La Basílica de la Natividad acoge un puñado de visitantes extranjeros, a diferencia de la época prepandemia en la que solían llenar la ciudad. / m. a.

Belén confía en el milagro de la Navidad

Las restricciones de entrada a Israel debido a la pandemia limitan las expectativas de una ciudad huérfana de peregrinos

MIKEL AYESTARAN Jerusalén

El árbol de la plaza de la Natividad de Belén ya está encendido. La Navidad ha comenzado de manera oficial en esta ciudad palestina donde, según la tradición, nació Jesús. 2.000 años después nadie mira al cielo en busca de la estrella que guió a los Reyes Magos hasta el pesebre, ahora sus habitantes miran en dirección al aeropuerto internacional de Ben Gurion, en Tel Aviv, puerta principal de entrada para unos peregrinos que vuelven a alejarse debido a las nuevas restricciones impuestas por la variante ómicron.

«Estamos listos, llevamos dos años parados por culpa de la pandemia, pero no hemos bajado los brazos y todo está preparado… Solo faltan los peregrinos», lamenta Yousef, guía palestino que lleva 20 meses a la espera de un grupo al que guiar, sin ingresar un solo euro y sin recibir ayuda alguna del ministerio de Turismo.

La espera está siendo larga, pero «sabemos que tarde o temprano volverán porque si alguien quiere visitar el lugar donde nació Jesús tiene que acercarse a Belén sí o sí. La pregunta es, ¿cuándo?», se cuestiona Yousef en la calle de la Gruta de la Leche, el epicentro de la venta de recuerdos, hoy desierta y con la mayoría de comercios cerrados.

«Pese a todos los problemas, insistimos en la necesidad de celebrar la Navidad con el tradicional encendido del árbol, el mercado de artesanía y una agenda completa de actos para los pequeños. La vida debe continuar y nuestra esperanza en el futuro es enorme. El coronavirus no podrá detener nuestra vida», es el mensaje central que repite ante los medios Anton Salman, alcalde de Belén, empeñado en ganar espacios de normalidad en una situación que dista mucho a la de 2019, cuando la ciudad recibió 3,5 millones de visitantes. Ahora reina el silencio para desgracia de ese 80% de los habitantes que dependen del turismo religioso.

Jorge no desespera. Cada mañana se sienta frente al comercio que abrió hace 57 años en la calle de la Gruta de la Leche, Belen Star Store. Allí pasa el día «a la espera del milagro», asegura mientras se empeña en mostrar el increíble muestrario de portales de madera de olivo que almacena en sus estanterías.

«Dos años de miedo»

Pese a la falta de clientes, ha seguido comprando material y en la tienda no entra un solo niño Jesús más. «Han sido dos años de miedo, los pocos turistas que venían tenían miedo de contagiarse y nosotros también teníamos miedo de ellos, pero hay que confiar en que todo mejorará el próximo año», afirma el anciano, quien confiesa que «nunca en mi vida había vivido algo así, ni en los años de máxima violencia en el conflicto».

El silencio del día a día en las calles de Belén se llena de explosiones y fuegos artificiales por la noche, en el momento del encendido del gran árbol de la plaza de la Natividad, foco de todas las cámaras de los medios locales. A muy pocos metros del árbol, las palabras del alcalde se hacen realidad y la calle de la Estrella, esa ruta por la que entraron José y María en busca de un lugar donde poder pasar la noche, se convierte en un mercado de artesanía.

Allí se puede degustar una raclette suiza, comprar artesanía local, beber cervezas palestinas de la localidad de Taybeh o degustar el vino de Cremisán, producido por los monjes salesianos de la vecina Beit Jala. Todo ello entre luces, estrellas de colores y música navideña a todo volumen. Por unos instantes la pandemia parece algo del pasado lejano, hasta que uno se percata que la mayoría de gente que le rodea es local y que falta esa presencia extranjera que en las navidades prepandemia llenaba la ciudad y hacía colgar el 'completo' en los hoteles.

La calle de la Estrella, junto a la Basílica de la Natividad, forma parte del conjunto declarado patrimonio de la humanidad por la UNESCO. Esta vía ha sido restaurada por tercera vez en 20 años, esta vez con dinero de la cooperación rusa -antes fue de Estados Unidos y España- se han colocado nuevos adoquines, pintado de colores las persianas de los comercios y aspira a convertirse en el epicentro de las fiestas.

Basílica terminada

El mercadillo navideño desemboca en una Basílica de la Natividad que está libre de andamios exteriores e interiores después de siete años de intensos trabajos de reforma. Solo faltan unos detalles para terminar, pero se necesitan fondos para ese remate final en este templo que data del siglo IV después de Cristo y que fue levantado por orden del emperador romano Constantino I.

Antes se precisaban dos horas para descender a la gruta y tocar la estrella que marca el lugar donde nació Jesús. Ahora uno puede disfrutar en semisoledad de este lugar mágico. Unos pocos grupos aislados, que lograron entrar al país justo antes de la entrada en vigor de las nuevas restricciones, escuchan con atención las explicaciones de los guías.

«Son grupos que no se quedan a dormir. La mayoría hace una visita de un día y se va», lamenta Tanas Abu Aita, dueño del hotel San Gabriel, con más de 60 años de experiencia en el sector. Este lujoso establecimiento familiar de cinco estrellas abrió sus puertas hace siete años y supuso una inversión de 11 millones de euros. De sus 150 habitaciones sólo ocho están ocupadas; antes tenían 110 trabajadores y ahora se arreglan con seis.

«Tenemos 100 habitaciones reservadas para la noche del 24 de diciembre, se trata de familias palestinas del norte de Israel que quieren pasar aquí la Nochebuena. De cara a 2022 también hay solicitudes, pero dependerá de la pandemia, sabemos que todo se puede cancelar en el último momento», comenta Abu Aita en el hall de un hotel al que acude cada día al menos para tomarse un café y recordar los tiempos en los que los autobuses no paraban de llegar y tenían incluso que enviar a algunos grupos a Hebrón. Abu Aita, como el resto de Belén, sabe que solo un milagro puede salvar esta Navidad.