y los acuerdos de normalización de relaciones firmados con Emiratos Árabes Unidos, Bahréin y Marruecos con la mediación de Donald Trump son uno de sus grandes triunfos. Si los propios «hermanos» árabes normalizan relaciones con Israel sin exigir un Estado palestino a cambio, ¿por qué van a mover ficha los israelíes?

Hace tiempo que el mantra de la solución de los dos Estados acordada en Oslo, uno para israelíes y otro para palestinos, es una ficción que solo se escucha en discursos de diplomáticos occidentales y funcionarios de la ONU. Sobre el terreno hay un solo Estado que controla la vida y movimientos de todos los que viven entre el Jordán y el Mediterráneo.

Expansión de los asentamientos

La ocupación es una especie de ente paralelo y, gobierne quien gobierne en la Knesset, sigue adelante con todo el respaldo de instituciones y fuerzas de seguridad. Las palabras de los mandatarios extranjeros rara vez pasan de la «preocupación» ante la expansión de los asentamientos, los ataques de colonos o el derribo de casas palestinas; la construcción del muro de separación, que se empezó a levantar hace dos décadas, avanza pese a la condena internacional; y los informes de organismos como Amnistía Internacional o como B'etselem acusando a Israel del crimen de apartheid tienen impacto cero sobre el terreno.

Cuanto más se aleja uno del muro de separación, más lejano le parece el conflicto. En ciudades como Tel Aviv solo se acuerdan de los palestinos cuando hay una ofensiva en Gaza y Hamás lanza cohetes o cuando se produce algún ataque con cuchillo como los que se repiten desde 2015. El muro, el draconiano sistema de permisos de salida y el servilismo de la Autoridad Nacional Palestina, convertida en una especie de sección del Ministerio de Interior israelí centrada en perseguir y silenciar a Hamás, ayudan a los dirigentes del Estado judío a obviar el conflicto.

Nadie habla de este tema en campaña, pero todos saben que sigue abierto. Hace unas semanas Matan Kahana, viceministro del que ha sido aplaudido como «gobierno del cambio» en el último año, lamentó en una conferencia no poder pulsar un botón para «mandar a todos los árabes en un tren a Suiza». Poco después tuvo que disculparse, pero ese odio entre comunidades, entre ocupantes y ocupados es natural y mutuo. Israel apela al derecho divino para justificar su existencia en el siglo XXI, pero junto al Viejo Testamento, la fuerza militar y el apoyo sin fisuras de EE UU son las claves de su supervivencia. Pasan las elecciones, el conflicto permanece, el odio crece y no hay un líder en el Estado judío que sienta presión alguna por intentar solucionarlo. Para Netanyahu la prioridad es librarse de la cárcel, no lograr la paz.