El canciller alemán, Olaf Scholz. / REUTERS

Scholz sale al encuentro de Xi bajo un chaparrón de críticas

El canciller alemán confía en «persuadir» al líder chino para que actúe «con responsabilidad» desde Naciones Unidas y contribuya al fin de una guerra devastadora

JOANA SERRA

Lo que bajo la conservadora Angela Merkel era un ritual casi anual –la visita a Pekín comandando una delegación de empresarios e inversores– se convirtió en casi una línea roja para el socialdemócrata Olaf Scholz. Al canciller alemán le han llovido las críticas tanto de sus socios de coalición, Verdes y Liberales, como de los dos aliados incuestionables de sus relaciones internacionales –Francia y Estados Unidos–. Si a Merkel se la confrontaba en cada viaje con la vulneración de los Derechos Humanos bajo ese régimen autoritario, a Scholz se le ha colocado de frente una coalición atípica. Ya no son únicamente las ONG las que critican unos viajes apuntalados en intereses comerciales; también cuestionan su oportunidad los expertos del ámbito económico.

«Alemania es ya económicamente dependiente de China, lo que la convierte en chantajeable», advertía este jueves, víspera su encuentro de Scholz con Xi Jingping, el Instituto para Estudios de la Economía Alemana (IW). Con el viaje se da una «señal problemática», añadía este instituto de referencia. El país germano ha tenido que reducir aceleradamente su dependencia energética de Rusia, como consecuencia de la agresión a Ucrania y con los precios de la energía disparados. Ahora debería contener, en lugar de extender, la siguiente hipoteca, también con un régimen autoritario y que además se beneficia de las sanciones a Moscú.

«Estrecho aliado»

Pekín actúa como un «estrecho aliado» de Rusia desde su posición de miembro del Consejo de Seguridad de la ONU, admitían estos días fuentes del Gobierno de Scholz. El canciller confía, sin embargo, en «persuadir» a Xi para que actúe «con responsabilidad» desde Naciones Unidas y contribuya al fin de una guerra devastadora.

El viaje de ida y vuelta a Pekín es largo –unas 24 horas–. La estancia ahí será fugaz –once horas–. Scholz erá el primer líder de un país de la UE que visita China desde el estallido de la pandemia. Y no está prevista una comparecencia conjunta de Scholz y el presidente chino en formato de preguntas y respuestas. Berlín defiende, sin embargo, que el viaje es de gran relevancia.

El canciller sube al avión camino a China para encontrarse con Xi-Jingping. / AFP

No es una visita más. Se produce en un momento en que la comunidad internacional contempla alarmada la posibilidad de que a la agresión rusa sobre Ucrania siga una escalada china sobre Taiwán. Pero Berlín rebate que no se puede «desacoplar» al gigante asiático de la globalización, pese a admitir que ésta debe reorientarse hacia socios «con valores de democráticos compartidos». China, primera potencia exportadora mundial, era ya una afrenta comercial para Estados Unidos. Ahora se la considera el gran ganador de los intentos occidentales por aislar a Rusia.

Los socios de Scholz, Verdes y Liberales, de opiniones habitualmente divergentes, han coincidido en mostrar sus críticas al viaje. Especialmente la ministra de Asuntos Exteriores, la ecologista Annalena Baerbock, ha insistido en la necesidad de llevar una línea «más crítica» hacia Pekín. Su colega de Finanzas, el liberal Christian Lindner, ha alertado de los peligros de caer en nuevas dependencias con «ciertos países».

Controversia

La controversia en torno al viaje empezó a fraguarse hace ya semanas. El detonante fue el propósito de la empresa estatal china Cosco de adquirir más del 35% de una terminal del puerto de Hamburgo. Tras muchas tensiones internas, la coalición de Scholz acordó limitar esa participación a un 24,9% para evitar que pudiera ejercer una «influencia estratégica». La presencia de una empresa china en un puerto europeo no es nada novedoso –hay múltiples precedentes en los de Valencia, Barcelona y Bilbao, en España, junto al del Pireo, en Grecia, y otros puertos de Francia y Países Bajos–.

Pero el mundo despertó a una nueva realidad el 24 de febrero, el día en que Rusia inició la invasión de Ucrania. El término 'business as usual' ha desaparecido de la terminología política, económica y diplomática. Los peligros sobre las infraestructuras críticas no son abstractos, sino concretos. En Ucrania se plasman en ataques masivos contra instalaciones energéticas que dejan a centenares de poblaciones sin luz ni agua corriente. En territorio de la UE, con los sabotajes que inutilizaron los gasoductos Nord Stream 1 y 2, claves de la dependencia energética respecto a Rusia que Scholz y sus socios tratan de enterrar a contrarreloj.