Miembros del Ejército ucraniano, en las inmediaciones de Pisky, un centro vacacional convertido hoy en una ciudad fantasma. / reuters

A mil metros de las balas del frente en Ucrania

La zona de exclusión de la guerra del Donbass está plagada de minas y francotiradores, pero Natalia no se marcha: «Prefiero morir en mi casa que seguir huyendo»

DAVID. S. OLABARRI Enviado especial a Ucrania

En Pisky apenas quedan casas en pie. Las pocas que mantienen algo parecido a un tejado y unas paredes tienen una palabra dibujada en la fachada. Está escrita en cirílico. En la mayoría pone 'vacía'. En unas pocas pone 'ocupada'. Ésta era la forma que tenía el Ejército ucraniano de saber si podían utilizar esas viviendas cuando empezaron los combates con los separatistas prorrusos. Ocho años más tarde y 14.000 muertos después, casi todos los edificios están abandonados. Ponga lo que ponga en sus muros, casi nadie vive ya allí. Hace mucho tiempo que todo el que pudo huyó del frente de guerra.

La ciudad de Pisky forma parte del área de exclusión de la contienda del Donbass. Es aquí donde empieza la zona gris: el espacio en el que separa a los contendientes. Está controlada por las fuerzas ucranianas y nadie puede entrar sin permiso. Los insurgentes respaldados por Rusia están a solo unos diez kilómetros, en las puertas de Donetsk, pero el frente puede estar más cerca, a mil, porque los francotiradores se esconden por todas partes.

Pueden parecer muchos, pero diez kilómetros no son nada para los cohetes y los francotiradores, que se esconden en cualquier edificio derruido a la espera de un despiste del enemigo. Sobre el papel, ahora mismo existe un alto el fuego. Pero las violaciones de la tregua son constantes. Y los muertos también. El año pasado fallecieron unas cien personas. Desde aquí los disparos que se cruzan ambos ejércitos se escuchan con nitidez.

No queda casi nadie ya viviendo en Pisky. Los pocos que resisten están en Voliane, uno de sus barrios más alejados de las trincheras. Casi todos son gente muy mayor. Llevan mucho tiempo viviendo ahí y no se quieren marchar. Aunque apenas puedan salir y necesiten ayuda humanitaria incluso para recibir comida. Natalia Romanina Suslova, de 78 años, ya se ha acostumbrado a los disparos. «Prefiero morir en mi casa que seguir huyendo», subraya.

Solo militares

En Pisky reina la desolación. No hay supermercados ni tiendas en kilómetros a la redonda. Las carreteras están completamente nevadas. Por aquí no pasan los quitanieves. Solo circulan militares. De vez en cuando se ve algún vehículo de la ONU y de la Cruz Roja. Es uno de esos sitios en los que el cuerpo te dice que hay que escapar rápidamente. Justo lo contrario de lo que pasaba hace solo unos años.

Un soldado ucraniano, en un control cerca de la línea del frente. / d. olabarri

Antes del levantamiento de los separatistas prorrusos, Pisky era un pueblo en el que se mezclaban pequeñas casas de agricultores y chalets de veraneo. Era el sitio perfecto para los amantes de la naturaleza. Está rodeado de enormes lagos en los que se podía pescar y bañarse en verano. No había ruidos. Se podían ver faisanes y ardillas. La contaminación de las ciudades no llegaba hasta aquí.

Primera línea

Apenas quedan ya vecinos en Pisky. Todos los que pudieron se marcharon hace mucho de aquí

Era el lugar ideal para buscar una segunda residencia. Sobre todo, para los vecinos de Donetsk, la capital del Donbass. Antes del primer disparo, cada vez había más chalets y más lujosos. Las viviendas de trabajadores iban desapareciendo. Hoy, Pisky no es más que una ciudad fantasma, el símbolo de una guerra que desangra a Ucrania. Y que tiene en vilo a Europa desde hace sólo unas semanas.

Para entrar se necesita un permiso del Gobierno ucraniano. Hay que enviar numerosa documentación y esperar como mínimo treinta días para recibir la autorización. No tenemos tantos días. Queremos ver cómo se vive en la zona más próxima al frente. Así que decidimos acercarnos hasta el último control, pero sin entrar en el área de exclusión.

Avión derribado

Venimos de hacer un reportaje en Slaviansk. Fue allí donde se dispararon las primeras balas en 2014. A unos 100 kilómetros de la frontera se intensifican los controles. Y empieza a desaparecer la vida. Incluso en el cielo. Por aquí no vuelvan aviones desde que un aparato que cubría la ruta entre Amsterdam y Kuala Lumpur fue derribado por un misil ruso en 2014. Murieron 298 personas.

Cerca del frente empiezan a proliferar las casas con carteles de 'se vende', los edificios semiderruidos y los negocios cerrados. «Esta zona lleva años en depresión», explica Olexander, el traductor. Casi todos los controles policiales se superan sin problemas. Pasaporte y carnet de prensa. Sólo en uno nos paran veinte minutos. Quieren saber qué clase de reportajes escribimos. La carretera se vuelve también mucho más peligrosa. Los neumáticos de invierno son indispensables.

Estamos apenas ya a unos kilómetros de Pisky. Venimos desde el corazón del Donbass, sin coger la carretera principal. El empleado de una pequeña gasolinera nos recomienda un atajo. Todo son ya edificios abandonados. Tenemos miedo de que el camino nos lleve al espacio que separa ambos ejércitos, el peor escenario posible. Seguimos adelante con precaución.

Del cielo al infierno

La contienda ha convertido una zona de veraneo en un catálogo de ruinas deshabitadas

Avanzamos despacio. Todo alrededor es ruina. Incluso los troncos de algunos árboles están quemados. Las carreteras son el único camino transitable porque los campos de alrededor están plagados de minas. En medio de la ruina vemos a una anciana. Lleva gorro, guantes y varias capas de abrigo. Está paleando nieve en la puerta de su casa. Se llama Natalia Romaniuna Suslova y tiene 78 años. Se alegra de vernos. A su alrededor sólo quedan tres vecinos, todos jubilados como ella. En la entrada de su pequeña casa hay un cartel bien visible que indica que esa vivienda ha sido restaurada con fondos de la Unión Europea. Nos invita a entrar.

Natalia vive sola con un cachorro que se llama Bagira y muchos gatos. Nos enseña dónde impactó el cohete. Fue en 2015. Entonces vivía con su marido. Le destrozó el tejado, las ventanas y la parte de atrás de su vivienda. «Ese día lanzaron seis cohetes en esta calle. Tuvimos suerte porque el que cayó aquí era defectuoso y no tenía mucha potencia», relata.

Purgada por Rusia

Natalia y su esposo pasaron un año sin calefacción ni luz eléctrica. Él murió y a ella le convencieron para irse a vivir con unos familiares lejos de Pisky. No tardó en volver. Lo hizo en cuanto se decretó una tregua. Echaba de menos su casa. Quería estar cerca de la tumba de su marido.

Natalia Suslova vive en la zona de exclusión de la guerra. / d. olabarri

Esta mujer tiene un tejado y ventanas nuevas. También dispone de luz y televisión. El agua la extrae de un pozo. La Cruz Roja y otras organizaciones le ayudan a cubrir sus necesidades más básicas. Le traen comida y se interesan por ella. Pero sigue sin caldera desde que el cohete destrozó parte de su casa. En su habitación tiene una lámpara eléctrica colocada junto a su cama. También tiene una estufa de leña, situada en una pequeña despensa, pero solo calienta una parte de la vivienda. «A las noches, cuando hace mucho frío vengo aquí con una silla», explica.

Sin calefacción

La casa de Natalia fue bombardeada. Su marido falleció y ella quiere quedarse junto a su tumba

Natalia insiste en que no se va a marchar a ningún lado. Sigue escuchando disparos. Pero no tiene miedo. Es dura como el acero. Nació en un pueblo montañoso de los Cárpatos y creció en Siberia. La Unión Soviética la deportó allí con sus padres porque varios familiares se escaparon a Canadá. Habla de las secuelas de la guerra y de su infancia con naturalidad. Lo único que le hace llorar son sus animales. Hace solo unos días que se ha muerto Karat, el pastor alemán que le ha acompañado durante toda la guerra.

«No podéis estar aquí»

Natalia nos despide desde la puerta de su casa. Poco después, encontramos un nuevo control: metralletas, bloques de hormigón y alambres de espino. Un militar nos preguntan quiénes somos y cómo hemos llegado hasta ahí. «No podéis estar aquí», repite. Les decimos que somos periodistas y le detallamos la ruta que hemos seguido. El militar llama a sus superiores y nos conduce hasta una vivienda. Parece sólo otro chalet abandonado. Pero aquí está instalada una de las principales bases de operaciones del Ejército ucraniano.

El cuartel está a solo unos 500 metros de la casa de Natalia. Los teléfonos móviles no funcionan aquí para impedir que la base sea localizada. Nos piden la documentación. Está todo en regla. Pero no deberíamos estar aquí, insisten. El traductor explica que no era nuestra intención.

El coronel llama a sus superiores. Mientras recibe la respuesta nos conduce al salón del chalet, convertido ahora en comedor. Los militares que llegan de las trincheras van entrando. En silencio. Son jóvenes, pero están agotados. Cogen un plato y cubiertos de plástico. La única mujer del destacamento reparte las raciones. Los soldados comen y se van a descansar unas horas, antes de volver a la línea de combate. Mientras deciden qué hacer con nosotros, nos invitan a comer.

El primer plato del menú es una sopa de carne y setas. El segundo es pasta con carne y una tortilla de queso fundido y mahonesa. También hay cuencos con ajos y cebollas crudas. Para beber hay café y compot, una bebida tradicional sin alcohol.

Unas dos horas después ya hay respuesta de Kiev. Amablemente, el coronel nos dice que debemos irnos de allí, que no puede atendernos sin autorización. Cogemos el coche y ponemos rumbo a Dnipro, hacia el centro del país, lejos de las balas. Natalia sigue allí, en el frente de guerra.