Helsinki. Manifestación en la capital finlandesa contra la invasión de Rusia. Reuters

Cuando Finlandia sufrió la invasión de Rusia

El país recupera el espíritu de las tres guerras que libró en el siglo XX con su vecino

PAULA ROSAS

Cuando las tropas soviéticas invadieron Finlandia en noviembre de 1939, mientras los proyectiles sembraban de fuego las ciudades heladas del país de los mil lagos y las protestas se extendían ante las embajadas de la URSS, el entonces ministro de exteriores de Stalin, Vyacheslav Molotov, aseguró que lo que lanzaban los aviones soviéticos eran paquetes de comida y no bombas de racimo. Con su característico humor negro, los finlandeses apodaron a las RRAB-3 como «las cestas de pan de Molotov», y pensaron que nada mejor para acompañar tan explosivo almuerzo como un cóctel. Las pequeñas bombas incendiarias caseras ya se habían utilizado unos años antes en la Guerra Civil española, pero fueron los finlandeses los que las bautizaron con un nombre que pasará a la posteridad: el 'cóctel molotov'.

Ahora que las cervecerías de Ucrania se convierten en fábricas de este ilustre combinado, es fácil buscar paralelismos entre el enorme coraje que los ucranianos están demostrando ante a agresión rusa y la valentía y astucia de los finlandeses de entonces para pararle los pies a la poderosísima Unión Soviética. Pero en Finlandia, la Guerra de Invierno, convertida hoy en mito nacional, no solo despierta recuerdos de resistencia, sino que también pone de manifiesto algo obvio: la amenaza comparte con ellos una frontera de 1.300 kilómetros.

Finlandia no es el único país de la Unión Europea que linda con Rusia pero, a diferencia de sus vecinos bálticos de Estonia, Letonia y Lituania, Finlandia no es miembro de la OTAN. En las últimas semanas, Moscú ha vuelto a amenazar a Helsinki y Estocolmo con «graves consecuencias» si optan por unirse a la Alianza Atlántica. La embajada rusa en Finlandia ha llegado a publicar en Twitter un inquietante mensaje pidiendo a sus compatriotas y a los finlandeses rusófonos -unos 80.000 en el país- que les contacten para denunciar casos de discriminación o incitación al odio que hayan podido sufrir. A nadie se le escapa en Finlandia que Moscú ya utilizó la excusa de «proteger a la minoría rusa» para atacar Ucrania.

Suecia. Patrulla del ejército en la isla de Gotland, en el mar Báltico . / EFE

62% de apoyo

Pero las amenazas no han desatado el pánico entre los finlandeses sino que, de hecho, han conseguido justo lo opuesto a lo que se proponían: Si hace cinco años solo el 19% de los finlandeses apoyaba la adhesión a la OTAN, ahora son la inmensa mayoría. Muchos miembros de la minoría rusoparlante sí que se han puesto en contacto con la embajada, pero para denunciar los crímenes de guerra de Rusia.

«Es el típico comportamiento ruso y estamos acostumbrados a él», reconoce por teléfono Alexander Stubb, que lideró el gobierno finlandés entre 2014 y 2015, y que también ha sido ministro de Exteriores y de Economía. El aliento del vecino en la nuca no se percibe, por el momento, como una amenaza inminente. «Pero, a largo plazo, los finlandeses hemos comprendido que la situación de la seguridad en Europa ha cambiado radicalmente. Ahora nos enfrentamos a una Europa que se ha dividido en dos: por un lado una Rusia aislada y agresiva, que es autoritaria y totalitaria y nada le frena para intentar conseguir sus intereses; y, por otro, una alianza de democracias con diferentes tipos de adhesión a la Unión Europea y a la OTAN. Esta división nos va a obligar a repensar nuestra seguridad», asume el exprimer ministro.

Algo sabe Finlandia de cómo lidiar con Rusia. Fue parte del imperio ruso durante más de dos décadas, sólo en el siglo XX peleó tres guerras contra sus poderosos vecinos y perdió parte de su territorio -que hoy en día sigue siendo ruso-, y sobrevivió a la Guerra Fría usando una política a la que bautizaron como la «finlandización», que, básicamente, consistió en intentar no irritar al gigante soviético. 'Realpolitik' pura y dura que consiguió que Finlandia mantuviera su soberanía.

Durante mucho tiempo, explica Tommi Nieminen, periodista del principal diario finlandés, el Helsingin Sanomat, «ha habido una brecha generacional entre los políticos que nacieron en los años 50 o 60 y que tuvieron que aprender a lidiar con los rusos con pragmatismo, que miraban a occidente pero que querían tener las mejores relaciones posibles con Rusia, y las generaciones más jóvenes que queremos ser un país completamente occidental y olvidarnos de Rusia. Hoy ese pragmatismo se ha roto». Si quedaba algo de duda, la invasión rusa de Ucrania ha terminado por despejarla. Aunque no hay pánico, la preocupación entre los finlandeses es muy real, destaca Nieminen. «No se habla de otra cosa. La otra noche estuve en una fiesta de cumpleaños y ese fue el único tema de conversación. Sobre todo preocupa lo que Rusia pueda hacer después de la guerra de Ucrania», reconoce el reportero.

«Está donde está»

Como otros países europeos, Finlandia se ha volcado con Ucrania pero, como recuerda Minna Huotilainen, profesora de Ciencias de la Educación en la Universidad de Helsinki, «los finlandeses siempre hemos tenido una relación muy especial con Rusia. No podemos mover el país, está donde está. Hay cerca de 30.000 rusos viviendo en Finlandia, son nuestros estudiantes, amigos y colegas». Su universidad se ha movilizado para acoger en sus programas a estudiantes y docentes ucranianos.

«Las generaciones más jóvenes queremos ser un país occidental y olvidarnos de Rusia»

Tommi Nieminen | Periodista del Helsingin Sanomat

Ese pragmatismo o realismo es el que ha hecho que, a diferencia de otros países, Finlandia no recortara el gasto en Defensa después de la Guerra Fría. El servicio militar sigue siendo obligatorio para los hombres (voluntario para las mujeres), que luego pasan a la reserva de un país que apenas supera los 5,5 millones de habitantes. «En Finlandia siempre hemos prestado mucha atención a nuestra seguridad nacional. Tenemos uno de los ejércitos más fuertes de Europa. Nuestra cooperación con la OTAN ya es muy intensa y creo que lo será aún más en el futuro», reconoce la Directora General del Departamento de Rusia y Europa del Este del ministerio de Exteriores finlandés, Marja Liivala. Las amenazas rusas sobre la OTAN, asegura, «las hemos escuchado muchas veces en el último año, así que no es nada nuevo. Pero en Finlandia vamos a tomar nuestras propias decisiones de seguridad basadas en nuestros intereses».

Aunque Finlandia, como el resto de países europeos, ha cerrado su espacio aéreo a Rusia, la frontera terrestre sigue abierta, aunque el tránsito entre ambos países ha descendido un 90%, principalmente por la pandemia, reconoce Liivala, pero ahora también por la guerra en Ucrania y las sanciones a Rusia. «La relación, por supuesto, se ha alterado mucho. Ahora mismo, toda la cooperación e interacción bilateral y regional que teníamos, especialmente en el mar Ártico y la región báltica, está suspendida o congelada debido al ataque de Rusia», explica la funcionaria.

«La situación en Europa ha cambiado radicalmente. Nos va a obligar a repensar nuestra seguridad»

Alexander Stubb | Exprimer ministro de Finlandia

«Tenemos uno de los ejércitos más fuertes de Europa. Nuestra cooperación con la OTAN ya es muy intensa»

Marja Liivala | Ministerio Exteriores finlandés

Donde sufren diariamente esa reducción en el tránsito fronterizo es en ciudades como Lappeenranta, a solo 30 kilómetros de Rusia y que, antes de la pandemia, recibía bastante turismo del país vecino. Cuando el sector empezaba a recuperar tímidamente algo de vigor, la crisis de Ucrania ha asestado un nuevo golpe. «Los turistas rusos gastaban 1 millón de euros diarios en la región, y eso se ha perdido», explica por correo electrónico Kimmo Jarva, alcalde de esta pintoresca localidad. Pero muchos, más que a las pérdidas económicas, temen las pérdidas personales. En Lappeenranta, que tiene una población de 73.000 habitantes, viven 3.000 rusos y otros muchos tienen parientes al otro lado de la frontera. «Muchos están preocupados por si la frontera se cierra y no pueden seguir viendo a sus familiares», lamenta el regidor.

Frontera singular

«Comparado con el resto de Finlandia, la frontera es un sitio singular para vivir en muchos aspectos», opina Eeva Sederholm, directora del diario local, el Etelä-Saimaa. Sederholm reconoce que, «aunque no hay pánico, hace dos semanas que los finlandeses acabaron con las existencias de pastillas de yodo en las farmacias», algo que también ha pasado en otros países. Además, «muchos vecinos se han asegurado de tener suficientes provisiones para sobrevivir un par de días sin electricidad, como las autoridades llevan recomendando desde hace años», afirma la periodista.

El alcalde Jarva coincide en que «la gente reacciona de forma diferente, y algunos sienten más la necesidad de prepararse que otros. Hay personas que han buscado dónde están los refugios más cercanos y han comprado medicinas y provisiones para varios días». Sin embargo, añade, la preocupación de los vecinos de Lappeenranta no se diferencia mucho de la del resto de europeos: «la gente está más preocupada por el aumento de los precios del gas, la gasolina y la comida que por cualquier otra cosa».

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